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Ventana domingo, 14 de noviembre de 2021

La inocencia de abril

  • La inocencia de abril
Yanibel Luna
Santo Domingo, RD.

Era una niña llena de inocencia. Confundía las estaciones y para ella todas eran primavera. Observaba constantemente el cielo azul, y pintaba sus mañanas como un arco iris en sus mejores lienzos. A los viejos los ilustraba entre el verde de las montañas y llenaba de luz sus días. Ella soñaba con jugar con la luna llena; en su plena primavera.

No distinguía los meses. Para ella todos eran abril, donde se vive radiante como la amapola carmesí. Pero era marzo, aunque ella era Abril: no habían lluvias pues vivía en primavera, donde sus manitas acariciaban como el viento. Lo siento, Abril era una niña tierna.

Su canto era dulce, suave la melodía, estupenda la felicidad que su rostro transmitía.

Era su inocencia; inocencia que encantaba, inocencia que no descansaba, que florecía día a día, con una sonrisa sin teatro, con una mirada sin llanto.

Era noble,

Era niña.

Era noble,

Tal vez sublime.

Cantaba, gritaba y a fin de cuentas era la inocencia de esa niña que en el campo se reflejaba.

Inspiraba el alma con una mirada; con su ternura era la niña amada.

Un día se fue la primavera, no cantaron las aves, se secaron los arroyos y la amapola perdió su brillo y su encanto. El cielo ya no era azul, no había más  colores que el blanco y el negro del piano que en las madrugadas le permitía sacar la amargura de su alma. Miraba a la noche antes de dormir, ya no había esperanza, su piel se desgastaba, no habían estrellas que guiaran sus horizontes. La luna estaba nueva y apagada.

Una de esas noches, alguien se llevó su inocencia, se robó la tierna mirada, sembrando miedos en su alma, y una profunda tristeza.

Era otoño… se había acabado la primavera. Era otoño, se fue un verano triste… volvió otro otoño, donde quedó enterrada la pureza.

Llego el inverno, y los sueños de Abril murieron. Y no quedó nada más que un cuerpo solitario, un manojo de recuerdos, una inocencia acabada y una amapola entristecida. No que-da más na-da  que una A-bril des-tro-za-da.