Ladrón

En esta crónica el autor esboza el mundo de la pérdida de la identidad

Le di mi llave y la puerta y una historia absurda y me senté en el portal a ver cómo maltrataba mis espacios. Parecía invencible y no dejaba de buscar un elegido entre mis zapatos viejos y mis cajas de cartón.

Lo vi vaciar las ropas donde alguna vez puse mi corazón a prueba de su historia. Pude observar su destreza al romper la expresión deshabitada en la pared; en abrir los ruidos humanos como si tratará de torcer una visión.

Lo vi llenar sus bolsillos con los ecos del tiempo en forma de pequeñas orgías y temblé. La calle dejó de ser un templo ahogado de palabras. Todo lo vi detrás de mi interior. El ladrón no dejó ninguna marca. Sólo sombras rotas sin el soplo de las nubes.

Lo vi salir lleno de mar y cruzó frente a mí como si saliera arrodillado de un culto sin color. Dejó la llave delante de mis pies sin darse cuenta de la flecha clavada en sus espaldas. Se llevó también la historia de un frágil amanecer con mi tiempo dibujado.

A lo lejos parecía un muñeco casual, incapaz de detener mis manos sobre el lienzo que rompía en mil pedazos. Junto a mi rostro yacía la orden de encender las márgenes sagradas.

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