El violín de la adúltera, de Andrés L. Mateo

Joel Rivera
Santo Domingo, RD
El violín de la adúltera, de Andrés L. Mateo, te atrapa desde que lees el primer párrafo: “Una bandada de ciguas entró y salió del espejo, mientras leía el primer anónimo en el que me comunicaban que mi mujer me estaba pegando los cuernos” Entonces, no puedes detenerte y el libro de doscientas páginas, lo cargas contigo cuando vas al baño o cuando te sientas al comedor. Luego, lo montas en el carro y en cada parada en los semáforos pasa la vista a algunas líneas; igual seguidilla te da en la oficina, entre papeles por firmar y ordenes por despachar te detienes por un tiempo y cuando te espanta el ring de teléfono te das cuentas de que has leído casi la mitad de tomo. Para cuando llegas a casa, al caer la tarde, has devorado el libro entero, pero sentado en el sillón de descanso vuelves a leer el  final y junto al violín de Cremona y el anónimo de letras enjirafadas te sumerges en las aguas de una gran novela.
 
He leído tres veces esta novela, porque para desentrañar una obra no basta una sola lectura. El autor nos sitúa en pleno apogeo de la dictadura: los años cincuenta del siglo pasado, y pinta la ciudad de aquellos tiempos con brochazos de palabras, su clima, sus calles llamadas por sus nombres, la muchachada en las esquinas y en las escuelas, sus actividades diurnas y nocturnas, las fiestas en la Voz Dominicana, el diario trajinar en su oficina, los colores de las estaciones, sus bullicios, sus silencios, etc.; pero más que todo, nos recrea una ciudad donde reinaba el miedo, la traición, la desconfianza, las lechuzas y los calieses. “En Ciudad Trujillo cada día tiene su luz propia, esta es una ciudad donde no ocurren grandes cosas, y en los barrios vivimos una vida pequeña…”, donde “los días están heridos de aburrimiento…” y “las horas están cortadas con la misma tijera, acomodadas al desasosiego de la monotonía…” 
 
Los personajes arrastran las mismas frustraciones de la urbe, las mismas nimiedades, la misma condición humana reducida a la abulia, porque una sociedad asolada por el miedo engendra seres anerómicos; es decir, seres sin vida, sin carácter, sin entusiasmo. El licenciado Néstor Luciano Morera, personaje principal en la obra y quien vive en silencio la infidelidad de su mujer, es un ser disminuido, menospreciado por su propia existencia: “Mi vida no tiene nada de heroica, creo que la de los demás tampoco”, escribe en el diario. Sí, porque la dictadura nos hizo creer eso, la dictadura nos enseñó a tener miedo. “En esta casa Trujillo es el jefe”, decía la placa de metal que debíamos colgar en la sala. El poder sicológico de aquella frase disminuía nuestra condición de pater familia e inconscientemente cedíamos el mando del hogar a un impostor: Trujillo era el jefe de nuestras casas, de nuestros hijos y de nuestras mujeres, decidía a qué hora acostarnos o levantarnos, qué música escuchar, nuestra forma de vestir, el lugar donde vivir, los amigos que tener y los libros que leer.
 
En la obra la trama no se cruza entre los personajes para formar un nudo que al final se desenlaza; sin embargo, cada uno de ellos es un pedazo de angustia, un retrato individual de la conciencia colectiva (el miedo) que imperaba en la época, una mirada introspectiva a los diferentes estadios existenciales del hombre. Maribel Cicilio, esposa del licenciado Morera, puta desde infancia, toma clase de violín pero nunca le ha sacado una nota al instrumento, es la excusa para salir de casa y consumar el adulterio. Elso, maricón de carroza que escoge el suicidio porque la vida le hiede, excluido por su preferencia sexual vive hacinado en una cuartería con amantes desvencijados que le quitan el dinero, practica la brujería, y el lugar donde mora es un centró de trillé y santería. El doctor Santamaría, pulcro en el vestir, decente y mampiolo, obligado a buscar “muchachitas que el general Arismendy (Petán) desvirgaba en su oficina” y cuando no lograba sonsacarlas éste le azotaba con la fusta en la oficina, ante la vista de todos. Su mujer también le golpeaba, pero un día se importuna de las humillaciones y en un arranque de rabia: “¡La he golpeado... no he resistido más y la golpee con furia, finalmente la he golpeado”, le cuenta al licenciado Morera. Desde aquella golpiza el doctor Santamaría se libera de las discriminaciones y se transforma en otro ser humano, cambia su forma refinada de vestir y se viste de chulo, transitando las calles con una sonrisa pegada en la cara. Las tetas de Ligia Monsanto hablan de una mujer provocadora pero en el fondo vacía, aunque se acuesta con el poeta Héctor J. Díaz y con otros, llena su feminidad con la mirada lujuriosa de los hombres; por eso, los escotes pronunciados en sus vestidos, para que sus tetas despierten el morbo. Cosme Medrano, mecanógrafo, callado, metódico pero “terroso y consumido”. Ciprian, el otro mecanógrafo, el reverso de Medrano, sonriente todo el tiempo, oculta su desgracia detrás de una sonrisa “porque los rostros que ríen son impenetrables” La vida bohemia del poeta Héctor J. Díaz. Las tertulias literarias que se daban en el restaurant el “Trocadero”. Mercedes mi Gusto, donde los imberbes del barrio se iniciaban en el sexo. Todo el laberinto sicológico de una muchedumbre atrapada en el miedo lo trata el autor de manera individual, pero la suma de las partes es el todo, y ese todo era la sociedad dominicana de la época. 
 
Andrés L. Mateo describe el ambiente con palabras tan precisas que nos hacen viajar en el tiempo y detenernos en la Voz Dominicana, oír las teclas de las maquinillas, las botas del general Arismendy y la fusta rozando sus pantalones de kaki, u oler el perfume de Ligia Monsanto. Las descripciones de los personajes parecen fotografías instantáneas, además de sus rasgos físicos o prosopográficos, que nos permiten palparlos con solo cerrar los ojos e imaginarlos, están los rasgos etopéyicos, mostrando sus aberraciones, sus temores, sus ruidos. Los personajes, como en todo conglomerado humano, los  hay de todas clases: 
 
Estereotipados: como el licenciado Morera, el cuernudo del pueblo, todos en la oficina saben que su mujer le es infiel y sienten lástima por él. Él vive la deshonra de esas infidelidades pero ama a su esposa y al final termina deshaciéndose de lo que él entiende son los causantes del problema: el violín, los anónimos y el diario.
Evolutivos o Dinámicos: como  el doctor Santamaría quien da un cambio  brusco en el desarrollo de la historia, y  de ser un hombre sumiso, subyugado y vestir delicado se trasforma  en un ser agresivo y de vestir estrafalario.
Caricaturescos: como Elso, el maricón de carroza, porque un marión es una caricatura de hombre, despechado por un amante vividor decide terminar con su vida. Representa el submundo de nuestra sociedad.
 
En El violín de la adúltera las palabras no son rebuscadas para crear una erudición petulante, sino escogidas para ser razonadas, cada adjetivo, sustantivo, verbo o adverbio está colocado en el lugar correcto para describir el complicado mundo de los personajes, que insisto es un reflejo de lo que era la sociedad dominicana en su conjunto. Sin embargo la sencillez del lenguaje no le quita belleza a la prosa ni profundidad temática al contenido, en algunos casos la prosa es tan pulida que parece un manjar de poesía:  
 
*La perdí brevemente en el ocre que la tarde teje con los vapores del asfalto…
*En la cresta de luz del medio día, que en el trópico hiere los párpados, fijaba mis ojos para imponer mi felicidad” 
 
Otras veces la adjetivación empleada en la narración crea imágenes chocantes, pero  expresivas:
 
*Luz perversa.
*Aire de vidrio. 
*Rumor del cansancio.
*Boquete en el aire.
 
 Las metáforas, como recurso narrativo, aparecen en las mayorías de las descripciones, muchas veces  son imples construcciones:
 
 *…planchando los pliegues de sus  propios recuerdos…
*Me acuné en el rumor del cansancio  y no supe de mí.
 
Otras veces las metáforas están encadenadas en varias oraciones pero sin caer en la complejidad semántica:
 
*Solo que aquella tardecita en que el sol lamía los bordes de las ventanas de las casas de madera, haciendo crujir la resina…
 
Otro recurso narrativo que usa el autor es la sinestesia, apreciada con significado distinto a los sentidos sensoriales, aquella significación que solo se percibe cuando se trastrueca la realidad:
 
*Llevaba un moño tan tieso que tenía una furiosa inclinación a la infamia…
*Pero en estos días estoy tatuado en los codos de la  misericordia…
 
Como la obra transita los diferentes recovecos de la existencia humana, y el principal protagonista es el miedo que habita en los adentros de los personajes, está cargada de reflexiones filosóficas: 
 
*No importa, cada día uno  aprende una forma diferente de sufrir.
*Un maricón afectuoso es lo más parecido a un equívoco.
*Es de tal  naturaleza pública la existencia, que la gente se odia a sí misma  en el otro.
 
A pesar de la belleza de su  prosa, Andrés L. Mateo, coincidiendo con Carlos  Fuentes cuando dice: “La enfermedad más perniciosa de la literatura; es el miedo de llamar las cosa por su nombre”, describe con palabras desnudas las relaciones sexuales de  Mercedes mi Gusto con los imberbes que deseaban iniciarse: “De ella se decía que solo chupaba, y que no permitía que le mamaran las tetas ni la besaran” Esta expresión es típica del “cuero” dominicano, que para no enamorarse del cliente impide que esas partes de su cuerpo sean tocadas: están reservadas para su chulo, el hombre a quien mantiene y con quien disfruta el sexo a plenitud. El autor se viste de pueblo y  extrae del burgo el lenguaje coloquial con el que nos desahogamos: “(…) Ciprian con su cara ancha de comemierda…” “El otro tenía cara de culo de vieja empolvada…”
 
Porque eso éramos y aún somos, una sociedad donde los maricones se montan, bailan atabales y practican brujería, una sociedad de chulos que viven de los cueros, de una Mercedes mi Gusto en cada en barrio, de cuarterías donde viven hacinadas decenas de familias, compartiendo la misma letrina, las mismas aguas negras, las mismas desgracias.. 
 
En El Violín de la adultera, Andrés L. Mateo, retrata la sociedad dominicana en sus diferentes extractos sociales, retrata sus congojas, sus vicisitudes. Es una novela atemporal que seguirá diciendo lo que somos tal vez por muchos años, a pesar de los puentes y los elevados, de las torres y las avenidas. Cuando escucho a muchos intelectuales preguntar: ¿Cuándo se escribirá la gran novela dominicana?, me respondo: tal vez ya se ha escrito; quizás, no nos hemos dado cuenta.