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Desde la última butaca: Okuribito (“Despertares”)

Luis Beiro

Luis Beiro

Su tono excéntrico, música fastuosa y fascinante mirada a una profesión única, son factores que salvan este filme de la manipulación emocional y de su considerable duración.

“Okuribito” (“Despertares”) es la autosuperación de un hombre que rompe sus propias barreras para luego hacerlo con las de los demás. Es una película que nos hace refleccionar sobre nuestros conceptos y prejuicios, y tratarlos en pos de la lógica y la razón.

El guion nos acerca al ritual mortuorio desde un prisma cultural muy japonés, utilizando elementos y símbolos que ejemplifican con maestría una corriente estética oriental basada en la fugacidad, la simpleza, la imperfección, el minimalismo y la espiritualidad. Nada dura para siempre, nada está completado y nada es perfecto.

Estamos en presencia de una exquisita poesía, profunda y sencilla, que narra las vicisitudes de un violoncellista que, de la noche a la mañana, debe replantear su vida tras la disolución de su orquesta.

No podrá escapar a un destino inexorable marcado por la ausencia y que le arrastrará, sin percatarse, a sus orígenes, en el Japón rural, lejos de la ciudad.

Allí encontrará empleo en una empresa de rituales funerarios.

Conmovedora por momentos, y cargada de valores, actitudes y planteamientos casi extraterrestres, “Okuribito” nos acerca con sutileza a la ceremonia del tránsito entre la vida y la muerte, con pinceladas de finísimo trazo.

Porque una muerte bella dignifica toda una vida. Todo ello envuelto en una delicada y armoniosa banda sonora.

Imposible entender la muerte si no se llega a comprender la vida.

Como en sus anteriores trabajos, el director hace gala de eficiente técnología y un cuidadoso tempo narrativo.

Ficha técnica: Título en ingles: Departures. Dirección: Yôjirô Takita. Guion: Kundo Koyama. País: Japón, Año: 2008. Duración: 130 min. Reparto:Masahiro Motok, Ryoko Hirosue, Tetta Sugimoto y Kimiko Yo. Sinopsis: El violoncelista de una orquesta que se acaba de disolver regresa a su ciudad natal en compañía de su esposa. Allí consigue un empleo como enterrador. Este ritual le enseñará lo que le faltaba a su propia vida.