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Crítica de Jonh Wick 3: Parabellum: Benditos perros, benditas consecuencias

Europa Press

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Así, de primeras y sin exagerar lo más mínimo, puede que la media hora inicial de John Wick: Capítulo 3 - Parabellum sea la apertura más gloriosa que ha facturado una película de acción en la última década. Dos pasajes memorables, uno en una biblioteca pública y otro en una vieja armería, llenan los ojos y disparan la adrenalina en un arranque de una grandeza tal, que es capaz de amortizar el tercer largo del personaje encarnado por Keanu Reeves, dedicado principalmente a expandir los oscuros limites de la improbable, animal y felizmente autoconsciente saga, antes incluso de su inicio.

De hecho, el mayor hándicap que encuentra este nuevo John Wick en su otra vez imparable travesía de maporros de diseño, magníficas coreografías y tiros a quemaropa es que arranca tan arriba que resulta de todo punto imposible mantener la apuesta. Y, en su perenne 'más difícil todavía', el envite es tal salvajada que cualquier otro caería presa del vértigo. Pero él no. Ese trajeado operario del asesinato, ese romántico obstinado de gesto anticlimático, ese mito de reputación ilimitada entre los suyos caído en desgracia, sigue erre que erre, enrocado sin remedio, siempre hacia adelante abrazado al único recuerdo que le queda en la recámara.

¿'Baba Yaga' excomulgado por culpa de un perrete? ¿Cómo hemos llegado a esto? Todavía nadie lo puede creer, pero benditos perros, benditos caballos... y bendito wickverso y sus consecuencias.