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La República martes, 23 de junio de 2015

FRONTERA DOMINICO-HAITIANA

Los hijos de la frontera

  • Los hijos de la frontera

    Carga pesada para ganarse la vida, cada di´a.

  • Los hijos de la frontera
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Juan Eduardo Thomas
Santo Domingo

Abné tiene la libertad de moverse a su gusto por el paso fronterizo de Jimaní y Malpasse, entre República Dominicana y Haití.

Lo conocen los celadores a ambos lados de la puerta y él aprovecha esa comodidad para ofrecer sus servicios a los visitantes.

Lo sabe, lo conoce, lo ha visto todo desde el polvo, y al no pasar de 12 años se convierte en el mejor guía disponible para una historia que nace bajo el sol y camina junto al polvo.

Cuando la tierra hizo así (y agita sus manos de un lado a otro, de arriba hacia abajo) mi mamá murió. Y ahora yo no tengo familia.
Cuenta Abné

Se llama Abné porque así entendemos su pronunciación, duerme en los parques de Jimaní porque su madre murió cuando la tierra se remeció en 2010, y lo sabe todo porque dedica sus días a estas calles que, mucho o poco, le dan sonrisas, de comer… y una historia que contar.

Lo primero que nos muestra es a los pescadores del lago Azuey, que flotan en tubos de neumáticos y traen a tierra biajacas, un pescado de tamaño reducido pero de mucho sabor para los pobladores y visitantes del mercado. “Sí, son buenísimas, con coco”, defiende un comprador dominicano.

Hay dos modalidades de pesca: lanzar la red en la noche, en la tranquilidad de las aguas, o subirse a un neumático y con una caña de pescar artesanal lanzar sus anzuelos hasta que los peces piquen y se conviertan en dinero.

Wilné Guillié, uno de los pescadores que viven del Azuey venden 7 u 8 pescados a 150 pesos, que no son tan grandes al final, pero que sí aseguran un almuerzo a quienes los compran y, por supuesto, a Guillié, que los vende.

Quienes ayudan a cargar mercancías o equipaje de migrantes también son notables para el niño, al igual que los guías tradicionales o “buscones”, que aceleran y enseñan los procesos migratorios y de paso por aduanas en un espacio casi siempre agitado, tumultuoso e incomprensible para quien llega por primera vez.

Abné tiene una explicación para tantos puestos de trabajo informales, que para él son “formas de buscárselas”: “viene mucha gente”, dice, referencia directa a los migrantes y personas que por alguna razón cohabitan en este espacio.

Esa mucha gente que ven los ojos del menor corresponde a la verdad de las cifras: Jimaní- Malpaso es el cruce fronterizo de mayor movimiento de migrantes en estadísticas oficiales. Y no solo eso: es el punto que más ha crecido desde el 2009, multiplicando por más de tres sus totales.

En 2009, por ejemplo, salieron por esa puerta 25,268 personas, y para 2013 ese número era ya de 96,235 personas. Las entradas, mayor aún, de 30,469 personas en 2009 hasta las 129,019 que lo hicieron durante el año 2013, en estadísticas de la dirección de Migración de República Dominicana.

Dajabón es el punto que más se le acerca con sus 86,370 entradas y 53,624 salidas durante el 2013.

Cuando el pequeñito que nos guía accede a una pausa para tomar agua y conversar, es que se entiende más su presencia aquí.

“Cuando la tierra hizo así (y agita sus manos de un lado a otro, de arriba hacia abajo) mi mamá murió. Y ahora yo no tengo familia”, cuenta.

No va a la escuela, duerme en los parques de Jimaní y tiene su piel pigmentada, como la ropa que lleva puesta, raída, confundiéndose el color natural con el ganado junto al polvo. “Mi mamá era así”, afirma al justificar las tonificaciones de su piel.

Entonces muestra un jovencito que carga agua desde el Azuey para mojar las calles, para aplacar el polvo diario, y reducir la incomodidad del lugar. Es que Jimaní, cuentan desde la Oficina de Nacional de Meteorología, es una de las localidades con menor número de precipitaciones por año del país.

“Eso se debe a la escasez del aire húmedo, por estar distante de la Cordillera Central, y a la deforestación de la zona”, explica Tomás Vidal Rodríguez, de la oficina de pronósticos de Onamet.

Ese joven de la cubeta y el agua no es un empleado del Estado dominicano, tampoco del haitiano o de alguna empresa privada. Es uno de los tantos que llegan en búsqueda de oficio y que recibe, a compensación, comida, seguridad y un entorno social.

En Independencia, la provincia que acoge a Jimaní y su mercado, hay una sola fuente de vida: el mercado binacional que las autoridades se ensañan en marcar como lunes y jueves, pero se da a diario.

Se trata de la sexta demarcación más pobre de todo el país, según el Atlas de la Pobreza dominicana, con números que en lugar de disminuir lo único que han hecho es crecer, volviéndose entonces más pobres de lo que eran en 2004.

Es por eso que todos, como Abné, terminan o vuelven allí. Como Amarilis, la mujer de las recargas telefónicas que nos señala el niño.

Ella dice tener en su trabajo días buenos y malos. Los buenos, esos de los que huye en principio hasta que nota la insistencia, le representa ventas de hasta RD$30,000… en un día.

Esta es la vista a la otra economía de la frontera, no siempre registrada en los datos oficiales.

  MERCADO FRONTERIZO Y LA POBLACIÓN QUE LO ACOGE  
Independencia tiene una población de 52,589 personas, según el Censo de 2010.

Autoridades haitianas estiman ventas de entre 3 y 4 millones de dólares los días de mercado binacional. Claro, es importante conocer que Jimaní tiene especial importancia en ser el paso más cercano a la capital de Haití. La Red Fronteriza Jano Siksé (RFJS) muestra al de Comendador, en la provincia Elías Piña, un intercambio comercial mayor a 163.9 millones de dólares, que al final equivale a 16% por ciento de las exportaciones al vecino país al año.


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