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Ventana lunes, 01 de abril de 2019

Investigación

El malecón: historia sin fin

  • El malecón: historia sin fin
Luis Beiro
Santo Domingo

Tres vidas tuvo el malecón de Santo Domingo. Primero como fortaleza militar, después como área de esparcimiento y paseo y, por último, como zona de pesca.

Marcio Veloz Maggiolo me confesó que ‘‘los malecones se inician en América con la Fundación de la ciudad de Santo Domingo por Nicolás de Ovando en la parte occidental del río Ozama, en 1504’’. Marcio refiere a la palabra ‘‘malecón’’ como simbología de la vida militar de estas instalaciones. El malecón entonces, según mi fuente asegura ‘‘no era otra cosa que un farallón que mira hacia el río con la desembocadura muy cerca del mar y una iglesia que se asoma a las aguas y que tenía como principal misión su defensa contra el enemigo, y contra el propio mar’’.

El autor de ‘‘El buen ladrón y otros relatos’’ refiere que con el paso de los años y el nacimiento ‘‘de las barrialidades, el Malecón se fue transformando en un área de vida cotidiana, en zona de pesca, esparcimiento y actividades humanas de carácter lúdico’’.

Aquí, en Santo Domingo, los inicios de lo descrito por Veloz Maggiolo en la segunda referencia, y que hoy conocemos como ‘‘malecón’’ fue construido por el gobierno del general Ramón Cáceres. El ingeniero Osvaldo Báez fue el encargado de proyectar y dirigir la obra que ampliaba y definía el área utilizada por los dominicanos de entonces para pasear en volantas, coches o simplemente caminar para su esparcimiento.

Fue bautizado como Paseo Presidente Billini, y se levantó en el espacio que separa la muralla Sur y el acantilado de la orilla del mar. Su longitud entonces era solamente entre la calle 19 de Marzo y la prolongación Espaillat.

Su historia

El arquitecto y escritor Manuel Salvador Gautier asegura que aquel primer tramo del malecón coincidía con la creación del frente sobre el mar, ‘‘sobre lo que eran las baterías originales de la defensa de la ciudad, en el tramo comprendido de la Fortaleza Ozama al fuerte San Gil’’.

Sobre las características y condiciones de aquel malecón, Gautier sostiene: ‘‘A lo largo de ese tramo se construyeron unos paseos a donde iba a distraerse la sociedad dominicana como principal centro de diversión”. Con el paso del tiempo, alrededor de ese sitio aparecieron los primeros vehículos en función de paseos, como parte de una instancia que comenzaba a concebir la ciudad frente al mar.

Hasta ese momento, la ciudad transcurría de espaldas a la costa. El mar sólo significaba penetración de enemigos, y era prohibido acercársele porque la defensa estaba desplegada a todo su alrededor. Pero ya en ese momento, después de 1910, se considera que por el mar no vienen enemigos, o al menos, que ya tienen otras condiciones.

El tránsito de vehicular de la época era muy peculiar. El ingeniero José Ramón Báez López Penha, en su libro ‘‘Por qué Santo Domingo es así’’, apuntó una anécdota curiosa: ‘‘Cuando se construye el malecón los vehículos que existían para el transporte y el paseo de las personas eran el quitrín, el coche y la victoria. Ninguno de estos vehículos tenía problemas para girar en las curvas extremas del paseo, lo hacía con gran facilidad’’.

Al igual que en otras áreas del Caribe, el malecón de Santo Domingo no estaba determinado por un muro o bancos que lo separaran del mar. Su concepción arquitectónica era un área costera para el tránsito espacioso, una especie de calle o avenida mayor.

Manuel Salvador Gautier evoca la historia con exactitud: ‘‘Hasta ese momento, el frente del mar quedaba dentro de lo que era la ciudad intramuros y frente a un área llamada La Alameda, que fue ocupada poco a poco por los sectores populares, pero que con el paso del tiempo se sustituyó por sectores de clase media y clase alta, dentro del recinto intramuros. Estamos hablando de un proceso histórico desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX, que es cuando se crea ese paseo llamado Padre Billini y que tiene como peculiaridad esa balaustrada que se nota sobre la Cueva de las Golondrinas.”

En aquella época, el malecón no era una avenida. La ocupación, tanto de la orilla del río Ozama como del mar, se inició con el gobierno de Lilís cerca de 1890. Por esa fecha, se comenzó a construir la plataforma que después continuaron Horacio Vásquez, y Trujillo, quien la unió con el paseo Presidente Billini.

Aquel paseo se fue ampliando por tramos, hasta llegar, por los años 20, hasta el lugar donde se erige el Monumento a la Independencia Financiera, conocido como ‘‘Obelisco Hembra’’ y que era el límite oeste de la entonces ciudad de Santo Domingo.

Un poco antes del obelisco estaba ubicado el Gimnasio Escolar, el Play de Baseball (donde jugaban el Licey y el Escogido), y el matadero. Se decía que la persona que metiera la mano en esa zona del mar se la comían los tiburones.

El acorazado Memphis

En el año 1916, el Malecón de Santo Domingo vivió ‘‘La tragedia del Memphis’’. Corrían los días anteriores a la Intervención Militar Norteamericana y nuestras costas estaban rodeadas de acorazados de los Estados Unidos. Uno de ellos se acercó al litoral más de lo debido y se estrelló contra las rocas, en la zona aledaña al Obelisco hembra, al desembocar la calle Sánchez.

El espíritu humanitario y la solidaridad de los dominicanos hicieron posible que, en vez de dejar morir a aquellos que venían a matarlos, se lanzaran al mar a salvarles la vida. Eran, en su mayoría, marineros y pescadores. Muchos murieron en el intento debido al gigantesco oleaje, y otros logran rescatar a varios invasores. Este acto heroico motivó que las autoridades levantaran en ese mismo sitio una columna que lo consagrara para la posteridad. Como dato curioso, Gautier apunta que los restos del acorazado Memphis quedaron varados en esa zona por algunos años. Poco a poco se fueron desmantelando. En los días de la II Guerra Mundial, y ante la carencia de acero y hierro, Trujillo ordenó su desmantelamiento definitivo y venta al mejor postor.

Una premonición de aquellos acorazados frente a las costas dominicanas salió de la inspiración de escritor Furcy Pichardo. Un año antes, el 14 de febrero de 1915, publicó en la revista ‘‘La cuna de América’’ su reflexión ‘‘El malecón a lápiz’’, donde dice: ‘‘...he venido al malecón cuando apenas ha llegado gente y a mí la soledad en estos días me hace pensar en tantas cosas tristes. Un barco yankee aparece en el mar i se cuela por la ría...un malhadado cañón hace una salva monótona. Poco después, a lo largo del malecón, el ministro yankee discurre en su victoria... I este enorme ministro yankee i ese barco yankee i esa salva de los yankees i el recuerdo de no sé cuáles mandatarios yankófilos, ponen en mi ánima rebelde rojos sueños de anarquismo y dinamitas’’.

Otros referentes del malecón fueron del escritor cubano radicado en La Vega, Federico García Godoy, quien publicó también en ‘‘La cuna de América’’ un texto de meditaciones titulado ‘‘En el malecón’’ y el poeta Andrés Avelino, que en uno de sus textos de su libro “Fantaseos”, de 1921, apunta que... ‘‘de noche parece un trasatlántico el malecón’’.

Antes de Trujillo

Desde antes de llegar Trujillo al poder, ya se tenía en mente construir una gran avenida junto a ese paseo del Malecón.

En un reportaje publicado en el periódico El Siglo el 20 de mayo de 1991, Vivian Jiménez asegura que la idea ‘‘fue expuesta por el arquitecto Arístides García Mella cuando, en un mapa de la ciudad que trazó en 1924, dibujó dos líneas paralelas punteadas desde la prolongación de la calle Pina hasta donde hoy se encuentra el Obelisco, entre las cuales se leía la señalización “Avenida Colombina’’. Se concibe también la idea de extender el borde del litoral más allá del Obelisco. Ya Santo Domingo, por esos años, tenía algunas extensiones fuera de la ciudad que llegaban al mar.”

Marcio Veloz Maggiolo ha demostrado que tras el malecón se integraron los nuevos barrios, desde La Misericordia hasta Ciudad Nueva. Este último tenía una avenida frente al mar, ubicada exactamente después del Obelisco Hembra. Dice Marcio que poco a poco ‘‘los linderos del malecón completaban el espacio-frontera de los barrios citadinos, barrios que respiran la sal del mar Caribe y que aún escuchan un vuelo de gaviota’’.

Pero al llegar al poder Rafael Leonidas Trujillo en 1930, el panorama perdería su ingenuidad y su pleno sabor a salitre no adulterado que lo marcó como gigante dormido en aquellos inolvidables años, entre 1910 y 1929.

II

La construcción del primer tramo de la avenida del Malecón, desde la calle ‘‘Las Damas’’ hasta el Obelisco ‘‘hembra’’, abarcó una franja de 35 metros correspondientes a las estancias particulares que para ese entonces bordeaban esa zona del mar Caribe.

En un bosquejo histórico publicado a principio de los noventa por el diario El Siglo, se cita al arquitecto José Ramón Báez López Penha como la persona designada por la Junta de Ornato de la Ciudad de Santo Domingo para el trazado y construcción, por etapas, de la referida avenida.

El referido arquitecto, en su obra ‘‘Por qué Santo Domingo es así’’ (Amigo del Hogar, 1992), rememoraba aquella decisión: ‘‘En los finales de 1931 recibí una invitación de los miembros de la Junta de Ornato para la Ciudad de Santo Domingo que había sido nombrada por el presidente Trujillo, para que asistiera a una reunión que tendría efecto en el mismo palacio del Ayuntamiento... Al reunirnos y entre otros proyectos e ideas se pidió mi opinión acerca de la posibilidad de trazar y construir un paseo o avenida aunque fuera por partes o etapas a todo el largo litoral de la ciudad de Santo Domingo’’ (ps 192-193).

Semanas después -refiere Báez López Penha- se iniciaron los trabajos de la primera etapa del proyecto, teniendo como obreros a ‘‘veinte presidiarios y su correspondiente escolta, dos yuntas de bueyes, machetes, hachas y barretas’’.

Los gastos de aquel proyecto inicial no serían elevados debido a que ‘‘se había resuelto que la primera etapa consistía en la limpieza general de la faja de terreno necesaria, eje, longitud y empalizada en el tramo comprendido entre la calle Sabana Larga y el Camino de Güibia, así como la siembra de almendros a distancia conveniente’’ ( Báez López Penha, p. 195).

Dicho en otras palabras, estaban abriendo una trocha. Solo que al poco tiempo, los propietarios de la estancias se querellaron contra el ingeniero Báez por penetrar en propiedad ajena sin autorización, hasta que éste pidió la intervención de Trujillo en el asunto, quien ‘‘dispuso la agilización de los trabajos, duplicar el número de los presidiarios que los realizarían y que no se pararan las labores a menos que él lo ordenara. Tiempo después, se creó una comisión dependiente del Poder Ejecutivo con una asignación de 40 mil pesos para iniciar lo que sería la segunda etapa, desde Sabana Larga hasta Güibia’’, detalla el referido reportaje de El Siglo, firmado por Vivian Jiménez.

El 12 de julio de 1935, el presidente del Senado, señor Mario Fermín Cabral propuso, en Santiago de los Caballeros, la idea de cambiar el nombre de la capital de la República por el de ‘‘Ciudad Trujillo’’, en correspondencia a ‘‘la gigantesca y asombrosa obra de gobierno realizada por el presidente Trujillo en el breve período de cinco años y en medio de las circunstancias adversas que han prevalecido en el mundo’’ (‘‘El Obelisco de Santo Domingo, Listín Diario, 23/4/89, p.12). A los pocos días, el dictador le respondió al legislador en un tono de humildad que nadie creía: Tal designio está en franca oposición con una de mis caras aspiraciones de patriota y gobernante: la de mantener a la nación dominicana ligada a sus gloriosas tradiciones (Listín Diario, ob. cit.).

Meses después, el 8 de enero de 1936, el Senado aprueba la ley 1067 que es ratificada al día siguiente por la Cámara de Diputados con el cambio de nombre a Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo. El 11 de enero del propio año fue promulgada por el Vicepresidente de la República en funciones de Presidente, Jacinto B. Peynado.

En conmemoración al primer aniversario de aquella insólita acción, fue inaugurado el ‘‘Obelisco del Malecón de Santo Domingo’’ el 11 de enero de 1937, obra ideada por el entonces Secretario de la Presidencia, doctor Moisés García Mella, con diseño estructural del ingeniero Antonio Thomén, y construcción a cargo del ingeniero Rafael Bonelly García. La obra, muy parecida al obelisco de Buenos Aires, mide cincuenta y un metros de altura y fue ubicada en el centro de una rotonda de la avenida costera que había sido recientemente inaugurada por el Gobierno y que concluía precisamente frente al referido obelisco (Listín Diario, ob. cit.).

De inmediato, el dictador proyectó la idea de un nuevo tramo en el malecón hasta la playa de Güibia y lo que hoy conocemos como avenida Máximo Gómez, obra que terminó de empalmarse en 1943, un año después de construido. Un año antes, es decir, en 1942 y en la misma zona, se terminó la construcción del hotel Jaragua por el arquitecto Guillermo González, que fue en su tiempo un paradigma en todas las Antillas, además de constituir la primera edificación de importancia en ese tramo levantada frente al mar.

Según refiere el arquitecto y escritor Manuel Salvador Gautier, al principio era un proyecto de hotel pequeño donde todas las ventanas eran paralelas al mar, pero después varió por éste que todos conocemos. Desde entonces, la avenida se empalmó con el Paseo Padre Billini (llamado por Trujillo Avenida US Marine), modificando su sección transversal para el acoplamiento y se extendió desde la calle 19 de Marzo hasta la Máximo Gómez.

En esa época, el ingeniero Báez López Penha

-apunta Gautier- concibe también la idea de continuar la avenida del Malecón por todo el litoral, desde la Máximo Gómez hasta la avenida Abraham Lincoln, obra que él dirigió personalmente y que fue inaugurada por Trujillo en 1955 en homenaje a la Feria de la Paz y la Confraternidad Panamericana, junto con el monumento que exaltaba tal evento para la posteridad.

Según la investigación de Jiménez en el matutino El Siglo, las últimas prolongaciones de la avenida del Malecón corresponden al tramo de la avenida Abraham Lincoln hacia Haina y que fueron construidas a finales de la década del 50 por la Concretera CxA., propiedad de Francisco Martínez Alba. Esa misma compañía construyó después la autopista Las Américas.

En su proyecto original de avenida, desde 1931, el Malecón contemplaba a todo su largo un tramado de bancos continuos al lado del mar, tanto como protección para que nadie cruzara hacia la costa, como para que las gentes se sentaran a descansar. Es decir, que en aquella época, el modelo de bancos de hoy, a todo lo largo del malecón, no existía, era un muro impenetrable y sin parqueos. No fue sino hasta 1978 -según el arquitecto Gautier- en que se le da a los bancos el estilo que tienen hoy, por la Dirección de Planificación Urbana del Ayuntamiento de Santo Domingo, en la persona del arquitecto Toby Valdez, quien poseía una maestría en diseño urbano. Incluso, él es quien contempla áreas de parqueo: ‘‘Desde mis tiempos de director de Planificación Urbana comprobé que se desperdiciaba el uso de la parte sur del Malecón, toda vez que al ser continuo el banco, esto impedía que se usara. Era un banco similar al actual, pero más sólido, paralelo, lineal, continuo y transparente, a todo lo largo de la calle’’.

Los nombres del Malecón

Como parte del coro de la época, la nueva avenida debía también llevar el nombre del ’Benefactor de la Patria’. El 10 de junio de 1933, en reconocimiento a los altísimos méritos que son característicos de la personalidad del honorable gobernante dominicano, el Congreso Nacional acordó nombrar al malecón con el nombre de ‘‘Presidente Trujillo’’. La medida mantuvo vigencia hasta el 22 de febrero de 1936 cuando, a propuesta del propio mandatario, se sustituyó el nombre, inaugurándose como avenida George Washington.

La periodista Ángela Peña refiere otro cambio de nombre. En su artículo ‘‘George Washington, el Malecón’’ (Hoy, 24 de mayo de 1997) dice: Durante y después de la Guerra Civil de 1965, a la imponente avenida se le llamó 24 de Abril y, aunque era una decisión surgida del deseo del pueblo, no de una resolución edilicia, llegaron a circular tarjetas postales con ese nombre.

Un dato histórico lo refiere Manuel Salvador Gautier: Frente a Güibia se hizo un monumento a George Washington que consistía en una pequeña escultura de metal que simbolizaba la cabeza del prócer, metida dentro de un nicho de madera al que le decían ‘‘el taquillero’’. Un día, se robaron la escultura y a partir de entonces el nicho se quedó vacío por mucho tiempo.

Centro de esparcimiento

Manuel Salvador Gautier apunta sobre esta peculiaridad del malecón: Desde la dictadura, en tiempos de carnaval, la gente bajaba muy temprano al Malecón y se aglomeraba en el antiguo parque ‘‘Ramfis’’. Muchos vestían de diablos cojuelos para dar vejigazos. Esas calles eran ríos humanos que venían desde la parte alta de la ciudad por la Duarte, la 19 de Marzo y la Doctor Delgado, entre otras. Por los años 40’s, las guaguas eran de dos pisos con el segundo descubierto, y la gente paseaba por las tardes en el segundo piso de esas guaguas desde el antiguo Paseo Billini hasta Güibia. Además, el Malecón, era una gran discoteca al aire libre. Cuando se inaugura la Avenida del Puerto, ésta se incorpora como parte del acceso social a todo el sector. Pero desde entonces, el tramo más concurrido es el que queda entre el obelisco hembra y la Máximo Gómez, aunque hoy ha perdido parte de aquel uso.