ESCRITORES DOMINICANOS

Camilo José Cela

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Carlos X. ArdavínSanto Domingo

Mucho se ha hablado y escrito de Cela después de su desaparición física; no repetiré aquí lo ya sobradamente publicitado. En una buena porción de los artículos que he leído, descuella el lado mundano y frívolo del novelista, se subrayan algunos momentos de su dilatada biografía que poco o nada tienen que ver con su literatura y que, lamentablemente, desdibujan lo primordial: la minuciosa elaboración de un estilo literario inconfundible, sustentado en un esfuerzo de creación tenaz, prolongado y riguroso, que debería ser paradigma para novelistas bisoños. Más allá de su atrabiliario carácter y sus desplantes de niño terrible, me interesa el Cela estilista, el escritor capaz de sopesar una frase con la fruición de los auténticos estetas, el creador inconforme y rebelde frente a la cuartilla recién escrita, el paciente orfebre que descubre no sin asombro novedosas aleaciones lingu¨ísticas. Lo imagino, en sus días finales, afinando su lápiz de carpintero de las palabras, entre libros y diccionarios antiguos, entre objetos curiosos provenientes de sus numerosos viajes, bajo la tenue luz de los crepúsculos madrileños. Evoco la primera vez que leí, absolutamente fascinado, La colmena, y cómo al terminarla me dije, sin dubitación alguna, que era un libro fundamental, uno de esos libros que la memoria aprisiona en sus redes para siempre. Luego vendría la lectura de sus artículos de prensa, su inolvidable Viaje a la Alcarría, donde el imperecedero perfume del castellano puebla cada página. Ha dejado Cela en las letras españolas una descendencia más bien exigua, casi inexistente en Hispanoamérica, donde se le leía más bien poco. No obstante, su figura señera y su irrenunciable pasión por la escritura perdurarán como testimonio del exclusivo hombre de letras, rara especie en extinción, aunque las apariencias aseveren lo contrario.

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