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Ventana domingo, 03 de febrero de 2019
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Crónica

El viejo piloto acaba de aterrizar

  • El viejo piloto acaba de aterrizar
Manuel Mora Serrano
Santo Domingo

Acciones impulsivas que pueden quedar para siempre en la memoria de los pueblos, no ocurren todos los días. Eran los años cuarentas y estábamos bajo el influjo de la dictadura en aquel Pimentel rielero de nuestra adolescencia…

Una mañana apareció un monstruo volador, un avión oficial que se lanzó en picada por encima de los rieles, absorbiendo las pencas más altas de los cocoteros, y llenando de pavor a la comunidad. Todos salimos a la calle temerosos.

Claro que no era una invasión de guerra, luego supimos que era una invasión de amor.

El piloto era el joven Milton Suberví Morán a quien se apodó Jorge por unos paquitos que presentaban a un apuesto militar llamado Jorge el piloto, y como él apuesto era, Jorge se le quedó.

Había visto aquí en esos días a una de las muchachas más bellas del pueblo, y había averiguado dónde vivía y al saber que era frente a los rieles, escabulléndose de una rutina oficial se atrevió a ir a darle una prueba a su enamorada, y como todo el vivo había salido a la calle la joven y bella Haydeé María Ramis Bruno,  recordando lo que él lo había dicho y había tomado a broma, vio aterrada cuando la saludó a riesgo de caer fulminado y destruir media población; alzó vuelo y regresó, esta vez no hubo nadie que no saliera, sabiendo que el piloto que fuera, andaba en algo.

A pesar de ser castigado con todo el rigor de la época, quiso repetir la acción, pero ella impidió nuevos estremecimientos populares y comenzó una historia de amor, con sus más y sus menos, como todas las historias, que culminó con una hermosa familia laboriosa y creyente,  constituida de  dos hembras: Ivelisse y Nora y tres varones: Máximo, Miguel y Jaime, amén de los nietos y nietas que alegraron sus últimos días; mas, no conforme con ser un padre cariñoso y exigente con sus hijos, como militar al fin, se convirtió además en un símbolo familiar, para mis cuatro hijas, sobrinas de su esposa al ser hijas de Josefina, no fue un tío cualquiera, fue y es, su Papitío y mis hijas no le han llamado papi, que yo sepa, a ningún otro hombre sino solamente a él y a mí.

Había nacido en Barahona y se había levantado por sus méritos. Cuando dejó la fuerza aérea con el alto grado de coronel, se dedicó a la pecuaria en Villa Mella, creando una sigla que hoy es famosa: Sura, como es lógico con la mezcla de Suberví y de Ramis surgió la Hacienda Sura, donde en principio se dedicó a la ganadería, pero concluyó especializándose en la crianza y engorde de cerdos, siendo relevado por su hijo Miguel,  cuando la vida lo recluyó junto a su esposa.

Más de una vez me dijo: Ve preparando lo que vas a decir cuando me muera. Fue la primera persona que me pidió un panegírico  y yo le dije que no sabía quién se iría primero.

El narrador Eduardo Zamacois decía que un amor que se inicia con poesía nunca deja de ser romántico. El de Jorge y Haydeé no pudo ser entonces, más romántico, ni siquiera ahora que la tecnología hubiera permitido que un simple aparatito le hubiera arrojado cientos de cartas, toda una comunidad pueda ser estremecida como lo fue aquel Pimentel que en la visión postumista de Domingo Moreno Jimenes, por 1918, hizo ahora un siglo: Era una aldea larga, larga, llena de comercios.

Ya quedamos pocos testigos de aquellos acontecimientos aéreos, pero nadie que los vivió o a quienes se lo han referido, podrá olvidarlos; ya  pertenecen a las leyendas y tradiciones reales de mi pueblo, que invariablemente, al conocerlo, abrían la boca fascinados diciendo: ¡Ah, usted es el Piloto enamorado de Haydeé!

Si aquella vez, como él diría siempre con orgullo, se llevó a la muchacha más bella del pueblo, sin poder tocar tierra más que la aérea infinita del amor, vencido por los años, que a todos nos lanza en picada hacia el refugio mortal de nuestras cenizas, mientras su alma enamorada de las alturas ha vuelto al reino del aire, atada para siempre a la aventura hermosa de sus amores que, en un pueblo tan dado a escribir sus vividuras, siga esperando que alguien redacte la que quizás sea la más hermosa de sus novelas: la historia del rebelde piloto de las leyendas pueblerinas que viendo la pista de la muerte cerca, no se asustó, sino que bajó la palanca para aterrizar como el héroe popular que fue para los pimenteleños y lo será para siempre, tocando tierra y como en el Génesis, el polvo del cual fue hecho, con la cal de sus huesos abonará la tierra donde florecieron sus sueños.

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