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Literatura

Vicente Espinel: El olvidado

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  • Vicente Espinel: El olvidado
Luis Beiro
Santo Domingo

El poeta y músico español don Vicente Espinel nunca imaginó que sobreviviría, a casi cinco siglos de su nacimiento.

Recordado y celebre, sus aportes a la cultura de la lengua española salieron de su marco histórico con furia inusitada y llegaron a manos de los clásicos del Siglo de Oro ibéricos, quienes se encargaron de consagrarlo para la posteridad.

Espinel, no sólo “inventó” el nombre de la décima, esa estrofa de rimas consonantes y de diez versos octosílabos tan popular y polémica, que hoy en día forma parte indisoluble  de la identidad cultural latinoamericana, sino que su propia vida constituye la más auténtica novela de aventuras. En nuestros tiempos, muy pocos historiadores literarios se dedican a recoger aspectos de su vida, por lo que esta permanece dispersa  y misteriosa, mientras que sus peregrinaciones y hazañas se han transmitido, fundamentalmente, de boca en boca, sufriendo alteraciones y títulos innobles.

Quizás, el colombiano Andrés Pardo Tovar con su “Opúsculo sobre Vicente Espinel” (y con sus lógicas  limitaciones en información), sea uno de los pocos que han dedicado su afán intelectual a rescatar páginas de esa naturaleza.

De lo poco que ha llegado hasta nuestros días, se sabe, por ejemplo, que Espinel nació en Ronda (y no en Islas Canarias, como muchos piensan), el 28 de diciembre de 1550, y que murió pobre, borracho y olvidado en el año 1624. Se graduó de bachiller en artes y de maestro en la misma especialidad en el año 1599. Pero antes, en 1591, había publicado su libro Diversas rimas, el que contiene recogida, por primera vez en la historia de la literatura de habla hispana, la décima en la forma en que la conocemos hoy en día.

El crítico español Samuel Gili Gaya ha dicho que la censura de este volumen es de 1587, firmada por Alonso de Ercilla, y ofrece del libro el siguiente juicio: “Tiene buenos y agudos conceptos declarados por gentil término y lenguaje, y los versos líricos son de los mejores que he visto”.

El encuentro de Lope de Vega con las décimas de Espinel le produjo grata impresión y lo llegó a calificar como un verdadero “inventor” en premonitorios versos recogidos en su libro Laurel de Apolo:

 

“Pues de Espinel es justo que se llamen y que su nombre eternamente aclamen”.

Su formación cultural fue amplia y de sólidas raíces, pues desde su primera juventud fue discípulo de Juan Cansino, quien además,  le enseño música  y latín. Después paso a la Universidad de Salamanca y allí vio interrumpida su educación al ser cerrado dicho centro.

Sus inquietudes intelectuales y su carácter extrovertido lo indujeron, en poco tiempo, a enrolarse en increíbles aventuras.

Guitarra en ristre, recorre buena parte de la península ibérica, y al cabo de un año regresa a su ciudad natal, dispuesto a comenzar una nueva vida.

Siente predilección  por los viajes. Fracasa en un intento de abordar la expedición de Menéndez de Avila en Santander. Tiene apenas veinticinco años cuando lo hayamos de servidor del Conde de Lemos  en Valladolid. Cuatro años más tarde también se frustra su deseo de partir hacia el África con el rey Sebastián de Portugal, por lo que sofoca sus ansias de conquistas en los mesones y tabernas de Sevilla, donde escribe coplas picantes, se enreda en peleas y amoríos, y se confunde con los marginados, pícaros y prostitutas.

Su primer viaje a Italia no se cumple, por caer prisionero de piratas argelinos, cosa nada extraña en aquella época. Al fin, logra llegar a Génova en 1587, y emprende un recorrido por esa península que incluye una visita a Flandes. Y cansado, más de cuerpo que de ánimo, recala en Málaga en 1585, donde se recibe de sacerdote.

Fue nombrado capellán del obispado de Plasencia y maestro de la capilla de música. Se gradúa de Bachiller en Artes y de maestro de la misma especialidad, en Granada. Para entonces, ya sabe que “ni la grandeza del ingenio, ni el continuo estudio hacen a un hombre docto sin la falta de experiencia, pues esta es la que sazona los documentos de las escuelas”. Y muestra su madurez cuando no alaba lo viejo desacreditado ni lo nuevo efímero, sino de lo justo de cada etapa de vivir: “Ni por ser más modernos son de menos provecho y estimación”.

Ejerció el sacerdocio por espacio de veinte años. Al final de su vida retorna nuevamente a la bohemia y el libertinaje .

En cuanto su faceta de músico, muchos le atribuyen  el mayor hallazgo de ese siglo: ponerle la quinta cuerda a la guitarra. Los  pocos que han escrito sobre esta peculiaridad, ponen en duda tal aporte. El historiador Adolfo Salazar, por ejemplo, reconoce que “mejoró el arte vernáculo de la guitarra con primeros tecnicismos y materiales propios de la vihuela”. Sin embargo, el ya citado Andrés Pardo Tovar expone lo discutible del  hallazgo de la quinta cuerda por parte del genio del Espinel, sobre todo, apoyándose en el tratado  “Declaración de Instrumentos” editado por Juan Bermudo en tiempos en que el músico y poeta andaluz era un niño, y en donde dice:  “Las vihuelas, sean de siete, seis o cinco órdenes (que es la llamada guitarra española) no se distinguen ni en la materia, ni en la forma. Sobre todo, los admiradores de Espinel se niegan a aceptar semejantes hipótesis, por la oscuridad bibliográfica comparativa de esos tiempos”.

Como novelista, Vicente Espinel también  logró aportes sustanciales. Fue autor  de una de las obras más equilibradas de la picaresca española de todos los tiempos, “Vida del escudero Marcos de Obregón”, la que para muchos, es de naturaleza autobiográfica y relata sus avatares y peregrinas vivencias por diversas ciudades españolas, en el mundo de las tabernas.

Juan Chabás halló en las páginas de “Vida del escudero...” una narración independiente, de excelente factura, la de Cornelio y Aurelio.

Para el crítico francés Marcel Baitallon, la historia del escudero Marcos de Obregón ha influido como pocas de la picaresca más allá de España, y escribió la siguiente reflexión; “el personaje creado por Espinel, más que pícaro, es un antipícaro que rehabilita  a los desacreditados escuderos y resalta un aspecto social importante al confesar no tengo oficio porque en España los hidalgos no lo aprenden”. La novela fue publicada en 1618 y con el paso del tiempo se ha convertido en libro de texto tanto en España como en todo el mundo.

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