La República

2021: Pandemia, tiempo y álgebra

Gustavo OgarrioTomado De La Jornada Semanal

2021. Enero. Aquí no hay nadie… no hay fotos felices con los abuelos o con los vecinos o con so­brinos recién nacidos de los que apenas se recuerda el nombre. No hay familias en las playas con rutinas de venenos amables que irritan el estómago o con cancio­nes desafinadas cantadas por las tías.

Tampoco hay paredes de las que caen racimos de hojas artifi­ciales con esferas rojas y muérda­gos gigantes. Y si hay todo esto es un simulacro cruel que se disi­pa en los magníficos vientos que han logrado tambalear las calles en noches bíblicas cansadas ya de esperar el fin de los tiempos. Amanecen árboles caídos que se quedan quietos en la soledad del asfalto. Han vuelto los pájaros y los sonidos de las ambulancias. Las manos cada vez más vetustas por el jabón y el gel antibacterial. Las tardes espléndidas se baten en duelo contra el repunte

de la pesadilla y de los conta­gios. Todas y todos afuera desde hace algunos meses. Todas y to­dos adentro de un horror solita­rio, manchado de normalidad, un horror a veces tan raquítico, tan áspero... un horror mezqui­no que se hace el sueco mirando hacia otros lados para luego de­jar su dentellada de realidad en­tre los más cercanos.

Las lucecitas en las ventanas apenas alcanzan para hacer de la ciudad un cementerio de bue­nos deseos y de palabras recon­fortantes. ¿Qué se extraña cuan­do se extraña? ¿El cuchillo en la mesa rodeado de personas en ru­tinas familiares? ¿Los trapos para limpiar el derrame de los rome­ritos y el bacalao? ¿Los chismes que hablan de primas embaraza­das, de tíos desalmados con los primos, de hijas fuera del matri­monio?

Todo está gobernado por fra­ses que respiran detrás de la es­palda como sombras. El nue­vo año no fue más que un pobre espantapájaros que me hizo re­cordar cosas extrañas de mi in­fancia. En esta quietud de mur­mullos que caen del cielo, de vientos siniestros y de tapabocas en calles que se llenan y vacían de golpe, todo parece indicar que nuestras voces seguirán con el rumbo perdido, intentando nom­brar lo que no tiene rostro ni fin.

El tiempo

¿El tiempo se detiene? ¿Tuerce la boca? ¿Se marchita antes de re­nacer? ¿Languidece en la memo­ria reciente que ya no recuerda ninguna tarde fría sin tapabocas?

Tengo muchas voces adentro, mur­mullos de sol y silencios de metal que se van acomodando en mí co­mo si estuvieran organizando una procesión de ausencias. Tengo ya anécdotas que tienen que ver con el tráfico nuevo, las olas contem­poráneas del asfalto y esos cláxo­nes que furiosos despiertan del le­targo de marzo, de abril, de mayo y de junio… los meses ya viejos de la pandemia, porque los meses nuevos iban sepultando el sonido de los pájaros y el silencio implaca­ble y violento de la ciudad en esa quietud de ambulancias y de sire­nas que aúllan en una soledad ya domesticada y que se aleja zigza­gueando tristemente por las calles y avenidas otra vez desiertas en las noches de enero.

Diciembre dejó un enero heri­do de muerte. “La pandemia no ha terminado”, dice una voz en la ra­dio que se va transformando en un absurdo: nada ha terminado, no es necesario repetirlo porque todo se desvanece en la espera. ¿Qué se espera cuando se espera? No lo sé. Creo que nadie lo sabe con certeza. Las vacunas… los abrazos poste­riores… otro tiempo sin tiempo... He estado tres veces en cuarentena estricta por haber creído que esta­ba contagiado. El tiempo va y vie­ne; se cruzan sus símbolos peren­nes con los pájaros de diciembre en retirada y con las llamadas que informan sobre nuevos contagios y muertes. El tiempo es esa reba­nada de futuro negado, es esa risa tronante que se le fuga en nosotros al miedo, es la rueda de la fortuna, la tensa calma de todos los días. Es la tristeza irrefutable de los que se van. El tiempo, ¿cuándo de ve­ras fue nuestro? A veces creo que el tiempo sólo pertenece a los pá­jaros, al claxon enfurecido, a esa abstracción que identificamos co­mo enero… al follaje de los árboles y de los edificios, al vacío de estos días moribundos.

Álgebra

Me preguntó qué destino ten­drán todas esas voces. La que me ha contado que en el pue­blo de Santa Fe ha muerto mu­cha gente y que sin velorios las almas andan penando… la que comenta, un poco en broma, que ya no tiene recuerdos de antes del confinamiento… la que me relata minuciosamen­te sus viajes diarios en el trole­bús para ir a trabajar… la que se quiebra porque el contagio llegó a sus padres en la cena de Navidad a través de algún hi­jo… la que me dice con optimis­mo que ha leído que después de la pandemia vendrá una época de lujuria y carnaval y que más vale llegar vivo… la que me dis­trae con sus interesantes opi­niones sobre la “dictadura capi­talista” que se apropiará de las vacunas y que nos someterá a la competencia económica pa­ra adquirirlas… la que me habla con pesar de su recuperación después del Covid… las que se formaron en mi cabeza y en mis sueños después de escuchar es­tas y muchas otras historias que voy guardando como puedo en mi memoria. Una mujer me dice algo que me estremece: “A veces siento que yo y mi hijo, aquí en­cerrados desde hace meses, se­remos olvidados por los demás poco a poco.” ¿Qué haremos con los que van a enloquecer de soledad? ¿Y con los que se van a ahogar en estas multitudes mortales? ¿Qué pasará con los que se encargaron de buscar al bicho y no lo encontraron? ¿También van a enloquecer? Son los peores días. Segura­mente también vamos olvidan­do cómo entonar las canciones que más nos gustan. Nos sale más vello del habitual en los brazos y en la espalda. Nuestras manos si­guen envejeciendo. Ya olvidé que extrañaba al sol en su brutal ple­nitud de miles de años. Ya sabe­mos, gracias a algunos científicos futuristas, que algún día este vi­rus será como una simple gripa y que tendremos otros problemas más graves que atender. Mientras tanto, estamos aquí, atrapados en el álgebra cada vez más dolorosa de los que se van y de los que se quedan

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