Enfoque

¿Se recupera un año escolar?

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Oscar E. Casalis BarreiraSanto Domingo, RD

En estos días es­tá en la palestra pública el próxi­mo año escolar. Una nueva co­rriente de preocupación fa­miliar esgrime el lema: “Un año escolar se recupera, la vida no”, para defender una postura que promueve, en el mejor de los casos la edu­cación virtual o la escuela en casa, mientras que otros abo­gan por un año sabático para sus hijos.

¿Es posible recuperar un año escolar sin repercusiones en los niños? ¿Cuáles son las fortalezas y fragilidades de las diferentes modalidades de enseñanza que se valoran para el próximo curso? Sobre estas y otras cuestiones en el contexto dominicano para el próximo curso escolar pre­tendemos reflexionar en el si­guiente artículo.

Al propagarse la epidemia del Covid-19 a inicio de mar­zo por el mundo y como res­puesta a esto declararse el estado de emergencia en el país, fue necesario trasladar la docencia a la modalidad virtual. Este movimiento fue imprescindible para mante­ner los procesos de enseñan­za y aprendizaje a resguar­do de las infecciones y como tal fue un recurso valiosísimo para continuar la educación de niños y adultos desde el hogar.

En esa fecha poco sabía­mos del virus, más allá de su método de transmisión. Por tanto, aislar a las comunida­des para impedir el conta­gio fue la respuesta más pru­dente de los gobiernos ante la misteriosa enfermedad. Hoy, casi cuatro meses des­pués, hemos aprendido mu­cho acerca del coronavirus. Ya sabemos su estructura in­terna, los métodos biológicos mediante los cuales se intro­duce y reproduce en nuestros organismos, además de los factores de riesgo más impor­tantes para la complicación de su sintomatología (adul­tos mayores de 60, patologías previas, exposición al virus, etc.); basado en todo esto he­mos creado protocolos y tra­tamientos, que aún distantes de ser perfectos, han elevado el índice de supervivencia a la infección. Estamos desarro­llando vacunas, veintiuna de las cuales ya están en proceso de pruebas clínicas en huma­nos y aunque todavía no tene­mos una fecha definitiva para su producción y distribución en masa, tenemos muchas ra­zones para estar esperanza­dos.

Con estas condiciones de­bemos evaluar la entrada a un nuevo año escolar. Ante la pre­misa: “un año escolar se recu­pera”, debemos ser conscien­tes de qué representa un curso escolar en la vida de un niño o adolescente y las posibles re­percusiones de su abandono.

La niñez y la adolescencia son las etapas donde se for­ma el carácter de la persona, se arraigan las costumbres y se construyen los valores huma­nos del individuo. En ese sen­tido perder un curso escolar, para un alumno de Primaria o Secundaria, podría parecer po­co en cuanto a no aprender las competencias curriculares del sistema educativo, no obstan­te, esta no es la mayor pérdida. Para que un año sabático o la escuela en casa sea provecho­sa para un menor, debe tener el constante acompañamiento de un adulto capacitado en pe­dagogía o una rama similar. De no ser así puede marcar la di­ferencia entre la adicción o no a los videojuegos, las redes so­ciales, los audiovisuales u otros tantos productos enajenantes en nuestra sociedad posmo­derna, adicciones que tienden a ser desencadenantes para trastornos psicológicos más complejos.

Aquí urge sopesar el tema, no desde una perspectiva in­dividual, sino social: ¿Cuán­tos de los hogares domini­canos tendrán la posibilidad tener acceso a un profesional de la didáctica? Si contamos a los maestros, quienes en su mayoría estarán impartien­do clases, ya sean virtuales o semipresenciales en sus cen­tros educativos, o bien ense­ñando a sus propios familia­res, ¿cuántos podrán visitar otros hogares para impartir su conocimiento? ¿Cuántos querrán ir en medio de es­ta situación? ¿Y cuántos nos arriesgaríamos a dejarlos en­trar en nuestra casa?

En el caso de que desee­mos arriesgarnos a esa posi­ble pérdida que representa un curso escolar abandonado, ¿cuántos de nosotros estare­mos realmente en nuestro ho­gar al 100% para dedicarle el cuidado constante y la vigilan­cia que necesita un menor de edad? Todas estas interrogan­tes deberán ser respondidas conscientemente por aquellos que promueven dicha postura.

Se nos presentan otras dos opciones viables: la educación virtual y la semipresencial. Ha­gamos una breve reflexión so­bre cada una de estas modali­dades, así podremos tomar la mejor elección para nuestra fa­milia.

La educación en línea o vir­tual surgió a finales de los años noventa como una herramien­ta para llevar el conocimien­to a las distancias más lejanas mediante Internet. Sin embar­go, no es hasta los inicios del siglo XXI cuando se popula­riza este modelo, se crean las diferentes tipologías de pro­gramas educativos (píldoras online, MOOCs-Cursos Ma­sivos, SPOCs-Cursos cortos y los cursos online largos, dígase grados y másteres) y comienza su difusión por el mundo. To­dos estos proyectos aplicados, en su mayoría, a la educación de adultos. Veinte años de ex­periencia en este campo nos han permitido explorar las di­ferentes herramientas que po­demos utilizar para el proceso de enseñanza y aprendizaje en esta modalidad. Hemos de­sarrollado recursos sincróni­cos, como son las videoconfe­rencias, los chats, consultas, entre otras formas de inte­racción entre estudiantes y profesor a un mismo tiempo. Además, hemos explorado disímiles materiales asincró­nicos como son documentos, libros, vídeos, foros, leccio­nes, encuestas, pruebas, jue­gos, entre otros muchos ins­trumentos.

También hemos aprendi­do que esta es la modalidad que mayor responsabilidad personal y disciplina conlle­va. Incluso entre adultos es al­tísimo el índice de abandono de los estudios, siendo entre un 10% y un 20% mayor si lo comparamos con la modali­dad presencial. En el mejor de los casos la implicación de los estudiantes siempre tiene alti­bajos, al no existir la presencia física del profesor para moti­varlos, ni las horas de estudio cerradas que deben cumplir.

Las evaluaciones también son muy cuestionadas en es­ta modalidad, por la relativa facilidad con que pueden ser objeto de plagio o simplemen­te redacción por otra persona que no sea el alumno. Por es­tas razones la educación vir­tual tenía como público meta al adulto, pues el proceso de enseñanza y aprendizaje so­lo podía darse con efectividad desde una consciencia que de­seara aprender no por obliga­ción, sino por elección, algo que usualmente no ocurre con los menores. Esto es perfecta­mente normal, pues en las pri­meras edades se prioriza los juegos y las interacciones so­ciales, por encima del aprendi­zaje académico.

La reciente mudanza obli­gatoria de la modalidad pre­sencial a la virtual en Primaria y Secundaria fue una solución temporal para un problema urgente. Todo digno profesio­nal de la educación podrá de­cir los inmensos retos que trae dicho modo en estos niveles. En el hogar muchas veces no se promueve el estudio con el suficiente énfasis e incluso aquellos que sí lo hacen, fallan por no utilizar los métodos idó­neos para garantizar el apren­dizaje del niño. El resultado de esto fueron porcentajes al­tísimos de no entrega o entre­ga tardía en las asignaciones, poca calidad en los trabajos evaluativos o bien una exce­siva perfección que reflejaba, cuando no plagio, la labor de un adulto.

Otro aspecto a validar es el acceso a la tecnología. Mu­chos de los alumnos y profe­sores del sistema educativo dominicano no tienen los re­cursos apropiados para re­cibir/ impartir las clases. Si nos centramos en los estu­diantes son numerosos quie­nes no poseen computadora o tablet y tienen que estudiar desde un celular, muchas ve­ces perteneciente a alguno de sus parientes, quien no siem­pre está en casa. El internet también es un recurso caro, al cual muchas familias no tienen acceso de manera fija. Utilizar esta modalidad im­plica costos económicos que muchos no pueden sufragar.

La interacción social, as­pecto de suma importancia en el mundo actual desde el descubrimiento de las inteli­gencias múltiples, es otra de las aristas que resulta muy afec­tada por este modo de ense­ñanza. Las inteligencias inter­personal e intrapersonal solo pueden desarrollarse en inte­racción con el otro, en contras­te con aquel que es diferen­te y por tanto nos hace único; en ese sentido son invalua­bles las relaciones entre maes­tro y alumnos o bien entre los propios estudiantes. En ellas aprenden a interactuar en so­ciedad, a trabajar en equipo y valores tan importantes como la solidaridad, la honestidad, el compañerismo. Además, se forjan relaciones de amistad que pueden durar toda la vida. Cuando se utiliza la modalidad virtual estas conexiones y ense­ñanzas son difíciles de replicar. Es mucho más complicado ha­cer un trabajo en equipo o sim­plemente aclararle una duda a un compañero cuando el úni­co medio de comunicación es una pantalla. Estos son al­gunos de los retos que debe enfrentar esta modalidad en caso de ser escogida por la fa­milia o la comunidad educa­tiva a la que pertenece.

La última alternativa es la más completa. La modalidad semipresencial ofrece lo me­jor de ambos mundos al pro­ceso de enseñanza y apren­dizaje. Tiene la diversidad y riqueza en recursos que es tan característica del modo virtual, más la cercanía e in­teracción del modo presen­cial. Sí posee actualmente el riesgo a la infección, sin em­bargo, con las adecuadas medidas de seguridad (as­persores, alfombras desin­fectantes, mascarillas, gel desinfectante, entre otras) ir al colegio no debería redun­dar en mayor peligro que el obligado viaje que hacemos al supermercado. Otra de las ventajas de este método es la apropiada educación de los estudiantes en el uso de las medidas de protección, co­mo dijimos al inicio, tenemos razones para estar esperanza­dos, pero también debemos ser realistas. Esta situación de epidemia podría no terminar el próximo año, expertos de to­do el mundo advierten ante la posibilidad de su prolongación durante un lustro o más; en ese sentido somos muy afortu­nados de que los niños y ado­lescentes no sean población de riesgo e incluso la mayoría de ellos no presenten síntomas al contagiarse por la enferme­dad. Esto permite que poda­mos continuar su educación de manera segura, para for­marlos como los entes de cam­bio positivo que tanto necesita nuestro país y nuestro plane­ta. Finalmente es una decisión de cada familia, esperamos que este artículo haya servi­do para brindar los argumen­tos necesarios para responder conscientemente desde la inti­midad de cada hogar a la pre­gunta inicial: ¿Se recupera un año escolar?

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