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Crónica/Literatura

Fuerzas pa’ Doña Caro

  • Fuerzas pa’ Doña Caro
Indhira Suero Acosta
Santo Domingo

Caridad de la Rosa (Doña Caro) siempre pensó que en su vejez descansaría de una vida llena de trabajo y dificultades. Por esa razón, queridos negritos, la noche que su hija falleció a manos de un esposo lleno de celos, todo lo que planeó para el final de sus días se destruyó de golpe.

Doña Caro tuvo que encargarse de cuatro niños que crecerían con el estigma de la muerte y de ser huérfanos a causa de la violencia intrafamiliar. La pobre vieja debería hacerse cargo de sus nietos, a quienes amaba con locura, pero que a su vez representaban un gran reto en la vida de la anciana cansada del arduo trabajo que siempre hizo para criar a sus propios hijos.

Cada noche, nuestra protagonista, le rezaba a su Dios pidiéndole ánimos para continuar tan triste tarea. “Dame fuerzas pa’ seguir, no me deje morir Papá Dios, que si me voy estos muchachos se me quedan solos”, pedía Doña Caro ahogada en un llanto mudo.

Y es que nadie pensó que Romero, como le decían al esposo de la hija de Doña Caro, cometería un crimen tan desastroso. Siempre fue un hombre alegre, muy trabajador y cariñoso con sus hijos, pero todo cambió en cuanto su mujer Lidia empezó a aprender a leer y a escribir en uno de los programas del Gobierno. Romero se volvió reservado, y cuestionaba todos los pasos de su mujer.

Desde ese momento nunca volvió a ser el mismo. Comenzó a golpear a Lidia cuando esta decía que quería seguir sus estudios y graduarse de contable.

“¡Qué contable, ni contable, usted lo que tiene es que cuidar a sus muchachos y atenderme a mí, que pa’ eso está aquí!”, gritaba el hombre que ni siquiera sabía escribir su nombre.

La violencia escalaba cada vez más.

Con un maltrato que destrozaba los sueños de Lidia.

Hasta que todo paró de golpe.

Y así fue como nuestra querida viejita tuvo que empezar de nuevo. Volver a criar con mucho amor, pero llena de tristeza y miedo a dejar a sus muchachos solos.

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