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Vida Verde jueves, 28 de febrero de 2019

VIDA VERDE

Máximo Bergés y su valiosa colección de frutales

En 20 años convirtió 50 tareas de caliche sin valor en tierra fértil donde crecen en perfecta armonía especies exóticas junto a nativas y endémicas de la Española

  • Máximo Bergés y su valiosa colección de frutales

    Una variedad de Wallenia laurifolia. Don Máximo heredó de su padre el amor por los frutales. ©Yaniris López/LD

  • Máximo Bergés y su valiosa colección de frutales
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  • Máximo Bergés y su valiosa colección de frutales
Yaniris López
yaniris.lopez@listindiario.com
San Cristóbal

El abogado dominicano Máximo Bergés Dreyfous tiene tres pasiones que disfruta por igual: la enseñanza superior, los viajes y el amor por los árboles frutales.

La tercera la heredó de su padre, Manuel de Jesús Bergés, un amante de las frutas que solía decir que en lugar de sembrar palmas por doquier había que sembrar frutales porque de esta forma el dominicano siempre tendría algo que comer.

Ya mayor, Bergés padre compró una pequeña propiedad en Jarabacoa y allí comenzó a sembrar sus frutales.

“Ahí fue que conocí el jicaco y otras frutas raras y ahí comencé a cogerles amor. Cuando mi papá murió, conseguí esta pequeña propiedad aquí en San Cristóbal, de 50 tareas, y comencé a hacer locuras”, le cuenta don Máximo a Listín Diario.

Primero se dijo: Vamos a hacer un bosque. E hizo un bosque de lino criollo (Leucaena leucocephala). Treinta años después, lo recuerda como un gran error.

“Ha sido el error más grande de mi vida. De leucaena y de nin. La leucaena es buena para comida de chivos y vacas. Todavía no he podido sacarlas todas, pero para poder extirpar esa plaga el dinero que he gastado no tiene nombre”.

Sembró luego naranjas, pero se les murieron porque la tierra era mala, caliche.

Y entonces se le ocurrió una idea brillante.

“Ideé hacer un hoyo de un metro cúbico, sacar la tierra y preparar un compost. Comencé echándole bagazo de caña que conseguí en el antiguo ingenio Haina. Fueron camiones que llevé. Luego fui a la Feria Ganadera y conseguí pupú de caballo y de vaca y yerba. Comencé a hacer esos hoyos, a echarle eso con tierra negra”.

Y funcionó.  De eso hace 20 años.

El resultado se nota nada más atravesar la puerta de la finca. Don Máximo logró levantar un espeso bosque de frutales, tan espeso y verde que la temperatura es más baja en ese punto de la comunidad de San Miguel que en todos los alrededores. 

“Todo lo que ve usted aquí lo sembré yo, con excepción de la mata de mango que está en el frente y una de caimito en el medio”.

Las primeras plantas las consiguió en Zambrana (Sánchez Ramírez), con uno de los primeros coleccionistas de frutales del país, y continuó comprando especies exóticas en sus viajes por el mundo.

También le asesoró en la finca el agrónomo Leo Montero, a quien conoció en la primera feria de frutales que se hizo en el parque Eugenio María de Hostos “hace muchos años”.


UN FRESCO RECORRIDO

Por cualquier lado, en producción o adultas, crecen chirimoya, longan, zapote negro, lichi, cuatro tipos diferentes de mangostán, carambolas y jaboticaba. Especies que “ajuman”, afrodisíacas, aromáticas. Tamarindos de Turquía y de Tailandia, nuez moscada, guayabas “de todos los sabores”.

Especies introducidas de colores, formas y sabores exóticos crecen en armonía junto a especies nativas y endémicas de la isla en peligro crítico de extinción como la guázara.

“Debo tener como 300 y pico de variedades diferentes. A muchas ni siquiera les conozco el nombre”, admite el profesor y padre de cuatro hijos.

Cultivar frutas, asegura don Máximo y así se lo dice a la gente, le ha enseñado que no hay que ser agrónomo para dedicarse a ello como pasatiempo y hacerlo bien.

“Puedo tener un litigio que me agobia, vengo aquí y se me quita. Se me quita todo lo malo. Es una terapia”.

MÁS INCENTIVO A LOS FRUTALES

Bergés puso su refugio personal a disposición del proyecto Parque de las Frutas, el espacio que se construye no muy lejos de allí, entre el río Yubazo, las áreas verdes que bordean la autopista Seis de Noviembre y el trébol de entrada a la ciudad de San Cristóbal.

Este parque, una iniciativa del Clúster del Mango, recogerá la historia de la fruticultura de la Española y será también un espacio de conservación y recreación.

“Yo ya me considero parte del proyecto –expresa don Máximo-.  Mi finca podría convertirse en una extensión del proyecto como un parque privado abierto al público. Aunque soy un coleccionista y los coleccionistas somos muy apegados a las cosas, yo no. Quisiera que todo lo que tengo la gente lo reproduzca”.

Comenta que el Clúster tiene las puertas abiertas para que haga lo que considere oportuno. Desde ya, les ofreció una gran donación de plántulas y semillas.

Parte de su interés es que el Estado ponga nuevamente la mira en los frutales, promoviendo y apoyando su producción.

 


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