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Ventana sábado, 05 de marzo de 2011
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ESCRITORES DOMINICANOS

Páginas íntimas del Maestro (2)

  • Páginas íntimas del Maestro (2)
Carlos X. Ardavín
cardavin1@juno.com

Asediado por las apreturas del dinero, el Maestro vaga por Madrid, Barcelona y París sin un duro en el bolsillo. Le gusta observar la luna en sus noctívagos paseos, cada vez más largos ante el copioso tiempo de que dispone: tiempo que nunca es suficiente, no obstante, para pensar en la patria lejana, en la Madre Isla, como la califica su corazón de desterrado. En las páginas de su diario correspondientes a esta etapa de profunda soledad y escasez, el Maestro cuestiona su suerte, su triste destino, y sólo halla una respuesta ante el por qué de sus padecimientos: “Porque no nací con naturaleza idónea para el triunfo social, para la prosperidad, para los bienes externos que constituyen el bienestar de la familia; porque soy desgraciado y no puedo hacer feliz a los míos”. Dominado por el fatalismo, por la ausencia de voluntad, a los treinta años, Hostos parece un hombre prácticamente acabado; nada más alejado de la realidad, como sus años posteriores manifiestan. El expendio en los cafés le martiriza, pues descubre una debilidad de carácter que le desagrada: “Café significa enervación, melancolía, abatimiento”, escribe en un Madrid decimonónico en el que los politicastros prestan poca atención a los proyectos políticos del joven apóstol. En medio de este torbellino de emociones, al menos tiene algo claro: la independencia de su país y la confederación de las Antillas. Esta utopía alimenta estos días aciagos de su existencia errabunda; le hacen perseverar en la esperanza y le proporcionan las energías necesarias para proseguir su lucha. Para no entregarse a las simas tenebrosas del suicidio.

    Mientras espera tiempos propicios lee concienzudamente a Vico, pasea, cavila en el jardín botánico parisiense, redacta ejercicios retóricos en la lengua de Víctor Hugo, frecuenta a sus compatriotas desterrados, pondera las cartas de Ramón Emeterio Betances y saborea las noticias que le llegan de Cuba y Santo Domingo. Tardes ociosas, dilatadas noches consagradas a la conversación amical y al vagabundeo. Mañanas frías pero luminosas dedicadas al trabajo ennoblecedor: el trabajo lo centra, la actividad lo fortalece; constituye un bálsamo que alivia sus pesares y disipa los malos pensamientos. Es un hombre que ha descubierto las bondades del aprendizaje y el estudio, del laboreo y la escritura: “hagamos probable una vida honrada y segura en el trabajo”, caligrafía un 27 de agosto de 1868.  En las tareas intelectuales ha descubierto su aversión a lo que llama la “erudición mariposeante”, y esta convicción dirige sus trabajos de organización política, sus ideaciones en torno al futuro país que lleva elaborando mentalmente desde hace años. Ese país portátil que le acompaña en sus horas felices y en sus días amargos. En los días solares y en las noches más oscuras. Ahora el Maestro retoma los folios y empuña su vieja estilográfica. Mañana será otro día, piensa, mientras la lluvia en París arrecia, trayéndole el recuerdo de los sonoros aguaceros de su infancia.  

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