La República

Saber profundo

Un rincón del sector Gazcue atesora valiosas reliquias

Jhenery RamírezSanto Domingo, RD

Una vieja y enorme casa ubicada en Gazcue no es sólo el refugio de dos hermanos. Aquí hay un sinnúmero de antigüedades que se ofrecen a los apasionados de estos bienes culturales.

La marquesina, las gigantes salas y habitaciones, los pasillos y todas las áreas de este hogar están repletas de objetos del pasado.

Lo que menos le importa a un comprador de antigüedades es el precio de estas. Para él, su verdadero valor es la historia que hay detrás de cada objeto y qué tanto se pueda emocionar con ella. Un casco de uno de los soldados de la Segunda Guerra Mundial puede costar hasta RD$10,000, pero al aficionado de lo antiguo, esto es lo que menos le preocupa.

En medio de telereañas, el polvo, la humedad y un fuerte olor a madera, en una pared rústica está colgado el objeto más costoso de esa casa de antigüedades, un cuadro de las calles de París que dibujó una artista cubana. En el mundo solo hay tres de estos y por eso vale US$300,000.

El señor que atiende a los clientes es amigo del dueño de las antigüedades, quien reside en Estados Unidos. Mientras él habla con el equipo del Listín Diario sujeta con su mano derecha una escultura asiática de una tortuga que data del 1930 y cuesta RD$40,000.

Cualquiera puede pensar que este artículo es solo decorativo, pero para los verdaderos aficionados del pasado, este objeto se valora porque refleja la cultura de aquella época. Un jarrón chino cuesta RD$35,000 y su precio está definido porque tiene más de un siglo.

Para ser aficionado de las antigüedades no hay edad. Tanto los jóvenes como los adultos compran estos objetos para rememorar la historia que conocen.

Es una pasión

Rolando Remín, el dueño de la casa donde se realizan bazares de antigüedades y subastas, posee la cantimplora de John F. Kennedy cuando fue oficial de la Marina de Guerra de Estados Unidos, pero no la vende porque es un gran tesoro tener un artículo personal de un expresidente estadounidense.

Alguien que está loco por tener la cantimplora de Kennedy es un doctor que no quiso decir su nombre. Quien colecciona antigüedades, lo hace por pasión y esa es la de él. Incluso, mientras más habla del tema, más se emociona, su voz se alza, mueve las manos con mayor rapidez y se exalta.

“La Segunda Guerra Mundial es un tema que domino y que me fascina”, cuenta este profesional de la medicina que llegó al lugar en su hora de almuerzo, como hace con frecuencia, para tratar de convencer y que le vendan la cantimplora.

El doctor, apellido Otero, tiene una habitación en su casa solo para antigüedades. Posee varios cascos de la Segunda Guerra Mundial y uno de ellos tiene una bala incrustada que lo hace más valioso.

A él le encantan las muñecas de porcelana y mientras lo expresaba agarraba una destacando que son un arte porque fueron creadas a mano: “las cejas son pelitos que se colocaron uno a uno en 1860, para ti eso no significa nada, pero fueron hechas una a una y ahora una máquina te hace en unos minutos 100 muñecas”.

A Otero, como a otros aficionados, no le importa el precio de un objeto antiguo sino el valor emocional. Al preguntarle cuánto ha gastado en este pasatiempo, su respuesta es “yo mejor ni le diré”, con la risa de un niño travieso.

Conveniencia

Esta casa de Gazcue es el escenario también para la realización de bazares. Gente que tiene antigüedades en su vivienda que no utiliza las oferta allí, algunos hacen intercambios y otros sólo comprar para guardarlas y venderlas con el paso de los años cuando adquieran más valor histórico.

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