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Ventana domingo, 05 de septiembre de 2021

Su vida al cielo

  • Su vida al cielo
Luis Beiro
Santo Domingo, RD

¿Qué buscan sobre burros y mulas que rompen las quemaduras de la insatisfacción? ¿Tal vez la mano de Dios, la voladura de sus propias conciencias ó el rumbo irreversible a la altitud con el rostro contraído y la mente superpuesta en el sitio de las desapariciones? ¿Querrán advertirnos que la aventura es la magia del temblor, el sobresalto irrepetible, y que dentro de ella escapan el pez y la palabra lanzada a quemarropa?

Entre cantos y reajustes emotivos suben estos seres sin saber que a su paso dejan la tensión de la imposibilidad. Mientras suben, no se dan cuenta que perdieron la hora de afeitarse, la manía de juntar sus dedos alrededor de un bolígrafo gastado que, entre otras virtudes, les prepara el genuino resentimiento contra el tedio. Las manecillas del reloj alcanzan velocidades invisibles como si no quisieran advertir que unos cuantos no se detienen a pensar.

Sé que después del amanecer vendrá la jornada inadvertida, donde dejaran sus cabezas al filo del desastre. Dormidos, cansados, con algún que otro insecto rasgándoles el alma, y sus propios ladridos cercenando el canto de las aves, ellos llegan al cielo. Sus vidas permanecen ajenas al proceso de subir. Delante es atrás, donde el futuro será, a partir de mañana, un manojo de fotos arrugadas, tiradas dentro de una mochila a la que no se acercará ni su propio dueño. En esa dirección van sus cuerpos como paisajes naturales de un mundo antagónico que no deja de entender la necesaria predilección por lo desconocido.

Todos los años el mismo ritual ocupa espacios estelares y cientos de altruistas van en busca de una verdad que no les pertenece. Llegan al cielo por el simple acto de llegar, de tocar la inmensidad con sus propias señales. Sólo un breve instante, el mismo de la eternidad que nos persigue. Después se comprueba que la carga es demasiada, los escalofríos son insoportables y los cantos tienen el deber de apagarse para que otros los entonen.

Pero suben y bajan sobre mulas y burros todos los años en busca de la mano de Dios. Como si supieran que cualquier día no volverán a ser como antes, cuando encuentren al pie de la montaña la dudosa imagen del olvido.