Listin Diario Logo
01 de octubre 2022, actualizado a las 05:33 p. m.
Login | Registrate
Suscribete al Listin Diario - News Letter
Ventana sábado, 06 de agosto de 2022

Jack London, Once cuentos de Klondike

  • Jack London, Once cuentos de Klondike
Darío Jaramillo Agudelo
Tomado delblog “Gozar Leyendo”
Bogotá, Colombia

Jack London (San Francisco, 1876-Glen Ellen, 1916)
nació llamándose John Griffith Chaney. Su padre
carnal, dedicado a la astrología y al espiritismo,
abandonó a su madre cuando se enteró de que estaba
embarazada, “dejando que la mujer, sin prácticamente
recursos y con muy mala salud, lidiara sola con el hijo
de ambos”. Al poco tiempo, ella se casó con John
London, quien le dio su apellido al hijo que ya tenía.
Cuando Jack London murió “tenía 40 años y había
escrito 21 novelas, 20 libros de cuentos, 4 volúmenes
autobiográficos, 22 libros de ensayos, 4 piezas
teatrales y un importante número de libros de
poesía”. Once cuentos de Klondike no es uno de esos
libros sino una antología regida por el criterio de que
la acción de los cuentos se desarrolle en la región de
Klondike, al norte del Canadá y muy cerca del círculo
polar ártico.

Sí, vivió apenas cuarenta años, pero además del tiempo para escribir sus libros, London fue “ladrón de ostras en la bahía de San Francisco, cazador de focas en Siberia, vagabundo en los trenes de su país, buscador de oro en el lejano norte, corresponsal de guerra en la guerra ruso-japonesa y durante la revolución mexicana, marino aventurero en Oceanía y socialista de la primera hora, este autodidacta, admirador de Kipling y de Stevenson, llegó a ser el escritor mejor pagado de su tiempo y a ganarse la admiración de muchos de sus pares, incluidos Joseph Conrad, Ernest Hemingway, Georges Simenon y Jorge Luis Borges, entre muchos otros”. Así lo cuenta Jorge Fondebrider, prologuista, antologista y traductor de este libro.

Lo que parece obvio al leerlo, es que a London le sobraba talento natural. Y ese talento, que tanto lo favorece, le daba la suficiente confianza para enviar los textos a los editores y a las revistas sin dejarlos reposar y sin hacerles una relectura para corregir. Además, “London, una auténtica celebridad y uno de los escritores mejor pagados de los Estados Unidos, tenía un estilo de vida sumamente caro, que le exigía producir continuamente cuentos y novelas para pagar las cuentas. Tal parece ser que, llegado un punto, empezó a sentirse agotado y falto de imaginación por lo que, no bastándole el material que podría procurarse en la propia vida o en la prensa, comenzó a comprar argumentos para sus ficciones”. Fondebrider cuenta que se sabe, al menos, que le compró a Sinclair Lewis “veintisiete argumentos de un total de cincuenta y cinco propuestos” por ciento treinta y siete dólares.

Lo que hizo Jorge Fondebrider en Once cuentos de Klondike fue un repaso de sus publicaciones y escogió estos once cuentos que se desarrollan en Klondike. Ya conocemos la curia de Fondebrider como traductor. Para muestra su excelente versión de Madame Bovary de Flaubert, con notas que aclaran y explican ampliando la comprensión de la lectura. Y ese mismo procedimiento se vuelve aún más pertinente para Klondike, en el Yukón canadiense, a pocos kilómetros del círculo polar ártico, una región de frío perpetuo, aislada y llena de accidentes geográficos, de la que uno no sabe nada.

Después de varias fiebres del oro provocadas por el descubrimiento de yacimientos en diferentes partes del norte de Norteamérica, y más con el antecedente de que la colonización del oeste de Estados Unidos fue jalonada por las ansias de oro, en 1896 un minero californiano que había fracasado en sus búsquedas durante cinco años, halló por fin una fuente de oro tan rica en los alrededores del río Klondike, que se desató una enloquecida fiebre en esa región “que llevó a más de cien mil personas, con y sin experiencia en la búsqueda de oro, a probar suerte en uno de los territorios más inhóspitos de Norteamérica”.

Enterado de lo que sucedía, un Jack London de veintidós años partió para Klondike en septiembre de 1897. Allí estuvo tan solo un año, hasta agosto del año siguiente, cuando regresó a San Francisco. Un año que le cambió la vida. Dice Fondebrider: “para que se tenga una idea de la importancia de ese viaje, hay que considerar que las experiencias de ese único viaje le permitieron a London, entre 1900 y 1912, escribir un enorme número de textos, que incluyen artículos periodísticos, novelas y cuentos”.

Aparte del denominador común de que todos ocurren en las cercanías del Klondike, en el Yukón canadiense, los once cuentos son excelentes. Para empezar, y no es mi favorito, pero le reconozco la fuerza narrativa, está “La liga de los ancianos”, que London creía que “es el mejor cuento que escribí”. Un viejo nativo, Imber, aparece voluntariamente en el pueblo de los blancos y le cuenta al juez los ‘crímenes’ que ha cometido. Para alguien que cree en la superioridad de los blancos, como London, es toda una proeza meterse entre el pellejo del nativo. Pero lo logra. Dice Imber: “los blancos son como el aliento de la muerte; todo lo suyo conduce a la muerte, sus fosas nasales están llenas de muerte; y, sin embargo, no se mueren. Suyos son el whiskey y el tabaco, y los perros de pelo corto; suyas son las muchas enfermedades, la viruela y el sarampión, la tos y la boca que sangra; suyas son la piel blanca y la blandura ante la helada y la tormenta; y suyas son las pistolas que disparan seis veces muy rápida e inútilmente”.

La vida en el Yukón es muy difícil. El principal enemigo es el clima. Viajar de un lugar es siempre una proeza, un desafío. Muchos de los cuentos de esta antología son relatos de viajes. Y en todos los casos el riesgo puede ser la vida misma. Para moverse, el compañero necesario es el perro de tiro. De ahí nacen unas intricadas y perfectamente verosímiles relaciones entre hombres y perros. Bueno, y entre hombres y hombres; y entre perros y hombre. No estoy jugando. Creo que el mejor entre este conjunto de muy buenos cuentos, es “Batard”, que comienza así: “Batard era un demonio. Esto se sabía en todas las tierras del norte. ‘Engendro del Infierno’ lo llamaban muchos, pero Black Leclere, su amo, le eligió el infamante nombre de Batard. Ahora bien, Black Leclere también era un demonio, y los dos hacían buena pareja. Hay un dicho que dice que cuando dos demonios se juntan, el resultado es el infierno”.

“Batard” es el perfecto relato del odio perfecto, sin fisuras, ni piedad, ni justificaciones, ni disimulos.

No les cuento más. El desenlace es brutal. Y queda grabado en la memoria. El mejor cuento de odio jamás escrito. Y acompañado de otras diez magníficas historias.