Superanus

Hago un bureo en Google, buscando cómo decir lo que quiero decir.

Escribo en el buscador: “Hablar de una cosa sin hablar de esa cosa”. Primer resultado: un artículo titulado “Eufemismo — decir algo sin en realidad decirlo”. Me cuestiono. ¿Es realmente lo que quiero hacer? ¿Decir algo sin en realidad decirlo?

Reformulo. Escribo. “Hablar sobre algo sin mencionar ese algo directamente”. Primer resultado: el mismo artículo.

Ahora cuestiono el porqué este artículo es el primer resultado. Lo abro, pero decido inmediatamente pasar de largo. Regreso al buscador y pongo una palabra que se ha mencionado bastante en estos días desde la mal llamada “opinión pública”. Quiero conocer su origen etimológico.

Superanus.

Es latín.

Así que hago referencia a la palabra en este artículo en su origen, pero no en su versión castellana. No es un eufemismo. Es una estrategia.

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Supongamos que fue en la mañana del 28 de febrero de 1845 (desconozco a qué hora se produjo el hecho que les voy a narrar). Ese día en el cementerio municipal de la ciudad de Santo Domingo, que hoy conocemos como el cementerio de la avenida Independencia, un pelotón se formó para fusilar a cuatro personas, tres hombres y una mujer. Fueron condenados a muerte, acusados de traición por conspirar en contra el entonces presidente de la República, el general Pedro Santana.

Bajo el fuego de ese pelotón cayeron María Trinidad Sánchez, quien un año antes estuvo entre el grupo que declaró la independencia de República Dominicana frente a Haití y se dice ayudó a confeccionar la primera bandera dominicana junto a otras mujeres. Era tía de Francisco del Rosario Sánchez, quien leyó la proclama de la independencia el 27 de febrero del año anterior y en ese momento estaba en el exilio en Curazao. Con ella, su sobrino y hermano de Francisco del Rosario Sánchez, Andrés; José del Carmen Figuereo, ciudadano venezolano que participó en el proceso independentista, y el alférez de Artillería, Nicolás de Bari.

Los restos de Santana, quien fue uno de los generales en las guerras que se desarrollaron durante la separación de Haití y considerado un estratega militar de ese proceso, y los de María Trinidad descansan hoy en el mismo lugar, en el Panteón Nacional.

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Samaná. Sea por su posición geográfica, por su alargada forma que da acceso a un espacio privilegiado de rutas marítimas o a otro atributo, por varias décadas después de la independencia de 1844, fue ofrecida como moneda de cambio para obtener préstamos.

La primera vez fue meses antes de la muerte de María Trinidad frente a un pelotón de fusilamiento, la primera mujer asesinada por asuntos de política en la naciente República. El bando afrancesado, liderado por Tomás Bobadilla, quien presidió la Junta Central Gubernativa (el primer estamento de gobierno dominicano) se la ofrecía con cesión o arrendamiento a cambio de un protectorado para mantener a los haitianos a raya. El asunto no prosperó.

La segunda vez en que Samaná estuvo en oferta fue en 1869, luego de la segunda independencia dominicana (Restauración le dicen), que se libró entre 1863 y 1865, cuando una lucha militar interna sacó a los españoles a quienes se le había cedido como colonia nuevamente la parte este de la isla. El entonces presidente Buenaventura Báez necesitaba dinero y puso a Samaná de garantía. El empréstito resultó en una estafa. El británico Edward H. Hartmont debía desembolsar un monto de 420,000 libras esterlinas, pero terminó entregando sólo 38,000. Aún así, emitió bonos por más de la cifra original estipulada. Ganó dinero, no entregó el monto pactado y aumentó la deuda ya alta del país.

Antes o durante este mal negocio, Samaná también figuró como parte de una negociación directa hecha por Báez con el presidente norteamericano Ulises Grant, en ese mismo año. No sólo se ofrecía la codiciada Samaná, sino que el país estaba totalmente en oferta para su anexión (ambas ofertas por separado: Samaná era una venta o arrendamiento a perpetuidad), algo parecido a lo que hizo Pedro Santana en 1861, con la diferencia que el general negoció con una monarquía, cuyo trámite no incluía la opinión de otra autoridad; pero en el caso de Báez con Grant intervino el Congreso de Estados Unidos. El senador Charles Summer lideró la voz en contra de este tratado y ganó el pulso dentro del Congreso en 1870 (por eso el nombre de la avenida en el Distrito Nacional).

Dos años después, en 1872, Samaná estaba otra vez en oferta. Otra vez Báez. Arrendó la bahía y península de Samaná por 99 años a la empresa estadounidense Samaná Bay Company. Esta vez, Samaná no se convirtió en una especie de territorio ajeno gracias a la renuncia de Báez en 1874, presionado ante una rebelión en su contra. El contrato fue rescindido.

Báez volvió al poder en 1876. Fue derrocado dos años después y se fue con un botín, primero a Curazao, y luego a Puerto Rico.

Samaná respiró en paz, al menos como “artículo” de venta o arrendamiento. Podría comentarles del contrato aquel que permitió que unas 27 mil toneladas de cenizas de carbón (rockash), un residuo generado por plantas que producen energía eléctrica con este mineral y traído desde Puerto Rico a partir de octubre de 2003, fueran descargadas y mantenidas en el puerto Juan Pablo Duarte de Arroyo Barril, a la intemperie, por cuatro años.

Lo dejo para otro día.

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De la anexión de 1861 a España he dado ya algunas pinceladas. Santana, como otros, no tenía confianza en que la entonces joven República Dominicana pudiera permanecer sin apoyo externo (una fe que quizás nunca tuvo). A él lo nombraron gobernador y capitán general de la recuperada colonia, con el pomposo título de I marqués de las Carreras. La sublevación llegó en 1863, liderada por Gregorio Luperón. Dos años después, República Dominicana fue nuevamente independizada. Santana había muerto el año anterior, en junio de 1864. Se dice que en su agonía expresaba admiración por la reina española, Isabel II.

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Volvemos a los préstamos. El malogrado empréstito Hartmont tuvo consecuencias. Aunque anulado en 1870, los bonos vendidos a fueron comprados en el mercado europeo. Negocios son negocios. Así que, al final, y sin la vocación de vendedor de terrenos de Báez, había que sacar ganancias. Estados Unidos y su política de “América para los americanos” puso barrera a Europa y su impulso de cobro compulsivo.

Tomó el control de las aduanas dominicanas, bajo convenio en 1907, para administrar y pagar esas deudas. El gobierno dominicano quedó así bajo una especie de tutela económica. Hubo resistencia a la situación, por lo que llegaron los militares en 1916. La intervención evitada de Europa en República Dominicana fue asumida por Estados Unidos. Ya no había un presidente, sino un gobierno militar de otra nación. Eso, hasta 1924. Hubo elecciones, un nuevo presidente, Horacio Vásquez. Dos periodos consecutivos. Luego, 1930 y Rafael Leonidas Trujillo.

Pero el control aduanero no terminó en 1924, sino 17 años después, en 1941.

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Trujillo. No entraré en detalles de la dictadura, pero fue bajo su régimen que se negoció para finalizar ese control aduanero. El tratado, firmado con el Secretario de Estado de EE. UU., Cordell Hull, devolvió ese control a manos dominicanas, aunque aún quedaban cuentas por pagar. No había tutela financiera, pero sí tutela dictatorial financiera.

Resulta que el Estado y sus recursos eran propiedad de Trujillo. El monopolio dictatorial incluía el control mayoritario de la producción de azúcar (Central Azucarera de Haina), el total del tabaco (Compañía Anónima Tabacalera) y del cemento (Fábrica Dominicana de Cemento); y el de la producción y venta de zapatos (Fábrica Dominicana de Calzado y Afines), y de los sacos en que se empacaba el azúcar y otros productos (fábrica de sacos y cordelería). También el total monopolio de la producción de leche y sus derivados (Industrias Lácteas Dominicanas); el control sobre el procesamiento y la distribución de carne (mataderos y frigoríficos); la molienda y distribución del arroz (que eran almacenados en los sacos que producía su fábrica de sacos).

En lo financiero y comercial, Trujillo controlaba la importación y distribución de variados productos; el mercado de seguros (Seguros San Rafael); el transporte marítimo y las rutas comerciales (Compañía de Navegación Nacional); y el monopolio de la importación y distribución de medicinas. También el Banco de Reservas y el Banco Agrícola se manejaban como empresas personales de Trujillo.

Había más, pues era casi todo. Y no, no eran empresas estatales, eran empresas bajo el control de Trujillo y su familia, con ganancias para ellos, sin ningún control, sin ningún contrapeso.

Después de Trujillo, todo fue convulso. Su familia sacó todo lo que pudo. Dicen que su viuda, María Martínez, olvidó claves de cuentas, y ese dinero, del Estado pero de los Trujillo, se perdió para siempre en algún banco suizo.

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La intervención militar norteamericana de 1965, luego del derrocamiento del presidente Juan Bosch, en septiembre de 1963, ha sido bastante documentada. No sé si sobra escribir algo de su contexto, fuera de esa gesta anclada en la ciudad de Santo Domingo que intentó el retorno de un presidente, o al menos un camino más diáfano.

A diferencia de la de 1916, esta fue una intervención corta. En 1966, Joaquín Balaguer, quien leyó el panegírico de Trujillo en 1961, se convertía en presidente de la República.

Pero antes de Balaguer, lo financiero otra vez, parecido pero no igual a 1916.

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Para diciembre de 1961, República Dominicana firmó su primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En ese momento gobernaba un Consejo de Estado. El caos final de la dictadura había dejado al país en crisis. El FMI se hizo cargo de la política fiscal y monetaria. Se hizo una reforma. Este acuerdo se extendió hasta 1963.

El segundo acuerdo con el FMI fue en 1983. Gobierno de Salvador Jorge Blanco. La crisis económica era grave. La eliminación de subsidios exigida generó un rechazo general en la población, por la eventual subida de precios. Protestas al año siguiente, cuando se hicieron efectivas las medidas. Fuerzas policiales y militares en las calles. Sobre las muertes, lo oficial dice que fueron menos de 40, otros que superaron los 200. Este acuerdo fue suspendido y no completado.

El tercero, 1991. Reforma fiscal y el inicio de la reforma del sector eléctrico dirigida por el FMI. A diferencia de 1983, este acuerdo finalizó con metas alcanzadas en 1993.

Cuarto. 2003. Crisis financiera por la quiebra de varios bancos comerciales (fraudes bancarios). El FMI prácticamente asumió un papel de supervisión directa del sistema bancario. Este acuerdo fue continuado en el gobierno siguiente, que firmó otro acuerdo en 2005, que era una especie de ajuste del de 2003. Y sí, todas esas reformas encabezadas por Leonel Fernández en su segundo mandato partieron de este acuerdo, que finalizó en 2008.

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En 2003, mientras se gestaba lo económico del FMI por cuarta vez, se declaró la guerra contra Irak en Estados Unidos. El entonces presidente dominicano, Hipólito Mejía, daba apoyo para buscar apoyo, apoyo económico en medio de la crisis bancaria, reestructuración de deuda, DR-Cafta… 300 soldados dominicanos fueron enviados a Irak, aquella guerra que se inició bajo la excusa “de armas de destrucción masiva” que no existían.

El canciller Hugo Tolentino Dipp no estaba de acuerdo con la participación dominicana en esa guerra, una decidida de manera unilateral, dijo. Renunció.

En una entrevista en 2014, Tolentino explicó que “la Cancillería dominicana, queriendo ser respetuosa no solamente de la paz del universo sino de las normas que pautan la solución de los conflictos internacionales, mantenía la tesis de que la salida a aquella crisis tenía que ser mediante una decisión multilateral que partiera de las Naciones Unidas”. Apuntó que los Estados Unidos estaban enfrentados en ese organismo “porque promovían su derecho a la intervención unilateral contra el terrorismo, tesis que se multiplicó en muy varias argumentaciones hasta llegar a la justificación de la tortura”.

“Siendo yo simplemente un intermediario ejecutor de la política exterior, cuyo orientador debe ser el Presidente de la República, no tenía más recurso que presentar mi renuncia irrevocable”.

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Finalizo.

Tecleo estas últimas palabras a las dos de la mañana. Recuerdo que la última vez que estuve en Samaná, he ido tres veces, era un día nublado, así que el mar no era el escape azul que suelo buscar, una imagen contradictoria para mí. Quizás eso sea ahora el mar que nos rodea, un contradictorio espacio, como el que ocupa la tumba de Pedro Santana cercana a la de María Trinidad Sánchez, a quien ordenó fusilar.

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