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Ventana domingo, 05 de septiembre de 2021

Del sílex a la niebla

  • Del sílex a la niebla
José Mármol
Santo Domingo, RD

La poesía, en consonancia con su tiempo presente, el de la posmodernidad o hipermodernidad, ha ido abandonando los temas asociados a los grandes relatos, lo épico, la epopeya, lo trascendental, para ocuparse de expresar los sentimientos, pensamientos y vivencias o experiencias individuales, en una perspectiva que se vuelve intimista. Así se produjo la ruptura del romanticismo frente al clasicismo. Sin embargo, su reto simbólico por excelencia sigue siendo el de lograr una comunión, un puente emocional o experiencial entre lo individual y lo colectivo, con todo y que, paradójicamente, siga siendo la poesía el arte predilecto de lo que Juan Ramón Jiménez llamó la inmensa minoría.

Ha habido intimismo poético en otros momentos de la historia y la cultura, desde Safo de Lesbos, la mística o el ascetismo, la poesía bucólica, el romanticismo, el modernismo, el creacionismo o el imaginismo. Lo que ocurre es que hoy día el desgarramiento espiritual, el descontento, la incertidumbre, el fracaso e incumplimiento de grandes promesas sociales de la modernidad, la fractura de la privacidad, la dilución de vínculos humanos esenciales y la soledad que la autonomía y personalización tecnológicas y el apogeo del medio digital, como fundamento del pensar y el existir de los sujetos, han colocado el lenguaje poético en la tesitura de vehículo para el testimonio íntimo en el ámbito de una sociedad confesional, que se expone, que se desnuda ante sí misma.

En su libro de ensayos sobre arte y literatura titulado In/Mediaciones (Seix Barral, Barcelona, 1979), y particularmente, en su artículo nombrado “Sólido/Insólito”, el Premio Cervantes 1981 y Premio Nobel 1990 Octavio Paz niega que la obra poética tenga realidad, porque cuando se escribe hay un fascinante más allá, que, como en el poema de Lezama Lima (“¡Ah que tú escapes!”, del libro Enemigo rumor, de 1941), se evade cada vez que uno cree atraparlo, se deshace cuando se cree tener su definición mejor. Por ello, lo escrito es la huella, el borrador de lo que nunca se llegó a decir, y de ahí su irrealidad. Apenas la forma de la obra, que se edifica sobre un abismo, consigue solidez, concreción. Queda en el lenguaje el tejido de lo no dicho: borradura del silencio.

Así, la obra se desdice en lo que dice, dice otra cosa, siempre la misma cosa.  “La obra es insólita -escribe Paz- porque la coherencia que es su forma nos descubre una incoherencia: la de nosotros mismos que decimos sin decir y así nos decimos. Soy la laguna de lo que digo, el blanco de lo que escribo. La forma es una máscara que no oculta sino que revela. Pero lo que revela es una interrogación, un no decir: un par de ojos que se inclinan sobre el texto -un lector. A través de la máscara de la forma el lector descubre no al autor sino a sus ojos leyendo lo no escrito en lo escrito”. Y remata ese breve y hermoso texto aduciendo: “El poeta es el lector de sí mismo: el lector que descubre en lo que escribe, mientras lo escribe, la presencia de lo no dicho, la ausencia de decir que es todo decir. La obra es la forma, la transparencia del lenguaje sobre la que se dibuja -intocable, ilegible- una sombra: Yo también adolezco de irrealidad.” (Ibíd., pp.255-256).

Con su nuevo poemario Topacio, amatistas y cielos (2019), la novelista, ensayista y poeta Bárbara Moreno García (1964) apuesta por una singular poética del color, que como en el poema “Correspondencias” de Baudelaire, publicado en Las flores del mal (1857), suelta al aire perfumes, sones y colores que se responden o se corresponden. Aunque no sea esa la intención manifiesta de la autora, su poesía se plasma, en demasiadas ocasiones, con el tono emotivo, la evocación exuberante de las imágenes y la estructura sintáctica, aunque no la medida silábica, del haiku como modalidad poética oriental que intenta meter de un zarpazo lúdico toda la naturaleza en una imagen y unas menudas palabras.

No en vano la poeta tomó cursos de pintura con artistas alemanas de prestigio en el arte moderno como Heidi Wolf y Roswitha Bardroff-Distler. Por si fuera poco, nuestra poeta incursiona también en el canto, especialmente en la canción latinoamericana, acompañada de reconocidos músicos como el guitarrista Utz Grimminger, el flautista Roland Geiger y el también guitarrista Sergio Vesely. De manera que nuestra autora maneja con soltura tres códigos de lenguaje, como son la palabra, la plástica y la música, que de una forma u otra se articulan en su poesía. Esas dimensiones estéticas perfilan el interés por temas metafísicos y místicos que la remiten a su contacto con los planteamientos estéticos del Interiorismo, fundado en los años 90 por el ensayista y académico de la lengua Bruno Rosario Candelier.

En un intercambio privado de impresiones en torno al carácter de lo poético, la autora me confesó: “La creación poética la concibo como el privilegiado espacio donde  nos movemos con entera libertad, dejando al descubierto nuestro Ser y nuestro sentir, es por ello que me permito, entonces, mover los adjetivos también de manera inhabitual, aunque no siempre correspondan, modifiquen o concuerden en lo sintáctico, entendiendo que en el ejercicio poético tiene que hacerse sentir la plenitud del creador libre. Y aunque en un primer momento no lo captemos, de eso inhabitual, que estorba, incongruente, que desafina siempre nace un nuevo sentido a aquello que asociamos a nuestro antojo inspirativo. La emoción catapulta esos mundos nuevos o distintos que acercamos con nuestro decir poético y que sólo podemos expresar poéticamente y no de otro modo, ni a través del cuento, ni de la novela, ni del ensayo.” De esta forma resume su poética, que en Topacio, amatistas y cielos se despliega con soberanía y destreza.

La poética, en ocasiones marcada de misticismo e incluso a veces hermética, de Moreno García nos coloca ante el reto de ver el nacimiento de un nuevo sentido en construcciones sintácticas al margen de la norma como, por ejemplo: “radiante inextinguible” (Llegada), “espantando primordial” (Mañana), “inaugurando al aire su indefenso” (Vínculo), “canto arrastrando fecundo” (A Mercedes Sosa II), entre otras. Se trata de giros expresivos que, a partir de la libertad creadora de la poeta, desafían la reciedumbre lógica de la gramatología, en fiel expresión de lo que ella asume, con propiedad, además del verso libre, como legado libérrimo del movimiento postumista, del cual su abuelo, Domingo Moreno Jimenes (1894-1986) fue piedra angular. Es así como encontramos versos en los que hay “adjetivos encaramados caprichosamente a los verbos” (Poetas). Cuando no, “frutos celebrando con dedos laboriosos otros cielos” (Lírica), además de “alas estremeciendo de rubores” (Al color rojo), y también una “promesa veteada de esperanza azul” (Domingo Manuel). O tal vez descubrir que son “incesantes las sílabas del agua” en un paraguas que “seguía añoso encerrado en su negro” (Paraguas).

Hay en su lenguaje un uso mágicamente atrevido de la elipse. En ocasiones la sintaxis se vuelve hirsuta, hermética, desvertebrada, bordeando el límite de una poesía que podría correr el riesgo de considerarse muy retórica, aunque no por ello menos hermosa y bien lograda. Es un arte, ciertamente, con aire barroco. Sin embargo, logra la audacia sinestésica de integrar en la línea del verso el color, el sonido y la dureza táctil de las piedras para hacer de su poesía un mundo intimista y a la vez abierto al lector-espectador, capaz de sensibilizarlo con el impacto de las vivencias de un exilio interior, que tiene como escenario el pueblo alemán de Ulm-Lehr, así como encantarlo con el recuerdo, en imágenes muy plásticas, de vínculos y ambientes familiares de la infancia. Esta poesía da un toque de color, calor y luz allí, donde el paisaje está casi todo el año sometido al imperio de la niebla.

En su edición de 2014, celebratoria de los trescientos años de la Real Academia Española (RAE), el Diccionario de la Lengua Española (DEL) define topacio como un vocablo proveniente del griego topázion y del latín tardío topazius, que significa piedra fina, amarilla, muy dura, compuesta generalmente de sílice, alúmina y flúor. Mientras que en torno al término amatista, la misma fuente remite etimológicamente al griego améthystos y al latín amethystus, dando por significado el cuarzo transparente, teñido por el óxido de magnesio, de color violeta más o menos subido, que se usa como piedra fina. Finalmente, la palabra cielo, antes que significar el espacio exterior donde se ven las nubes y donde, desde una óptica religiosa, habitan las almas, en este universo poético simboliza la sed, el ansia de conquista que con la expresión genial “hambre de espacio y sed de cielo”, el poeta Vicente Huidobro, fundador del creacionismo en 1916, establece los parámetros filosóficos y estéticos de su cosmovisión poética.

Bárbara Moreno García, quien ha publicado obras como El recorrido poético de Domingo Moreno Jimenes (2001), su tesis doctoral defendida en la Universidad París VIII y traducida al español; el poemario Mosaicos líricos (2009) y la novela Merceditas (2012) retoma, diez años después, los recursos expresivos de la poesía, para entregarnos un volumen que, si bien se remonta a una suerte de neomodernismo con aire provocador, nada extraño en tiempos como estos en los que lo antiguo y lo contemporáneo se hilvanan y fusionan, consigue en el lector el efecto de sentirse sumergido en lo ubérrimo del decir, que sin duda se desdice silencioso, desde la perspectiva de Paz, de nuestra expresión literaria más propia y universal, más vanguardista y a la vez tradicional.