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La República domingo, 31 de enero de 2021

El negocio millonario de la pesca del tiburón

Cien millones de tiburones son capturados cada año, sobre todo por sus aletas, pero la industria saca provecho de todo el animal: incluso con su piel se hacen galletas. Este negocio supone, además, una amenaza para todo el ecosistema marino.

  • El negocio millonario de la pesca del tiburón

    Las aletas del tiburón son la parte más valiosa de la pesca: las aletas de la espalda y la cola. En función de su calidad, pueden llegar a costar hasta 600 dólares el kilo. FEDERICO BORELLA

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  • El negocio millonario de la pesca del tiburón
JOACHIM RIENHARDT
Tomado de XL Semanal
Madrid, España

 Las mejores imágenes del fotógrafo Federi­co Borella son aque­llas que no se le van de la cabeza cuando ya ha vuelto de sus viajes. Sin embargo, en su reportaje sobre la pesca de tiburones en Indo­nesia fueron otras experiencias sensoriales las que se le queda­ron grabadas, y eso que regre­só con un buen número de ins­tantáneas impresionantes. «El hedor era indescriptible. Una mezcla de sangre, agua salada, entrañas de pescado y amonia­co -cuenta Borella-. Ese olor me sigue persiguiendo hoy. Una pe­sadilla».

Aquellos vapores tan pene­trantes lo asaltaron cuando se bajó del taxi en el puerto de la localidad indonesia de Tanjung Luar poco antes del amanecer. Cuatro barcas se mecían junto al malecón; todas ellas, llenas de tiburones muertos.

Los pescadores usaban lar­gos ganchos para sacar los cuer­pos del agua teñida de sangre de las bodegas y alinearlos so­bre el asfalto. Borella tuvo que contener las náuseas. A sus 36 años, Federico Borella acababa de renunciar a su puesto fijo co­mo fotógrafo local del periódi­co Quotidiano Nazionaleen Bo­lonia. El viaje a Indonesia para conocer a los pescadores de ti­burones era el primero de su nueva vida como fotorreporte­ro freelance. Antes solía aprove­char las vacaciones para irse a fotografiar lugares lejanos. Las personas siempre estaban en el centro de sus trabajos. «Aquella era la primera vez que me cen­traba en fotografiar animales -como cuenta Borella-. Quería llamar la atención sobre el drama al que se enfrentan muchas espe­cies de tiburones, amenazadas de extinción a pesar de las prohibicio­nes de pesca».

Según el ecólogo marino Boris Worm, investigador de la Univer­sidad Dalhousie en Halifax, Ca­nadá, cada año se capturan unos 100 millones de tiburones en los mares de todo el mundo. «Pero es algo que solo preocupa a pocos. Los tiburones son depredadores, tienen fama de peligrosos, de ser enemigos del ser humano -añade Borella-. Estos pobres animales no tienen ningún lobby que los de­fienda».

El fotógrafo italiano prepa­ró su viaje con la ayuda de la or­ganización World Wildlife Fund (WWF). En Indonesia no existe ningún tipo de prohibición que re­gule la pesca de tiburones. El país se cuenta entre los mayores expor­tadores mundiales y el puerto de Tanjung Luar es uno de los princi­pales dedicados a esta actividad. «Todo el pueblo vive de la pesca de tiburones -dice Borella-. La eco­nomía de la región al completo es­tá orientada a su explotación». Por eso, organizaciones como WWF intentan crear fuentes de ingresos alternativas para los habitantes y pescadores del lugar.

En solo una hora de aquella ma­ñana en la que Federico Borella empezó su reportaje, hasta 120 ti­burones sacados de cuatro barcas de pesca yacían alineados sobre el suelo del muelle.

La intención inicial del fotógra­fo había sido enrolarse en una de esas embarcaciones, pero no lo consiguió. Para hacerle sitio a él, tendrían que haber renunciado a alguno de los pescadores que for­man parte de la tripulación. Y nin­guno de ellos es prescindible du­rante las tres semanas que duran las salidas de pesca. Todas las ma­nos son necesarias para tender las enormes redes y luego recogerlas. «Una barca tiene que volver con al menos 25 tiburones -dice Bore­lla-. Si no, no cubren los gastos de tripulación, alquiler, gasolina y el hielo que hace falta para conser­var los ejemplares capturados».

La mayor parte del dinero la ob­tienen de la venta de las aletas, su precios varía en función de la espe­cie y el tamaño.

En Tailandia, Vietnam y sobre todo en China se las considera una delicatessen. Pero los princi­pales consumidores de carne de tiburón están en Europa y Suda­mérica: Italia, Brasil, Uruguay y España (consumimos cazón, ma­rrajo y otras especies) son los ma­yores importadores.

A las aletas de tiburón se les atribuyen, entre otros, efectos afrodisiacos. Esta creencia popu­lar no cuenta con ningún respal­do científico, pero es casi imposi­ble de erradicar. Su carne se sirve en ocasiones especiales y gran­des celebraciones, como las bo­das chinas, sobre todo en forma de sopa. Figura en la carta de al­gunos restaurantes incluso en lu­gares como Londres. «Puede lle­gar a costar 500 euros», asegura Federico Borella.

Los tiburones son descuartiza­dos en la costa apenas se los des­embarca. «Se aprovecha hasta el trozo más pequeño, de todo se sa­ca dinero», afirma. En el interior de la isla se procesan las partes menos atractivas de sus cuerpos. Borella recuerda cómo miles de moscas volaban sobre las instala­ciones al aire libre como enormes nubes negras. «Y el olor allí -aña­de- era mucho peor que el inso­portable hedor del puerto».

El aceite del hígado, por ejem­plo, se envasa en botellas. Hay quienes creen que es bueno para tratar el sida y el cáncer. Los hue­sos se muelen y el polvo obteni­do se usa para elaborar medicamentos tradicionales. Con la piel hacen crackers para aperiti­vos. Incluso la carne más dura se aprovecha. «Los pobres de la is­la la hacen a la brasa en broche­tas», comenta Borella.

«Los tiburones son los depre­dadores más fuertes del mar y desempeñan un papel muy re­levante en el equilibrio de las ca­denas alimentarias marinas -ex­plica Borella-. Tenemos que ser conscientes de que eso los hace enormemente importantes para la conservación del ecosistema. Un ecosistema que en Indonesia está sometido a una presión es­pecialmente intensa. es uno de los países que, tras China, más contribuyen a la contaminación de los mares.

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Los llamados tiburones grises son los que atacan al ser huma­no. Acechan como lobos. Se sien­ten los aletazos. Su piel fría roza el neopreno de los buzos. Dan miedo. Cuesta mantener la cal­ma y continuar sujetando los fo­cos o con la mirada en el visor de la cámara. Los latidos del co­razón se disparan. Las piernas se encogen involuntariamente. Los músculos, en tensión, están pre­parados para bracear y patalear con fuerza para salir de allí.

Hasta ahora se creía que los ti­burones grises se disgregaban al anochecer para cazar en solita­rio… Las potentes lámparas de los submarinistas han revelado, sin embargo, un espectáculo in­édito: en las profundidades noc­turnas hordas sobreexcitadas de escualos dan vueltas y vueltas en busca de nuevas presas.

Al caer la noche, cuando ca­zan en las tinieblas, desechan las precauciones y comienza una actividad frenética. Se acercan sin prevención ningunas a las personas.