Nada se tiene que perder

Estoy parado de cabeza con las manos atadas alrededor y mis piernas cerradas, en forma de arcoíris.

La posmodernidad ha acabado conmigo, pero me resisto a caer vencido.

Salgo dando vueltas en busca de mi espléndido botín: un velero antiguo lleno de duendes que pretenden la tierra prometida. Soy un remero más, trato de hablar más de lo debido mientras otros miran caer árboles del cielo.

Dentro de mí habita un animal crucificado que sale en las noches de calma como magnífico asesino.

Ahora me corto la lengua e incendio la nostalgia: me gusta olvidarme que puedo ser amado, prefiero disparar al espacio de la duda porque tarde o temprano de allí saldrá el rostro del verdugo.

Camino de cabeza, con los ojos debajo de la piel; he perdido furia y no me avergüenza la inmensa cita: no finjo cerrar la puerta que me lleva a la página invisible donde voy a quedarme en forma de letra mal leída.

Camino de cabeza porque sólo persigo volver a partir en forma de arrecife después de cumplir mi propio sacrificio. No pertenezco a la estirpe de los sobornados.

Toco, tiento, ando y asesino las estatuas. Pero siempre con la vida ensayando un nuevo error sobre mi propio error.

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