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El Gabo poeta

  • El Gabo poeta

    Poeta. Comenzó haciendo versos y después incluyó sus metáforas en sus cuentos y novelas.

  • El Gabo poeta
Manuel Mora Serrano
Santo Domingo

Buceando en la Web tropecé con el nombre de José Luis Díaz-Granados que nació en Santa Marta, Colombia, en 1946. Es escritor, poeta, novelista, periodista cultural y profesor universitario, ganador del premio nacional de periodismo de su país, escritor de izquierdas que hubo de refugiarse en Cuba durante uno de esos gobiernos intransigentes de su país y decidimos regalar a los lectores su enjundioso artículo sobre La poesía de Gabriel García Márquez, aparecido en https://circulodepoesia.com/2013/12/la-poesia-de-gabriel-garcia-marquez/ De la revista electrónica colombiana, CÏrculo de poesía.

En él se destaca que José Luis Díaz Granados (1946) afirma que García Márquez en su ochenta aniversario nunca ha buscado otra cosa en su obra que evocar los espíritus esquivos de la poesía pues su prosa está impregnada de lírica. El siguiente texto desempolva los inicios de Gabo como poeta lírico. Un texto imperdible.

El artículo citado

 Entre nostalgias de la casa grande de Aracataca, alegrías y timideces multicolores, vividas o soñadas en las nacientes aventuras preadolescentes en Barranquilla y las conventuales y monótonas vigilias en Zipaquirá y Bogotá, nacen y crecen los primeros poemas de amor, reflexión y soledad, salidos de la pluma febril de Gabriel García Márquez.

 Recordemos que Leopoldo Mozart, el padre de Amadeus, era un músico que estaba muy lejos de poseer la gracia de los dioses y que don José Ruiz Blasco, el progenitor de Picasso, era un profesor de dibujo que en su vejez, escaso de la vista, encargaba a su precoz hijo que terminara de perfeccionar los ojos de las palomas y otros pequeños detalles de sus pinturas. No cabe duda, sin embargo, que de estos oscuros artistas sin ambiciones brotaron las maravillosas vocaciones de sus geniales hijos.

Por eso cuando nos enteramos que don Gabriel Eligio García, además de ser telegrafista en Aracataca, partero, dentista y farmacéutico en Sucre y violinista inspirado en sentidas y románticas serenatas en Santa Marta y Riohacha, era un poeta de entusiasmos dominicales óque pergeñaba en forma especial las décimas, los romances y los sonetos endecasílabos en celebraciones familiares y aniversarios cívicosó, corroboramos la anterior convicción.

 De manera que esta circunstancia, sumada a un especial temperamento de niño observador e imaginativo y a la influyente personalidad de su abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez y a la prodigiosa agudeza mental, supersticiosa y mística, de Tranquilina Iguarán Cotes, su abuela, determinaron sin lugar a dudas la adhesión espiritual y vitalicia hacia lo que Gabriel García Márquez denominaría más adelante como “los espíritus esquivos de la poesía”.

 En 1940, cuando el futuro autor de Cien años de soledad acababa de cumplir sus 13 años y cursaba el primer año de secundaria en el Colegio San José de Barranquilla, regentado por los padres jesuitas, dio a conocer unas tímidas muestras de su enorme capacidad para versificar, cuando le improvisaba a cada uno de sus condiscípulos lo mismo que a sus profesores, cuartetas festivas y versos satíricos, sin que hubiera en alguno de ellos ningún asomo de gracia lírica.

 “El padre Luis Posada órecuerda Gabo en sus memoriasó, capturó uno, lo leyó con ceño adusto y me soltó la reprimenda de rigor, pero se lo guardó en el bolsillo. El padre Arturo Mejía me citó entonces en su oficina para proponerme que las sátiras decomisadas se publicaran en la revista Juventud, órgano oficial de los alumnos del colegio. Mi reacción inmediata fue un retortijón de sorpresa, vergüenza y felicidad, que resolví con un rechazo nada convincente: óSon bobadas mías. El padre Mejía tomó nota de la respuesta y publicó los versos con ese título ó“Bobadas mías”ó y con la firma de Gabito, en el número siguiente de la revista y con la autorización de las víctimas”Ö

Por ese tiempo, Gabo tenía el vicio de leer todo lo que cayera en sus manos y se aprendió de memoria decenas de romances del repertorio popular y los más hermosos poemas del Siglo de Oro español. También, el súbito aliento embrujador de los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda sedujo al joven Gabo hasta el punto de aprenderse de memoria y recitar no pocas veces al día el famoso “Poema veinte”, lo cual ocasionaba la cólera de algún jesuita.

En los años iniciales de la década conoció en Barranquilla a un muchacho algo mayor que él llamado Cesar Augusto del Valle, alto, bohemio y melenudo, quien comandaba un grupo denominado Arena y cielo, en homenaje e imitación al de Piedra y cielo que desde Bogotá integraban Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez, Gerardo Valencia, Tomás Vargas Osorio, Darío Samper y Carlos Martín, quienes a su vez estaban asimilando las influencias de César Vallejo, Pablo Neruda y de los poetas españoles contemporáneos. Fueron los años, como lo dice el mismo Gabo, que le dieron la base retórica para soltar sus duendes, ciclo que culminó meses después con la muerte prematura del joven César Augusto.

 Una breve muestra de lo que escribía Gabito en esa época es el poema titulado “La muerte de la rosa”:

Murió de mal de aroma

Rosa idéntica, exacta.

Subsistió a su belleza,

Sucumbió a su fragancia.

No tuvo nombre: acaso

La llamarían Rosaura,

O Rosa-fina, o Rosa

Del amor o Rosalía,

O simplemente: Rosa,

Como la nombra el agua.

Más le hubiera valido

Ser siempreviva, Dalia,

Pensamiento con luna

Como un ramo de acacia.

Pero ella será eterna:

Fue rosa y eso basta.

Dios le guarde en su reino

A la diestra del alba.

Durante su adolescencia, Gabriel García Márquez no mostró interés literario distinto de la poesía. Recitaba de memoria en veladas familiares, sesiones solemnes y eventos escolares el poema “El circo” del maestro Guillermo Valencia, poemas de la barranquillera Meira Delmar óde quien sería después cercano amigoó y el famoso disparate lírico de don José Manuel Marroquín, el cual comenzaba:

Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan,

Ahora que albando la toca las altas suenas campanan;

Y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran

Y que los silbos serenan y que los gruños marranan

Y que aurorada rosa los extensos doran campan,

Perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas

Y friando de tirito si bien el abraza almada,

Vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.

Un buen día, don Gabriel Eligio decidió que su primogénito se fuera a estudiar al interior del país. Luego de un viaje de 8 días por el Río Magdalena hasta Puerto Salgar y luego en tren hasta la remota y glacial Bogotá, el joven Gabo se enteró que la beca diligenciada por su padre lo conducía hasta un municipio situado a pocas horas de la capital de la República, donde la única catedral de sal del mundo es su símbolo perpetuo. Allí, en el Liceo Nacional de Zipaquirá, padeció largas horas, días y semanas de silencio, frío y llovizna, lo más opuesto a la camaradería, el bullicio y la parranda musical de su tierra costeña.

(+)
TESTIMONIO

“Mal educado en los espacios sin ley del Caribe —escribe Gabo sesenta años después— me asaltó el terror de vivir los 4 años decisivos de mi adolescencia en aquel tiempo varado”. Sin embargo, en la natural adaptación al nuevo ambiente, se familiarizó pronto con el ropaje moderno y progresista de la mayoría de sus profesores, casi todos formados en la Escuela Normal Superior, bajo la dirección del psiquiatra y cuentista vallenato José Francisco Socarrás. Y así, entre lecciones nada disimuladas de marxismo, lecturas de Vargas Vila y de José Eustasio Rivera y poemas de Residencia en la Tierra de Neruda, Gabito comenzó a escribir poesía de manera voraz, influido también por los textos de los Piedracielistas que aparecieran en las Lecturas dominicales de El Tiempo que dirigía Eduardo Carranza.

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