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Ventana domingo, 12 de enero de 2020

Ensayo

La enorme brevedad

  • La enorme brevedad
Javier Perucho
Tomado de

¿Cuándo aparecieron los animales en nuestra literatura? Vislumbro a la Monja Jerónima como a la escritora que primero los pastoreó en la lírica. Las literaturas orales y los códices indígenas que sobrevivieron a la devastación de las civilizaciones aborígenes dan cuenta de sus representaciones en adivinanzas, cuentos de tradición oral y en la gráfica del amate y el papel colonial.

¿Cuándo irrumpieron en las prosas cuentísticas  o novelares? En el siglo xix, Justo Sierra Méndez los domeñó para sus cuentos románticos: “La sirena” (El Renacimiento, 1869). A fines de esa centuria, Heriberto Frías se enfrentó otra vez con ese animal fantástico: La sirena blanca y el tritón negro (Maucci Hermanos, 1899).

Habrá otros ejemplos más añejos, sólo especulo para bocetar una pregunta que obliga a una indagación minuciosa por los estratos de la narrativa nacional. No ha sido un tema usual entre los medios de la crítica o la academia, aunque recientemente en México y Brasil se empiezan a formular los análisis iniciales y a excavar entre los acervos para ubicar sus símbolos, representaciones y transmutaciones. Inicialmente los escudriñó Mireya Camurati en una práctica novedosa que inició con su estudio sobre La fábula en Hispanoamérica (unam, 1978), donde buscaba los orígenes de un género, sus artífices, influencias, significaciones, inventarios, la aparición en el espacio literario de una especie, un ejemplar o de una fauna completa.

El análisis filológico de Carlos García Gual quiero asumirlo como su complemento europeo, El zorro y el cuervo. Estudios sobre las fábulas (fce, reedición de 2016), donde indaga a partir de Esopo la historia del género, estructuras, parodias e intertextualidades, más algunos ejemplos fabulísticos antiguos y modernos.

Ahora bien, los deslindes entre fábula y bestiario aún están en proceso. Una tarea necesaria de cumplir, ardua y exigente. ¿Qué diferencia a estos géneros si el epicentro de su narrativa recae en un animal y en los dos se procura una enseñanza? Ambos géneros se han procurado con fervor en la literatura mexicana, por no mentar a la hispanoamericana.

Para orientarme en el deslinde, recurro al libro de Guillermo Tovar y de Teresa, El pegaso o el mundo ba-rroco novohispano en el siglo xvii (Renacimiento, 2006) para obtener una conjetura cierta. En sus folios eruditos encuentro un primer indicio. Sor Juana Inés de la Cruz fue la primera en introducirlos en la lírica mexicana con la figura de un equino dotado de unas alas imposibles. La Décima Musa ayuntó al animal fantástico con los símbolos del mestizaje, la autonomía y la independencia de una nación emergente. Desde entonces, los animales ramonean plácidamente en el campo florido de las letras mexicanas.

El libro más afamado donde pacen es el Bestiario de Juan José Arreola (Joaquín Mortiz, 1972), desvestido de atributos independentistas, aunque recargado de insidia.

Desde la Antigüedad grecolatina las colecciones de animalias fueron tapizadas con atributos humanos con el propósito explícito de criticar con fiereza los defectos de nuestra especie, siempre despreciables. Esopo y sus fabulillas conceden el ejemplo inmediato para demostrar. La fauna doméstica o selvática sirvió al fabulista griego para moralizar sobre la raza humana. El escritor como educador cumplía, así, una función social que ya ha perdido o este ha decidido renunciar a ella, temeroso de asumirla. Los bestiarios modernos se despojaron de dicha carga de moralidad, a la vez que se desprendieron de las vanas pretensiones de predicar entre sus contemporáneos. ¿Con qué autoridad lo haría?

Las fábulas y los bestiarios contemporáneos carecen de los predicados de educar a los mortales sobre la vida social, la formación de ciudadanías, las carencias o defectos de la especie humana. Como ya no esconden un afán educativo y han dejado de pregonar una moraleja, ahora reciben el nombre de anafábulas: adolecen de intención moral y no esconden el propósito de enseñar a su prójimo.  En cada narración los animales cumplen la distinguida función de héroe del relato. Ya no son aquel espejo del hombre donde este podría contemplar sus defectos para procurar su enmienda. Deja de asumir las funciones del confesionario o el diván, espacios donde se podría explayar secretamente sobre sus inmoralidades y dilemas; renuncia a las de una tribuna libertaria donde aclamaba, en la plaza pública, las virtudes del ser humano. Ahora, a tres metros bajo tierra, el gusano se lo carcome y le taladra dulcemente el oído.

En su columna “Inventario”, José Emilio Pacheco pespuntó una “Vindicación de las cucarachas”:

El poder y el abismo. La cucaracha es el insecto sin nombre: llamamos así a unas dos mil especies distintas. Entre los ortópteros, los insectos masticadores de alas rectas, la cucaracha es el lumpen, mientras que el saltamontes es la aristocracia, el grillo la burguesía y la langosta el vigoroso proletariado campesino. Tal vez al hablar sólo de langostas la Biblia se refirió a veces a las cucarachas. En Números 13:13 está prefigurado su destino tercermundista: “Y éramos como langostas y así les parecíamos a los gigantes.” Proverbios 30:27 alude al triunfo de su bien organizada anarquía: “No tienen rey, y salen todas por cuadrillas.” Como las hormigas, los conejos y las arañas, son “de las cosas más pequeñas de la tierra y más sabias que los sabios”. Finalmente, en Apocalipsis 9:3, cuando el quinto ángel abre el pozo del abismo, “salieron y se les dio poder”. (Proceso, No. 548, 4 de mayo, 1987)

Pacheco no fue un fabulista, pero muchos animales recorren su obra, tanto lírica como narrativa; estos nunca asumen un afán moralizador o un dejo aleccionador para la especie, de esos vanos propósitos jep renunció en su poética. ¿Para qué moralizar? Sobre todo él, cuyo arco iris narrativo se tapizaba con el gris del pesimismo, la desesperanza y la nostalgia.

Para la épica revolucionaria fueron fundamentales. Los federales al anochecer, antes de asaltar la choza de Demetrio Macías, acribillan al Palomo, que le avisaba con sus ladridos la cercanía de los forasteros, el perro de compañía, salvamento y protección de la familia Macías. Los caballos de la gavilla insurgente de Los de abajo fueron usados como máquina de guerra como la del ferrocarril de los federales. Los caballos, objeto de la discordia, el despojo y el saqueo. Por atreverse a entrar cabalgando a la cantina, el atrevido insurgente es castigado con la pena de muerte.

En cambio, la fauna que aparece en la cuentística de Juan Rulfo se arropa con los colores de la muerte, asume incluso los símbolos del oprobio, la fatalidad o la persecución. En “No oyes ladrar los perros” para el padre son anuncios de esperanza y salvación del hijo enfermo, que carga a cuestas como animal de carga. En “Diles que no me maten”, reptiles y aves colaboran con la desesperanza, pues los animales rastreros acompañan al perseguido en su huida por el monte, incluso le sirven de alimento; las aves negras le vaticinan una tragedia, señales de mal agüero. La vaquita que sería herencia de la Tacha (“Es que somos muy pobres”) y su salvación de un oprobioso destino, manifestado en el ejercicio prostibular de las hermanas, un río cercano la arrastra por la crecida, dejándola en la miseria y en la maldita condición de repetir el oficio de sobrevivencia que ejercen las hermanas: “La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.” (El Llano en llamas, 1953).

De José Revueltas apenas recuerdo su cuento “El sino del escorpión” (Material de los sueños, 1974), del que entresaco este pasaje magistral:

Como no pueden otra cosa y se pasan la vida escuchando lo que ocurre en el mundo exterior, los escorpiones se dan entre sí los más diversos nombres: amor mío, maldito seas, te quiero con toda el alma, por qué llegaste tan tarde, estoy muy sola, cuándo terminará esta vida, déjame, no sabría decirte si te quiero. Palabras que oyen desde el fondo de los ladrillos, desde la podredumbre seca y violenta, entre las vigas de algún hotelucho, o desde los fríos tubos de hierro de un excusado oloroso a creolina.