artes visuales

Una diferencia sublime

«Hasta que uno no se define y asume el reto de escoger un campo específico al que entregarse, pertenecerá siempre a la gran masa que se apunta siempre a la primera oportunidad bien pagada».*

Uta Hagen

Una de las peculiaridades del arte, es la característica personal del mismo, la individualidad que contiene la expresión artística. La posibilidad de que puedas crear una obra a tu manera, con tu visión, con toda tu subjetividad es de gran importancia (para quien lo sepa apreciar), porque ofrece un elemento de distinción, una textura propia y diferente que ayuda a diversificar el conjunto. Más allá del contexto en el que toque vivir (época, cultura, lugar...), que será determinante en la forma de transmitirlo, la expresión personal resulta inequívocamente indispensable para otorgar una serie de detalles y características que la definan como pieza única.

Este hecho es más propio de los últimos siglos y sobre todo de la contemporaneidad: la búsqueda con énfasis de un estilo propio que se diferencie del resto. Pero aunque sea una característica más reciente, también se ha dado en otros contextos más tempranos en los que, aunque había unas temáticas y unas reglas que seguir y la autoría tenía una importancia distinta, los artistas podían otorgar –algunos con más libertad que otros– su propia visión. Así pues, podemos encontrarnos, por ejemplo, un enigmático El Bosco, que escapa inexorablemente a toda la estructuración de su época y al encasillamiento en los primitivos flamencos.

Contradiciendo lo que acabo de afirmar en el párrafo anterior, la contemporaneidad también se caracteriza justamente por lo contrario: hacer una y otra y otra vez lo mismo. Una evidencia de eso son los refritos que aparecen con frecuencia en las plataformas de cine que, ávidas de ofrecer contenido nuevo a sus clientes, producen una y otra vez versiones estereotipadas de un producto audiovisual. En la literatura, como en otras artes, también ocurre: de pronto, algo ha funcionado y se apegan a eso que funciona para reproducirlo sistemáticamente hasta saturar el mercado.

Estar dentro del mercado tiene ciertas consecuencias, como el riesgo a quedarse fuera. Esta situación obliga muchas veces a trabajar en favor de este, con lo cual, el arte que se produce, más que ser una obra personal, es un producto de las necesidades y los requisitos del momento que ha tocado vivir. Es un problema que quienes quedan fuera del mercado no tienen, porque ya lo están. Ofrece la ventaja de poder tomarse tiempo, experimentar, investigar, trabajar sobre algo, de no limitarse a crear lo que se le pide o hacerlo más allá de las modas (aunque se vea obligado a disponer de otra fuente de ingresos o directamente a la indigencia).

Pero al final, entre una y otra alternativa, hay un abismo. Cuando se lleva a cabo la creación de una obra, darle un valor único a la misma es parte del proceso artístico. Lleva implícita no solo el estilo o la idea, sino parte del artista (después de todo, le ha dedicado su tiempo), por lo que posee una naturaleza única. Y de algún modo, cobra vida, se aleja del artista e inicia su propia andadura en este mundo material.

*Uta Hagen, Un reto para el actor. 2021. Alba Editorial. Pág. 65-66.

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Rubén J. Triguero

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