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Entretenimiento domingo, 07 de febrero de 2021

ACTRIZ

El misterio de Audrey Hepburn

De no haberse retirado, habría sido la mayor estrella de la historia. Pero, con apenas 38 años, optó por la vida familiar. ¿Qué la llevó a abandonar Hollywood para refugiarse en Roma? Su hijo italiano saca a la luz los recuerdos romanos que cambiaron su vida

  • El misterio de Audrey Hepburn

    La famosa actriz ganadora de un Oscar.

  • El misterio de Audrey Hepburn
  • El misterio de Audrey Hepburn
  • El misterio de Audrey Hepburn
  • El misterio de Audrey Hepburn
Fernando Gotía
Tomado de XL Semanal
Madrid, España

Convertida en inocente
princesa, la
vida de Audrey Hepburn
cambió al recorrer
las calles de
Roma a bordo de una vespa. Por
arte de esa magia llamada cine,
y de una sencilla película, Vacaciones
en Roma, aquella actriz
desconocida no solo se transformó,
de la noche a la mañana,
en una gran estrella con un Óscar
en el bolsillo; sus cinematográficos
paseos por la dolce vita
romana, de la mano de Gregory
Peck, le proporcionaron el estatus
de símbolo de la Ciudad Eterna,
tan incontestable para los
propios romanos como el Coliseo
o la Fontana di Trevi.

Audrey se ganó así el corazón
de los romanos y quizá por ello
acabó convirtiendo Roma en su
hogar y en el refugio que le permitió
alejarse de la frivolidad y
la superficialidad de Hollywood,
un lugar que revitalizó con su glamour
y su carita de ángel inocente,
pero en el que nunca se sintió
completamente cómoda.

En Roma, sin embargo, se sintió
a gusto desde el primer momento.
El hechizo fue tan contundente
que, después de mostrarse
al mundo en aquella obra maestra
de William Wyler, Hepburn rodó
en la capital italiana dos películas
más; en los años cincuenta
se compró un apartamento al que
acudía a menudo con su primer
marido, Mel Ferrer, y en 1969 formó
una nueva familia con su segundo
esposo, el médico romano
Andrea Dotti, convirtiendo la Ciudad Eterna en su hogar hasta mediados
los ochenta.

Su hijo Luca Dotti, fruto de aquel
último matrimonio, se ha decidido
ahora, ayudado por más de 200 fotografías,
a contar en el libro Audrey
in Rome cómo se forjó esa relación
entre la tercera mayor estrella femenina
de todos los tiempos -según el
American Film Institute, la otra Hepburn,
Katherine, es la reina y Bette
Davis, la segunda-y Roma.

Roma: ciudad del cine
“En 1953, cuando se rodó Vacaciones
en Roma -cuenta Dotti-,
la guerra estaba fresca en la memoria
de los romanos, pero la
película recuperó el espíritu despreocupado
y divertido de la ciudad
y, de pronto, mi madre fue
adoptada como un nuevo icono
local”. Tres años después de
aquella primera toma de contacto
romana, la actriz británica de
origen belga regresó para protagonizar
la monumental Guerra y
paz, rodada íntegramente en los
estudios Cinecittá. Al bajar del
avión en el aeropuerto de Ciampino,
la prensa local, agradecida
por haber devuelto la ciudad al
mapa, la recibió como a una hija
predilecta. Y así empezó todo. FiTíber’, del esplendor de Cinecittá,
del auge de los paparazis que perseguían
en busca de indiscreciones
nocturnas a las estrellas que poblaban
la noche local. Pero a Hepburn,
más allá de una carita de sueño a altas
horas de la noche en algún club,
jamás la pillaron perdiendo los papeles.
“He visto miles de fotografías
de mi madre en los archivos de
las principales agencias fotográficas
-asegura su hijo- y siempre salía estupenda”
. Por un lado, sus años como
bailarina de ballet proporcionaron
a la actriz una compostura
impecable durante toda su vida. Por
otro, los fotógrafos, por aquella aura
suya de símbolo romano, tuvieron
con ella unos miramientos que
jamás concedieron al resto de los astros
cinematográficos. “Roma protegió
a mi madre subraya Dotti. Los reporteros
siempre le concedieron su
espacio y su tiempo”.

A finales de los años cincuenta,
la actriz ya tenía su propio círculo
de amigos. “Henry Fonda [tercer
vértice del triángulo protagonista
de Guerra y paz] se casó con una italiana,
Afdera Franchetti, en 1957, y
se mudó a Roma -cuenta Dotti-. Mi nalizado el rodaje, Hepburn y Ferrer,
su marido entonces y compañero
de reparto en la adaptación
del libro de Tolstói, compraron
allí un apartamento que visitaban
con frecuencia.

Eran los años del ‘Hollywood del madre y Ferrer salían mucho con
ellos. Fueron Afdera y su hermana
Lorian quienes hicieron de mi madre
una auténtica romana.

Audrey Hepburn siempre disfrutó
de la ciudad. “Durante los casi 20
años en que mi madre vivió en Roma
-prosigue-, la gente la conocía y
casi todos los taxistas sabían dónde
vivía. Todavía lo saben hoy. Me llevaba
al colegio, al parque, a clases
de natación, se reunía con mis profesores,
compraba en los famosos pizzicagnoli
[ultramarinos] romanos,
cocinaba para nosotros o para sus
amigos, sobre todo espagueti al pomodoro,
su plato favorito, y daba largos
paseos con sus perros. A veces,
un fotógrafo la seguía y la inmortalizaba
junto a mi padre en alguna callejuela
cercana al Campo dei Fiori,
esperando a que mi abuela les abriera
la puerta de su casa para un almuerzo
dominical”.

Audrey Hepburn, cuenta el menor
de sus dos hijos, nunca acabó de entender
su propio atractivo. “Decía que tenía
la nariz demasiado grande, lo mismo
que los pies [calzaba un 39]; que
era excesivamente delgada y que le faltaba
pecho”. Hepburn pesaba 50 kilos,
medía 1,70 y su cintura apenas superaba
los 50 centímetros, pero en una
época dominada por las actrices voluptuosas
y de curvas rotundas, Billy Wilder,
al contratarla para Sabrina -la segunda
nominación consecutiva de la
actriz al Óscar-, vio a aquella joven de
magnética sonrisa y con la clarividencia
del genio soltó: Esta jovencita convencerá
al mundo de que los grandes
senos y las curvas pronunciadas son un
vestigio del pasado.

Hepburn, sin embargo, nunca acabó de verlo tan claro. “Se miraba a los espejos y decía: ‘No entiendo por qué la gente me considera guapa’ -revela su hijo-. Su explicación era que, probablemente, poseía una buena combinación de defectos”. Su sentido del humor fue, precisamente, una cualidad bien apreciada entre sus colegas. No en vano mantuvo amistad con muchos de sus compañeros de reparto como Gregory Peck, Rex Harrison, Humphrey Bogart o Cary Grant, quien llegó a decir: “Todo lo que pido por Navidad es otra película junto con Audrey Hepburn”.

El deseo de Grant nunca se cumplió. Cuatro años después de Charada [1963], lo único que rodaron juntos, ella le dio la espalda a la industria: “Mi madre nunca se comportó como una estrella. madrugaba, era puntual, no gritaba ni daba berrinches de diva. Aun así, debe de conservar todavía el récord mundial de portadas de revistas. 650 -revela su hijo. Toda esa exposición la convirtió en alguien muy famoso y con mucho glamour, pero si sumamos el tiempo invertido solo en sesiones fotográficas suman dos años completos de su vida. Llegó un momento en que necesitaba algo más”.

Hepburn tomó la decisión de dejar el cine no una, sino dos veces. Primero, en 1967 para cuidar del pequeño Luca. Más tarde, en los ochenta, tras un regreso enlazando tres películas, se retiró del todo para entregarse a la causa de la infancia de la mano de Unicef.

“Mi madre nunca conoció a mis hijos -subraya Dotti-. Habría sido una abuela maravillosa, haciéndoles pasteles, estando con ellos siempre que pudiera, contándoles cuentos… Decía que los niños deben jugar y ser felices porque necesitan de esa alegría a medida que crecen. Para ella, envejecer era parte del círculo vital. No entendía los esfuerzos de las mujeres por mantenerse jóvenes. Apreciaba hacerse mayor, ya que disponía de más tiempo para sí misma, su familia, y se alejaba del frenesí superficial de Hollywood”.

Quienes la conocieron bien reconocen en Hepburn una tristeza que siempre la acompañaba. !”La guerra -señala Dotti-. Perdió a casi toda su familia, su hogar… Eso permaneció latente en su alma, aunque detrás del dolor todo lo convertía en un descubrimiento. Cuando hablaba de su carrera, decía que había sido como ganar la lotería. Y en el fondo de su corazón, siempre fue una granjera. Creció entre Bélgica, Holanda e Inglaterra, en el campo, y amaba lo rústico. Por eso, al final de su vida eligió Suiza”.

Vivió allí hasta 1986, seis años después de divorciarse del padre de Luca, -cuando se trasladó a Suiza para estar cerca de su hijo, que estudiaba allí, interno, el bachillerato. En 1963, la actriz había comprado en ese país -“con su propio dinero”, solía decir con orgullo- una granja. El romance de Hepburn con Roma había terminado.