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La República jueves, 11 de agosto de 2016

Un “máster” en secuestros

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¿Qué fue lo que hiciste?
-Yo estudié en un politécnico y terminé el bachiller pero la mayoría de mis amigos no. Mis padres me motivaron a estudiar para que fuera ingeniero, médico o algo así, pero terminé siendo un sicario. Mayormente yo secuestraba a las personas para quitarles dinero, por encargo. Éran narcos.

Mi primera vanidad fue que mi hermano tenía un carro y me lo prestaba. Yo quería tener uno igual. Él cayó preso, salió de la cárcel y me dijo que iba a venderlo para irse a Estados Unidos. Yo me había ilusionado con el carro, pero tuve que buscarme lo mío.

¿Que qué hacía?. Oh, de to¥ lo que se hace en este país para conseguir dinero. Aunque lo mío era secuestrar personas, quitarles el dinero y si había que matarla, bueno... uno trataba de no hacerlo, pero a veces se resisten. Por suerte yo bregué más con narcotraficantes, que se portan bien con uno. Sueltan fácil.

Cuando mi hermano se fue yo me desconecto de los estudios, (me gradué de perito electricista). Ahí viene el problema. Yo estaba trabajando eso. También soy mecánico automotriz. Tengo unos cuantos familiares en Puerto Rico y me cegué. Me fui en yola.

En esa travesía tuve al perderme dos veces. Fuimos como seis veces. La primera vez nos quedamos a la deriva porque se dañó el motor. La experiencia como que me gustó porque me volví a montar en una yola. Allá pasé un tiempo. Me deportaron para acá varias veces y dígame usted. ¿Que uno va a hacer?. Ya uno lo que quiere es ver el dinero rápido. Es la juventud la que se pone en eso.

Ahí vino el fallo, porque intentando llegar a Puerto Rico un muchacho que hacíamos travesía juntos me dice: “La cosa está dura. Vamos a ver como arreglamos esto. No podemos seguir así”. Me dice “allí hay una persona que tiene dinero y no tiene problemas porque es un gángster y no va a poner querella. Podemos quitarle un dinero. Yo me quedé pensando, el fin es que entramos en el asunto.

Fuimos a donde él estaba, le dijimos que éramos militares y lo montamos en nuestro vehículo. Había dos vestidos de policía y yo estaba de civil. Con pistolas. Como él tenía problema con la justicia no se resistió, le quitamos tres millones de pesos y a mí me tocó un millón y algo. Compré mi carro de una vez, le dí algo a la novia y guardé algo.

Mi amigo era vanidoso, jugador de casino, gastó todo lo de él y en menos de un mes ya quería hacer otro operativo. En el caso anterior el hombre había llamado a un amigo y le dijo: “Tráeme tanto”. El amigo preguntó: “Todo está bien” y él le dijo que sí. Eso fue todo. Salió perfecto y soltamos al tipo. Pero en la segunda vuelta fallamos.     

Cuando fuimos a buscar a otro capo la esposa ve cuando él se va con nosotros y llama a la Policía y le dice que se están llevando a su esposo. Ellos tenían a todo el mundo comprado en el destacamento. La Dirección de Drogas se tira a buscarnos y nosotros nos dimos cuentas. Salimos del vehículo, dejamos al tipo en unos montecitos por ahí por Las Américas, veníamos de La Romana. Nos les perdimos y logramos escapar. Fallamos, pero nos salvamos de la muerte. En otro caso fue que caímos. Por un error. Éramos siete en la banda. Yo no quería hacerlo pero mi amigo me retó diciéndo que era blandito y le demostré que no.

El error que lo lleva a la cárcel
“El caso por el que nos metieron preso fue secuestro que hicimos a la hija de un cubano.  Yo me había alejado de eso. Mi amigo buscó a un policía de puesto en el destacamento cercano y ahí mismo llevaron nuestro expediente después.  Yo había hecho algo por ahí con otros amigos porque después que uno se pone pa‘ eso ya no hay nada que hacer. Pero ya no quería seguir porque el que me inició en eso agitaba.

El hecho es que nos metimos en secuestrar a la hija del cubano, que había hecho algo en Estados Unidos y tenía unos millones y estaba construyendo una villa grandísima en La Romana.

La mujer andaba con su esposo y los secuestramos a los dos. Mi amigo se desespera porque no aparece el cubano con los cuartos porque ese andaba escondido para que no lo atraparan.  Soltamos al marido de la muchacha para que nos trajera dinero con su mujer de rehén, pero se puso a decir todos los detalles.

La Policía da con nosotros. Yo sabía que nos podían echar 30 años y por eso no quería participar, pero nada, ahí estaba lo mío. La mujer lucía muy sufrida durante el cautiverio y eso molestaba. Por eso queríamos acabar pronto con eso. La persona que cuidaba a los dos esposos era novata y dejó que el hombre viera algunas cosas. Con eso identificó el lugar.

   Al primero que agarraron fue al policía. Su jefe lo llamó y le dijo que se reportara para que se hiciera cargo de un caso. Yo le advertí que no fuera, que ya se debía saber todo porque el secuestrado que dejamos ir nunca apareció con el dinero. Y así fue. Descubrieron al policía y entre él y el novato nos denunciaron. Y ahora condenados.

El viaje de la mula
Es una mujer que tiene la belleza colombiana. Trigueña, joven aún y con una mezcla de inocencia, vulnerabilidad para ser presa fácil del narcotráfico, pero consciente de que el trabajo que le ordenaron hacer podría traer consecuencias.

Llega tímida a la sala, con la cabeza cabizbaja y mirada extraña. ¿Y por qué a mí? Pregunta. Para convencerla, ya que estaba renuente a dar entrevistas, le contestamos lo siguiente: “Queremos saber quién eres, por qué estás aquí. Queremos tu testimonio para ayudarÖ”. Ella interrumpe: “¿Para ayudar a quién?

 Le explico que hay muchas mujeres vulnerables en la calle, que al igual que ella pueden caer en la trampa de ser utilizadas como “mulas” para el tráfico de estupefacientes. Le digo que piense en las demás y por fin accede a hablar.

-Pues nada pienso que la droga es un problema social a nivel mundial porque en todos los lugares hay droga. Y en realidad estoy aquí por droga. Soy culpable de tráfico ilegal de drogas acá en este país. Es la ley 50-88. La traía de Colombia trabajando para una persona.

Si le digo que fue por necesidad le miento. Pero fue más como el no pensar las cosas, el no esperar el momento, porque en realidad las tenía.

Todo viene porque yo negociaba con celulares, ropas y tenis. Tenía locales de celulares en Colombia y abrí un negocio en Panamá. Allí me roban, me secuestran, se llevan un dinero que no es mío y otra parte que era mío y quedo yo responsable. En total me robaron 236 mil dólares.

Por la parte que tengo que responder llego a Colombia. Vendí todo lo que tenía pero no alcanzaba a cubrirla. Entonces comienzan las amenazas. Me amenazaban a mí y a mi hija. Todos los días me llamaban, Eso fue el 15 de noviembre del 2012.

-¿Quién te hacía la presión?

-Los muchachos que habían invertido conmigo para el negocio. Porque en realidad quien mandó a esa gente a robarme fueron ellos. Esos amigos míos. Pero en realidad lo que querían era llevarme a una encrucijada donde yo no tuviera más remedio que trabajar con ellos en drogas.

-¿Cómo era el negocio con ellos?

-Al principio vendíamos zapatitos, eso que ustedes les llaman tenis. Eran falsificados pero parecían originales. Después vendíamos originales y el negocio era bastante atractivo. Pero todo era legal. Se podía sacar la mercancía por Aduanas, con facilidades a un bajo costo de impuestos.  

-¿Y en qué terminó la presión?                                        

-Yo soy demasiado independiente. Salí de mi casa a los 13 años cuando fui mamá.

-¿Cuando te casaste?

-No me casé. Fui violada

- Volvamos a la presión que te hicieron

- Ellos me decían “su niña está muy linda. Nosotros la queremos. O tú eres de nosotros o lo es ella”. Y yo caí.

-¿Cómo fue tu travesía en la droga?

-Yo tenía que venir acá, un país que no era el mío. Y tenía que hacerlo cuatro veces. Me detuvieron con perfil sospechoso. Yo traía heroína en el estómago. Eran 26 paquetitos que tuve que tragarme uno a uno y me puse mal en el aeropuerto de las Américas. Tenía ganas de vomitar y por eso me atraparon. Ya no podía más, expulsé sin querer y me llevaron a un consultorio donde me las sacaron todas. Ocho años de prisión y ya usted ve.  

Trabajé para una red de narcotraficantes y tuve que hacer muchas cosas.

La Victoria
Autoridades del Gobierno, el Ministerio Público y la Iglesia hacen un trabajo extraordinario en esta penitenciaría para reducir el nivel delincuencia allí adentro. Procuran cesar la violencia, el odio y el resentimiento social que los hizo cometer horrendos delitos y crímenes cuando estaban afuera, y que aún en el penal ocurren, aunque de manera aislada. La idea es llevar a cero la cifra de intercambios violentos y planificaciones de delito desde las rejas. Saben que el trabajo es arduo, casi imposible, pero no se rinden. Cada día tienen la disposición de hacerlo aunque fallen mil veces. Su meta es lograr tranquilizar las masas despavoridas que se dejan llevar por los instintos irracionales e inhumanos.

Por el momento han cifrado sus esperanzas en los programas educativos y laborales que se están implementando en esta cárcel, aunque no haya entrado todavía en la categoría de modelo.

Y no todo está perdido. Muchos no reinciden cuando salen de allí, pues se les prepara para enfrentar el mundo con el que se encontrarán afuera. Para que estén definidos de lo que quieren ser, cuando la vida los golpee de nuevo con la falta de aliento familiar, necesidades económicas, ofertas de participación en fechorías y “el demonio en la cabeza”.

EL NUEVO CEREBRO
El Director de Prisiones de la cárcel La Victoria, Tomás Holguín La Paz, tiene en proyecto reformar el cerebro de los delincuentes ya identificados como tal, aplicando nuevas estrategias hasta lograr la convicción en ellos de que ese no es el mejor camino. En la foto figura explicando sus planes al director del LISTÍN DIARIO, Miguel Franjul y a mí. Se observa, también, el alcaide de la cárcel, Gilberto Nolasco, quien nos facilitó la localización de las prisioneros que colaboraron con esta serie, contando sus hazañas y el transcurrir de sus días antes y después de la prisión.