Politología

Stalin: la construcción de un político

Este es el fragmento de un capítulo del exitoso libro “El Político: Radiografía Íntima” del doctor Leonte Brea, publicación que en las últimas semanas se ha convertido en la más vendida en Cuesta, Centro del Libro.

Stalin es un ejemplo del político venido de abajo, formado por la acumulación de aprendizaje en diversos escenarios y por múltiples experiencias, algunas profundamente traumáticas. Es el único sobreviviente de cuatro hijos de un matrimonio de siervos liberados en una Georgia bárbara dominada por la Rusia zarista. Además de la pobreza de sus padres, un primer infortunio selló su imagen física para siempre: su rostro quedó marcado por la viruela cuando apenas alcanzaba los 6 o 7 años. Más aún, una úlcera le produjo una fuerte infección en la mano izquierda afectándole a tal punto que jamás pudo doblar el codo normalmente por lo que fue considerado incapacitado para el servicio militar. Esos traumas permanentes en su físico tuvieron que calar hondamente en su alma de niño. Lo más probable es que se comparara con sus compañeros y notara que éstos no eran iguales a él, lo cual pudo producirle un sentimiento profundo de congoja, de dolor, de injusticia, de rabia social. SurgimientoLos datos expuestos más arriba nos llevan a acudir a la hipótesis adleriana de la compensación para comprender su forma de vida. Es decir, a entender las razones que incitaron a Iosiv Vissarionovich Djugashvili (Stalin) a la búsqueda de poder para compensar sus hándicaps físicos y psicológicos. Precisó de esa fuerza que de abajo hacia arriba empuja al ser humano a la consecución de poder para desterrar debilidades reales o sentidas. Creemos que ese sentimiento compensatorio comenzó a manifestarse con toda crudeza en el Seminario de Tiflis cuando éste se revelaba contra sus autoridades o cuando procuraba, en cualquier ocasión, dominar a sus compañeros tanto física como intelectualmente. Quizás eso explique los motivos que lo llevaron a ser un gran peleador, un excelente argumentador y su empeño en no perder una sola discusión, una sola batalla física. Pero, sobre todo, a entender su odio y rencor hacia el oponente que de algún modo lo había derrotado o había intentado hacerlo. Esa fuerza, que algunos llaman resentimiento, encontró un terreno fértil en la naturaleza del niño Stalin. Fértil, porque éste manifestó desde temprana edad talento, disciplina, empeño, paciencia, una formidable memoria, valor, resistencia al dolor, capacidad de estudio y, en su niñez, una voz angelical. Voz que sobresalió como solista en la masa coral de niños reunidos en la catedral de Tiflis en ocasión del cumpleaños del Zar Alejandro III el 26 de febrero de 1894. Hasta aquí sólo hemos bosquejado las posibles causas de su afán de poder, de odio y de rencor que caracterizaron su personalidad política durante toda su existencia. Odio y rencor personalizados, como en ningún otro, en Trotsky, su gran rival. Pero estas pasiones, aunque importantes, no son suficientes para delinear el perfil de un procurador de poder y menos el de una personalidad tan compleja como la de Stalin. En efecto, nos falta establecer la manera en que se conformaron los otros rasgos de su personalidad política. Y para precisarlos acudiremos nuevamente a su niñez, a su primera juventud, a toda su vida privada y pública. Traumas familiaresAgregamos a la conformación de su personalidad, su carencia de afecto o de empatía. En este aspecto concuerdan sus principales biógrafos, especialmente Sebag Montefiore cuando sostiene: “Emocionalmente estaba reprimido y carecía de empatía”. Es posible que tal carencia se debiera a la pobreza afectiva, cultural y económica de la familia, pues su madre, Ekaterina, era una pobre lavandera que trabajaba muy duro para mantener a su familia, mientras su padre, Visarión, era un alcohólico que difícilmente cumplía con sus deberes familiares. Pudo ser algo congénito, lo que nos lleva a arriesgarnos a un diagnóstico de psicopatía; o aprendido, como el de psicopatoide: cuadro sintomatológico resultante de la desensibilización al dolor, al amor, al temor, algo bastante común en las personas que luchan permanentemente contra el mundo, contra los otros. Comoquiera que sea, fue un hombre carente de afecto, aunque cuando quería lo simulaba magistralmente. Todo esto lleva a Sebag Montefiore a sostener que era un hombre fuera de lo normal. No debemos sorprendernos de ese juicio porque el mismo Stalin confiesa que los políticos rara vez se amoldan a la normalidad: “La historia ñescribiría más tardeñ está llena de hombres fuera de lo normal”. Quizás uno de los factores caracterizantes de su anormalidad es, precisamente, su insensibilidad afectiva, la cual fue captada por la aguda investigadora Lilly Marcou, quien nos dice, casi al desgaire: “algunos amigos de ese período afirman no haberle visto nunca llorar”. Parece que el pequeño Stalin para defenderse de un padre muy agresivo se vio obligado a internalizar conductas que posteriormente les fueron de gran utilidad en sus luchas por el poder. Según su amigo Iremashvili, Visarión, el padre de Stalin, era excesivamente cruel con él y con su madre. Nos dice, de manera cruda: “Las golpizas inmerecidas y terribles... hicieron al niño tan torvo y despiadado como su padre”. Deutscher sostiene, además: “sus defensas contra la crueldad del padre fueron la desconfianza, la viveza, la astucia, el disimulo y la paciencia”. Para Santiago Carrillo, el Seminario de Tiflis fue decisivo en la modelación de su personalidad. Específicamente, en su actitud de desconfianza hacia el prójimo, en su capacidad de simular, en su perseverancia y paciencia y en mantenerse encerrado en sí mismo. Pero sobre todo, como cualquier seminarista, en sus concepciones dogmáticas absolutistas, las cuales influyeron en su manera de concebir el marxismo leninismo. Punto de vista coincidente con el de Sebag Montefiore, quien sostiene: “Koba estaba convencido de que la panacea universal era el marxismo, ?un sistema filosófico? que se amoldaba perfectamente al totalitarismo obsesivo de su carácter”. No está demás agregar que en ese seminario se introdujo en algunas lecturas que seguramente incidieron en su formación marxista. JuventudDe lo demás se encargó su vida de militante político con todos los riesgos que supone en un pueblo sojuzgado por una Rusia autoritaria que aún no había superado la barbarie. Tenía que manejarse con sagacidad, pocos escrúpulos, temple acerado y sangre fría en el campo de la intriga, de la hostilidad sórdida o manifiesta y de la falsa camaradería tan connatural en este litoral de ambiciones permanentes. Mundo de doblez. Para el cual ya había aprendido sus primeras lecciones en su hogar y en el propio seminario. Espacio indescifrable para novicios porque tienden a confundir la sonrisa y el trato cordial con el afecto sincero y donde la lucha por el poder lleva a los propios compañeros a la traición, porque, como sostiene Lourie todos ven a los que tienen don de mando como posibles rivales. Probablemente esto fue lo que llevó a Sebag Montefiore a asegurar: “Koba deseaba traicionar a los compañeros que se oponían a él, aunque, como reconocía la Ojrana en sus informes internos, seguía siendo un marxista fanático, y eso era lo que importaba”. TrayectoriaLa clandestinidad, los destierros en Siberia, las persecuciones, las decepciones tan comunes en la política, las muertes de sus esposas fueron labrando su animosidad, un gran rencor social, un acendrado temple de acero, la desensibilización al miedo, la desconfianza devenida en paranoia y a perder el poco afecto que le quedaba por las personas. Se había hecho un Stalin, un hombre de acero, tal como se veía a sí mismo. No podía ser de otra manera. Las enormes dificultades de su vida lo habían moldeado hosco, intratable, solitario, agresivo, resentido y, hasta cierto punto, una especie de encantador instrumental cuando quería, pero no vanidoso. La arrogancia, el narcisismo vendrían después con el poder y la reafirmación de sus concepciones absolutistas de la política a la manera de un seminario religioso. Así es en efecto, pues aunque fue el mejor alumno de su clase en Gori y en sus inicios en el seminario, no podría decirse que era vanidoso. Todo lo contrario. Siempre trataba de pasar desapercibido. Sabía, por su padre Visarión, que quien se destaca demasiado se convierte en blanco fácil de la envidia. Por tal razón, mantenía, hasta donde podía, un perfil bajo a fin de conseguir aliados y evitar enemigos. Actuaba, según él, diferente a Trotsky, su rival eterno, porque, según creía “la gente... odia a uno cuando uno hace alarde de su superioridad. Él ñsu padreñ me quitó a golpes esa tendencia. No podría haberme hecho un favor mejor. Trotski debería haber tenido un padre como el mío”. Un segundo LeninIosiv, Sosso, Koba o Stalin, según las diferentes etapas de su vida, tuvo siempre un héroe imaginario o real para encamar un sueño compensatorio de una vida miserable o como modelo de la excelencia real para ser imitado. Primero fue Koba, el indomable, personaje de la novela El Parricidio que relata la lucha “del vengador de un pueblo esclavizado”. De él tomó su nombre para usarlo en la clandestinidad durante diez años. El otro ícono fue Lenin: la imagen magnífica del revolucionario soñado devenido en terrenal. Tanto idealizó a Lenin que bien podría decirse que fue, durante muchos años, su referente fundamental. Llegó un momento, según diferentes biógrafos, que terminó clonándolo. Por eso Marcou afirma: “Quería ser un segundo Lenin, el Lenin del Cáucaso”. Esa idea lo condujo a mimetizarse con el personaje, “calcaba su forma de ser y de hablar, se impregnaba de su pensamiento”. Debilidad de LeninEsa imagen venerada de Lenin, ese modelo de referencia internalizado al máximo se mantuvo cristalizado en su conciencia hasta que el líder de la revolución de octubre fue perdiendo poder mientras el suyo se acrecentaba. Fue, precisamente, después del atentado al vojd, y con él la perdida de sus facultades físicas, mentales y poder, que Stalin fue desmitificando la imagen del Lenin todopoderoso que había hecho suya. Empezaba a perder sentido su identificación con el líder bolchevique. Y fue, precisamente, en esos momentos de declive y debilidad de Lenin que Stalin ñcomo toda personalidad autoritaria que ama el poder y desprecia la indefensiónñ comenzó a irrespetarlo con algunas figuras del partido. Stalin, según cuenta Lilly Marcou: “Le criticó francamente en privado y en su correspondencia con allegados, tales como Ordjonikidze o Vorochilov”. Lo que es aún peor, se portó grosero, sin ninguna consideración y de manera atrevida con Krupskaia, la esposa del gran revolucionario ruso, algo que molestó profundamente a quien fuera su líder. Veía ya a Lenin, según la autora aludida, como a un viejo superado que debía ser jubilado. Por eso comenzó a actuar independientemente de cómo pensaba su antiguo guía. Esto no implicó que, luego de su muerte, no lo instrumentalizara para fines de poder. Y fue así que, como mecanismo ideológico, se auto consideraba el continuador del líder de la revolución de octubre.

(+)EN LUGAR DE LENIN SUS TRAUMAS Y COMPLEJOSEn la medida en que Lenin, como dijimos, fue perdiendo las virtudes que Stalin había idealizado, este comenzó a forjar su tercer y último modelo. Nos referimos a la imagen glorificada de Stalin construida por él mismo, la cual era reforzada y amplificada por el grupo de poder que lo acompañaba. Pero no vaya a pensarse que tal imagen no tenía conexión con su pasado, con su niñez, con la de Soso, Koba, con la del primer Stalin y la de Lenin. Acudimos al historial clínico de Eric que nos presenta Alexander Lowen. Dice el psiquiatra norteamericano que el narcisismo de Eric tenía una conexión clara con la conducta de un padre que no expresaba sentimientos, lo cual llevaba a su madre al borde de la histeria. Su poderLa carencia de sentimientos, la instrumentalización de los demás para sus propios fines, la simulación, el afán de reconocimiento y poder, el rencor social, su falta de gratitud, la desconfianza que terminó en paranoia y los modelos de referencias ideales y reales, son rasgos de la personalidad de Stalin que fueron desarrollándose desde sus primeros años de vida. Esto no es discutible, pero tampoco lo es que el poder y todo lo que implican las luchas por conquistarlo terminaron acentuando estos rasgos al máximo. Este combustible emotivo, traumático, político y vivencial fueron determinantes para que emergiera o construyera una nueva imagen de sí mismo. Imagen que la refleja él mismo cuando, según Montefiore, reprochaba a su hijo Vasili tomar su nombre con la siguiente expresión: “¡Ni tú eres Stalin ni yo soy Stalin! Stalin es el poderío soviético. ¡Stalin es lo que sale en los periódicos y en los retratos! ¡No tú! ¡Ni siquiera yo!”. Esta fue, sin lugar a duda, su última imagen.

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