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Ventana sábado, 30 de abril de 2022

La gran poesía erótica cubana

  • La gran poesía erótica cubana
Carilda Oliver Labra
Matanzas, Cuba

Carilda Oliver Labra (1922-2018) se reconoce como la máxima expresión de la poesía erótica cubana. Recibió el Premio Nacional de Literatura. Siempre vivió en la ciudad cubana de Matanzas. Desarrolló una extensa obra literaria. Sus cantos más recordados refieren el tema del amor carnal y la mujer

Carilda

Traigo el cabello rubio; de noche se me riza.

Beso la sed del agua, pinto el temblor del loto.

Guardo una cinta inútil y un abanico roto.

Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza.

Cualquier música sube de pronto a mi garganta.

Soy casi una burguesa con un poco de suerte:

mirando para arriba el sol se me convierte

en una luz redonda y celestial que canta…

Uso la frente recta, color de leche pura,

y una esperanza grande, y un lápiz que me dura;

y tengo un novio triste, lejano como el mar.

En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos,

y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos;

y sin embargo, a veces… ¡qué ganas de llorar!

 

Con desdén y oro

Voy a verle

en cualquier sitio,

él pedirá un ron para mezclarlo con mis pupilas;

yo, el crepúsculo.

y me traerán una lágrima.

Voy a verle:

a las seis de la tarde,

cuando los combatientes repasan sus fusiles

y los adúlteros se acuestan con mariposas;

a las seis de la tarde,

sin luna,

cuando por los cines naufragan las divorciadas

y los obreros comienzan a bañarse.

A las seis,

con temblor y relente,

con bochorno,

ciega como leche y sed,

voy a verle.

Azogue en su mano,

una extraña,

qué poco de suerte,

subterráneo para reírme a carcajadas.

Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza

voy a verle.

Tendré cuidado

no sea, que, al abrirme, estalle el sollozo

Y comprenda que delinco.

Seré cauta,

debo mentir: «adiós, alguien espera».

y al levantarme con desdén y oro

crecerán los pulmones donde le respiro

y para que no muera del todo

lo atraparé en mi verso.

Voy a verle

-he dicho en la hermosura-

mientras recupero el ala que no sirve

y llueven los nísperos,

divagan las márgenes rumorosas:

voy a verle

y nos desbaratábamos a besos

y el libro se quedaba a medias

y luego quién creía en los relojes

si aquí se olvidó su boca del binomio de Newton.

 

Guárdame el tiempo

Vuelves a renovarme el don perpetuo.

Otra vez eres ése

que me enseñó las señales del alba,

el que salvó una hormiga en el borde del vaso.

Vuelves para pedirme que reúna

la corte de los gatos,

que te ampare de aquel golpe en la nuca,

que te dé mi tristeza como un sorbo,

que te recorte alguna uña,

que me moje de ti,

que te alcance el café,

que no oscurezca,

que me case contigo esta noche otra vez.

Se nos quedaron muchas cosas sin hablar,

Necesitamos una cita,

porque

¿a quién le doy tantas caricias

que sobraron,

aquellas que olvidé ponerte sobre el pecho?

¿A quién le cuento

que he planchado, creyendo que era tela,

tu perfil de muchacho?

¿A quién convido ahora con mis piernas

y le enseño el jazmín que nació anoche,

y le pongo una abeja a que lo pique,

y le saludo la inocencia?

¿A quién le miento y juro,

a quién le tiro un pan contra la oreja,

a quién le digo que lo odio,

y luego, que lo amo?

¿A quién le digo hijo,

y me lo paso por dentro como un trapo?

Sé bien que estás metido en nuestros átomos,

que te mueves en ese aire que espantó estas páginas

que observas desde los retratos,

que te has caído hoy contra mi pecho

y para que seamos uno solo

hasta este propio corazón

me lo has parado;

sé que estoy muerta

soñando que te busco por el cuarto.

Guárdame el tiempo.

Guárdamelo.

Estoy segura de que puedes.

Así no ha de caer la luna

ni tendrás que morirte en la mañana

y el jueves será eterno

y te besaré siempre como el veinticuatro

de septiembre

de mil novecientos ochenta y uno.

Guárdame el tiempo,

guárdamelo.

¡Qué no pase ni un minuto,

que nada ciego nazca,

que no se invente un aparato de tortura

ni estalle otra contienda contra el hombre;

que no cacen más pájaros,

que no se malogre la pureza,

que vuelvas

a ser

y aquel esplendor tuyo se mezcle, poderoso,

a mis harapos!

Guárdame el tiempo,

guárdamelo.

Te lo pido con rabia,

con ternura,

con todo lo que no es palabra.

Para que siempre seamos lo estupendo:

hombre y mujer

girando,

nueva especie del mundo;

ya casi un milagro.

Pues me han salido en la cara tus ojos

y a ti en el rostro mi boca,

y no sé cuando te miro si eres tú quien me mira

ni cuando tú me besas

si soy yo quien te ha besado.

 

Cuento

Yo era débil,

rubia, poetisa, bien casada.

Tenía deudas

y una salud de panetela blanca.

Hicimos una casa pobremente,

muchas ventanas:

para enseñar nuestros besos a las nubes,

para que el sol entrara.

La casa era tan bella

que tú nunca dormías.

Ya no eras abogado ni poliomielítico

ni nada.

Nunca dije:

¿cuándo vas a poner esa demanda?

porque yo tampoco

cocinaba.

Fueron días

como no quedan otros en las ramas.

Yo me empeñaba en sembrar algo en el patio:

tus gatos lo orinaban,

pero era tan feliz que no podía

decir malas palabras.

Ay, una tarde…

( Septiembre tomó parte en la desgracia ),

Ay, una tarde

( Dios estaría sacando crucigramas );

ay, una tarde

pusiste tantas piedras en mi saya

que desde entonces

ando inventándome la cara.

El cuchillo

tenía la forma de tu alma;

yo quería ser otra, hablar de las estrellas…

( sobraron noche y cama ).

Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho:

tus gatos lo orinaban,

y era tan infeliz que no podía

decir buenas palabras.

Tarde en otoño.

Miré las sábanas amargas,

el jarro de la leche,

las cortinas,

y el crepúsculo me convirtió en su mancha.

( Yo era un clavel podrido de repente,

un canario botado ).

Con empujones que lo gris me daba,

entre temblores,

volví a la falda

de mi madre.

Pasaron tantas cosas

mientras yo me bebía la soledad a cucharadas…

Un viernes

-un viernes en que tu olvido me enterraba-

llegué a la esquina

deja casa.

Estaba allí como una tumba diferente,

se veía otra luz por las ventanas.

Tuve miedo de odiar…

(Ya era hasta mala).

Pasaron tantas cosas;

el tiempo fue cosiendo mi mirada.

Ahora no pueden asustarme con los truenos

porque la luz me alza.

Ahora no pueden confundirme con un libro.

Soy la palabra recobrada.

¡Ríanse,

agujas que en mi carne se desmandan;

ríanse,

arañas que me tejen la mortaja;

ríanse,

que a mí, también, carajo, me da gracia!

 

Adiós

Adiós, locura de mis treinta años,

besado en julio bajo la luna llena

al tiempo de la herida y la azucena.

Adiós, mi venda de taparme daños.

Adiós, mi excusa, mi desorden bello,

mi alarma tierna, mi ignorante fruta:

estrella transitoria que se enluta,

esperanza de todo por mi cuello.

Adiós, muchacho de la cita corta;

adiós, pequeña ayuda de mi aorta,

tristísimo juguete violentado.

Adiós, verde placer, falso delito;

adiós, sin una queja, sin un grito.

Adiós, mi sueño nunca abandonado.