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Ventana lunes, 27 de enero de 2020

EL DEDO EN EL GATILLO

El sabueso de los Baskerville

  • El sabueso de los Baskerville
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  • El sabueso de los Baskerville
Luis Beiro

Ni la mismísima Ágatha Christie, pudo crear un personaje con las ínfulas del habitante de la calle 221B de Baker Street. Su Hércules Poirot ha llegado a nuestros días por su pronunciado abdomen, su estirado bigote y su naturaleza deductiva. Poco sabemos de su vida y milagros. No es un personaje, es un detective a secas.

Sherlock Holmes es todo lo contrario. Su creador, Sir Arthur Conan Doyle, lo describió en su célebre novela Estudio en escarlata: “Su estatura sobrepasaba los seis pies y era tan extraordinariamente enjuto, que producía la impresión de ser aún más alto. Tenía la mirada aguda y penetrante (…) y su nariz, fina y aguilucha, daba al conjunto de sus facciones un aire de viveza y resolución”. En ese mismo libro concluye la primera parte de su descripción impresionista: “Es un detective alto, delgado, frío, irónico. Ingenioso e intelectualmente inquieto que destaca por su inteligencia, su hábil uso de la observación y el razonamiento inductivo para resolver los más difíciles casos”.

En otras palabras, Conan Doyle creó un detective científico con dotes intelectuales; un hombre con gustos, amores platónicos y trampas mortales donde caía una y otra vez. Pero infalible.

Entre Hércules Poirot y Sherlock Holmes existe una línea divisoria de acuerdo a los intereses literarios de los propios personajes. Poirot  sabía sacar una carta de la manga de su chal cuando menos se esperaba. Holmes, por el contrario, todo lo definía a la luz del estudio, la reflexión y su aguda percepción.

Ambos fueron personajes ficticios pero de naturaleza distinta. Holmes tenía un asistente personal y un enemigo declarado: el profesor Moriarti, quien disfrutaba perseguirlo porque, como hombre inteligente al fin debía ser rastreado a sus espaldas para no dejarlo vivir en paz. Poirot actuaba solo.

Sir Arthur Conan Doyle, a diferencia de Ágatha Christie, solo pudo escribir cuatro novelas y decenas de relatos. La que todavía nos apasiona es El sabueso de los Baskerville, donde se conjugan la prosa sutil y el ardid investigativo.

Un mastín enorme, asesino mantiene aterrada a una comunidad. Sin embargo, Holmes lo reduce a un perrito realengo que, gracias a un polvillo fluorescente, crece y reluce como bestia criminal.

No narraré la novela, pero sí lo haré con el canino que la protagoniza. Conan Doyle le añadió una escarcha sobrenatural para probar las habilidades de su personaje detectivesco. Lo puso a prueba del desaire. Y el perrito de la historia solo pudo ser vencido por la sabiduría. Los sabuesos pueden ser humanos mordedores: infunden temor, angustia y pánico a quienes persiguen. Actúan como marionetas al mando de un pelotón de fusilamiento, como el sabueso descrito en la novela del afamado escritor inglés: un animal carente de escrúpulos. Sabe actuar con la voluntad de los buenos asesinos.