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CINE

‘A orillas del mar’, cuando se quiere… se puede

La película de Bladimir Abud, protagonizada por Sony Kelly, Cheddy García y otros, es cine serio, honesto, el cual se busca al detalle exponer lo que somos y que a muchos nos duele.

Armando Almánzar R.Santo Domingo

Bladimir Abud lo viene intentando desde hace unos años: “Los Super”, divertida, pero algo desquiciada, “La lucha de Ana”, interesante pero todavía fuera de forma. Y ahora, “A orillas del mar”.

Debemos confesar que, habiendo visto hace unos meses una prueba cruda de esta historia, el final de aquella nos parecía más hermoso y poético.

Claro, no estamos en posición como para poder aclarar ahora para ustedes porque muchos no han visto le película ni antes ni después y no podemos revelar esos detalles. Pero, de todos modos, sí podemos decir que aquel de entonces nos pareció más hermoso y poético que el actual.

En el original, el niño era una perfecta víctima de una sociedad carente de valores, estaba entrampado, no tenía salida alguna posible que no fuera su propia destrucción como ser humano.

En la presente, aunque sigue siendo una víctima, por supuesto, deviene por igual en victimario y ese detalle, aunque puede resultar lógico (y hasta deseado por gran parte de los espectadores, siempre a la espera del desquite simple, de la justicia inmediata, de salir del paso de la manera más expedita), le resta la serena belleza poética que antes apreciamos.

Ahora bien, antes y ahora, hemos de aclarar que “A orillas del mar” es cine serio, honesto, el cual se busca al detalle exponer lo que somos y que a muchos nos duele.

Pero además, “A orillas del mar” es...cine.

Cine, empleo imaginativo y certero de los elementos del lenguaje cinematográfico. En esta cinta lo que menos abunda es el diálogo: la exposición es escueta, parsimoniosa, dejando la pantalla sumergida en el silencio de las palabras y el embrujo de la naturaleza, cuando estamos en el hábitat propio del niño, y con su aplastamiento (del niño) cuando estamos en la ciudad fragorosa y desordenada, ceñuda y despiadada. La esencial en esta película es la imagen, y la fotografía de Frankie Báez es un despliegue de belleza pero también de movimiento, de aprovechamiento de los rincones, de los espacios abiertos, de las luces y las sombras, de las expresiones humanas, del cielo, el mar, el viento y todo aquello que casi nunca advertimos porque es lo común y corriente pero que está allí, presente, presente y eficaz, significante.

Y si añadimos los mágicos toques musicales de Angelo Panetta, discretos pero precisos y hermosos, obtenemos un buen resultado: cine serio, cine expresivo, cine denunciante.

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