ESCRITORES DOMINICANOS

Páginas íntimas del Maestro 3

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Carlos X. ArdavínSanto Domingo

Morir heroicamente por una idea, valiente pensamiento que le atenaza el corazón mientras efectúa el viaje transatlántico a Nueva York: una ciudad que su imaginación asocia a la libertad, a la fraternidad a la que ha consagrado dos lustros de agitación y enrancias por Europa. En la megalópolis americana, a la que el buque lo aproxima tras luenga e incómoda travesía, viven conocidos cubanos y compatriotas suyos que, enfrascados en interminables rebatiñas y escolásticas nimiedades, malbaratan el preciado tiempo y los exiguos recursos de que disponen. Para él, convencido como está del vigor de sus ideales, estas rencillas de salón no pasan de ser fruslerías; a pesar de ello, no puede evitar el acíbar que destilan y que rebosa la copa de su paciencia, sobre todo en las noches de copiosa nevada, en las que pasa el tiempo tratando de leer a la luz tibia de la lámpara de gas de su franciscana habitación alquilada. Desde que ha arribado a Nueva York y ha contactado a los cubanos, la acedia le muerde las enflaquecidas carnes de su voluntad, otrora poderosa y rozagante. Poco después de desembarcar, el 31 de octubre de 1869, escribe: “Como siempre, lo de siempre y para siempre condenado a lo de siempre”. La tarde apenas ha despuntado en el número 292 de Bleeker Street, y Hostos comienza a intuir la verdad de la anhelada revolución antillana. Lo de siempre es la íntima frustración que experimenta al comprobar (una vez más) la extrema magnitud de sus ideales y la poquedad de los instrumentos para llevarlos a buen término, amén de la desidia y la ingratitud de los autodesignados prohombres que le rodean y en cuyos destinos la Patria cifra vanamente el suyo. A este efecto, en los umbrales de 1870, en un diciembre ventoso y frío, el Maestro testimonia su desánimo con estas palabras: “Sí, porque aquí no hay otra cosa; ni uno, ni uno solo de los que conozco, de ambas islas revolucionarios, tiene un pensamiento desinteresado, un sentimiento vasto, una voluntad sin objetivo personal, una conciencia clara y pura de los fines grandiosos a que podría contribuir la revolución de las Antillas”. Después de estas palabras, Hostos se encierra en sí mismo, se aísla como un erizo por unos días, al cabo de los cuales no puede sustraerse a la pasión política, a la efervescencia de mítines y reuniones, de intensas discusiones sobre la anexion a los Estados Unidos y sobre las escasas (y a veces confusas) noticias que llegan de Cuba. Fustiga lo que llama “la educación colonial”, pero rechaza al mismo tiempo el odio primario a España (“me asusta una revolución que sólo tiene odios”, anota en una página memorable de su diario), diserta sobre la libertad y su índole intelectual, lucha contra los conatos de racismo (un mal que incluso descubre en su compañero Betances), habla en términos elogiosos de su obra (todo hombre debe permitirse alguna vez el pecado de la inmodestia, que en él es infrecuente y raro), y recuerda sus días de infancia, en un Puerto Rico que sólo existe ya en su mente generosa y bonancible. En estos meses de frenética actividad no deja de pensar, de acotar un tiempo y un espacio para la cavilación, pues en esta labor radica parte de la dignidad humana: “Pensemos en lo digno de pensarse”, la frase surca la página en blanco una noche gélida, a principios de febrero de 1870. Hostos empuña la pluma, observa los folios inmaculados; la noche se ha iniciado con un lento rumor de nieve y lloviznas lejanas.

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