MÍNIMO DIETARIO
Enero
Mes de tibias nieblas que enturbian la paz de mis pensamientos, la oscura soledad en la que a veces me aíslo. En ciertos días uno busca precisamente el rincón más alejado por su serenidad y transparencia, con la voluntad secreta de escribir versos sueltos o palabras de nobles entonaciones. A veces, reitero, el mejor lugar se encuentra en nosotros mismos. La geografía es un mero accidente. Acotar la felicidad como si fuésemos agrimensores constituye un riesgo demasiado alto. Mejor desistir de estas cavilaciones: no tiene uno la inteligencia de Rilke. Prefiero, por ende, contemplar esta niebla que asedia esta mañana de enero la ciudad en la que habito y penetrar en ella como en el cuerpo de una veinteañera. En sus inicios este mes apenas ha traído lluvias, frío y algo de hielo en las madrugadas. Exiguo cargamento para un alma que ansía ya los severos olores de la primavera. Sólo por esta esperanza vale la pena transitar estas semanas invernales y grises. Enero, no obstante, es temporada propicia para el discurrir filosófico, para acometer de una vez y para siempre la lectura de los libros amontonados durante el año ya fenecido, o, simplemente, para hacer examen de conciencia y elaborar inventarios de tareas pendientes o dietas que al poco tiempo se desecharán como colillas sucias o turbios deseos. Al noble ímpetu de estas labores hay que añadir el recuento de la amistad y la dicha familiar; no por comunes y corrientes, menos sustanciosas. La verdad es que enero se presta para los ejercicios dilectos de la memoria. Recordar, revivir, son verbos propios de este mes que comienza entre la resaca de las fiestas y la pesadez de las obligaciones que nunca faltan. Hoy te canto con mi voz frágil y silenciosa, enero amado y friolento; y acaricio tu piel de nácar, con mis dedos todavía entumecidos, con mis manos que quieren tocar tu pensamiento.

