Orgullo patrio

Hilma, la combatiente

Siempre de armas a tomar, enfrascada en el silencio y en su propio mundo. Relegada al olvido durante años, no buscó la gloria, ni perseguia grandes lauros, pero su talento la persigue y la trae de vuelta, esta vez para siempre.

  • Legado. Primera dominicana en escribir con un marcado acento de género. Este 2013 se le dedica la XVI Feria Internacional del Libro.

Indhira Suero
Santo Domingo

“Siento que todos se hayan molestado para hacerme un homenaje a mí, sigo creyendo que no lo merezco. Pero ahora estoy tan agradecida que creo que lo único que puedo hacer es vivir los años que me quedan de acuerdo con la opinión de ustedes sobre mi persona y obra”, con estas palabras la ganadora del Premio Nacional de Literatura (2002) demostraba que más que recibir galardones por su trabajo, solo deseaba expresar lo que llevaba dentro de su ser.

Imagino que esa noche, en la que se convirtió en la primera dominicana en obtener ese lauro, Hilma Contreras se sintió plena. Quiero soñar que mientras el público la ovacionaba de pie, ella pensaba en sus años en París; en su adorada ciudad natal, San Francisco de Macorís; en su juventud; en el amor y en las vivencias que se trasladaron con fuerza avasalladora al papel y que la convertirían en una escritora de temple y revolucionaria.

Memorias
Dos características unen el destino de la escritora Jeannette Miller y el de Contreras. Ambas, hijas de personalidades destacadas (Fredy Miller y Darío Contreras) comparten la distinción de haber sido merecedoras del Premio Nacional de Literatura, concedido a lo largo de su historia a solo tres mujeres. Con una pasión desbordante Miller narra: “Tuve el privilegio de que se me solicitara hacer su semblanza, cuando siendo casi una anciana se le otorgó el Premio en 2002”, dice.

De la primera vez que vio a la autora, recuerda una mujer delgada, fina, con sonrisa de niña y que arrastraba las ‘eres’ al hablar.

“Al cabo de los años sus textos me la presentaron de nuevo y me asombró esa capacidad de subversión que tenían sus cuentos y el puñal escondido con que vencía al lector en cada desenlace”, describe. “En ellos el escritor entraba en un mundo lleno de mentiras e hipocresía”, agrega.

Desde que la conoció, se preguntaba quién era y cómo lograba textos que proponían realidades universales y que también podían clasificarse como literatura de género. Para la autora de La vida es otra cosa, Contreras emerge en la década del 40 para responder a la censura impuesta por décadas en la sociedad. “Inserta en el cuento dominicano los parámetros existenciales de la literatura francesa posterior a la Segunda Guerra mundial, individualismo, subjetividad, temor, angustia, culpa, soledad y conflicto”, narra. “Además de que con La espera se convierte en bandera del feminismo literario, al poner por primera vez sobre el tapete el derecho a una sexualidad libre”.

Aunque parezca mentira su rabia tensa y dinamizante, forman “parte de una melodía que no se ha registrado lo suficiente”.

“Su obra se reconoce tardíamente, escribió toda su vida y algunos de sus cuentos aparecen en todas las antologías y narrativas, pero eso no es suficiente”, considera Miller.

Rebeldia
Al igual que Contreras, la poeta y feminista Angela Hernández, defiende a las mujeres. La ganadora del Premio Nacional de Cuentos (1997) destaca que la autora de Entre dos silencios carecía de interés por la publicidad y la fama, aunque parece haber hecho suya la rebeldía.

“Es imposible no preguntarse qué significaba el silencio en ella, que fue la primera en denunciar que en nuestra cultura la mujer sufría violencia física, discriminación intelectual y privación derechos ciudadanos”, asegura. “Su elegido apartamiento de los medios culturales y sociales comporta una escritura sugestiva para quien trate de descifrarla”.

Hernández detalla que la obra de Contreras habla sobre prejuicios sociales, presión de instituciones como el Estado, la iglesia y la familia. “Por otro lado la caracterizan narraciones breves, aperturas oníricas, erotismo sutil, y bocanadas de pasión poética”, expresa.

Por dentro
“Para llegar a Hilma, se llega a través del amor a sus cosas”, dice la investigadora Ilonka Nacidit- Perdomo. Unida a Contreras por una entrañable amistad, tuvo la ventaja de conocer los secretos de una mujer que pocas veces abría su vida a alguien.

Al hablar sobre la autora, la voz de Perdomo se entrecorta y las memorias parecen adueñarse de su garganta. “Todavía la estamos descubriendo, ya que luego de su muerte fue que llegó el legado que ella había guardado en un pequeño armario... Decía que me llevaría sorpresas cuando lo abriera, una de ellas fue descubrir su trabajo fotográfico; su diario intimo y conocer por él lo mucho que amó la escritora al catedrático español Segundo Serrano Poncela; textos políticos inéditos; documentos sobre sus años de diplomática en la embajada de Francia; piezas que corresponden a su niñez, adolescencia y madurez”, narra.

“Siempre destiló luz por sus ojos y estos hablaban de la distancia que ponía con los otros. Su sonrisa a carcajadas delataba que el muro colocado entre su mundo y el ajeno, pero con carácter de aparente frialdad y resequedad un buen afecto lograba. Para mí fue una lucha titánica, derrumbar a la Señorita Hilma”, dice Perdomo.

Con su perdón, Hilma
Hace más de medio siglo, Contreras se atrevió a evidenciar lo que todavía se denuncia en la actualidad: desigualdad, violencia de género, prejuicios, injusticia, entre otros temas que definen su prosa como una de las más valientes y acabadas de la literatura latinoamericana. Esta es la oportunidad para resaltar su obra y rendirle todos los honores que merece. 

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ENTRE LINEAS, EL PODER DE SUS LETRAS

“Estaba sumergida en el silencio como en un baño de frescura sin límites”. (La espera).

Valía la pena trepar hasta la cuarta planta para recibir la recompensa de una privacidad absoluta. (El cumpleaños de Vitalina) ¿Qué soy ahora? Algo en carne viva, maltratado, anhelante, pero que nadie ve. (Diario Intimo, 1941-1951).

El frenazo ante el semáforo nos zarandeó a todos. Desde el retrovisor me observó una imagen de expresión desencajada y ojos de pavo-cagón. (Mire mamita).

Cerré los ojos acatando lo inexorable, el cuerpo traspasado de estrellas. (La ventana) Su Excelencia ahorcaría con gusto al mayordomo. Estrangularlo nunca.

Le repugnaría tocarle el cuello con las manos tan pulcramente cuidadas. Pero lo ahorcaría. 
(Canicula)