SUSURROS

Letras del ocaso

Con mi negligencia en tus topes, voy tejiendo la fiesta de mis caprichos; recolectando las verdades fugitivas. Puedo, sin querer, tentar la tolerancia y hacerme sorda ante el canto profundo de tus sentidos. Seducen las arañas del tiempo el veneno espeso de las palabras congeladas. Estaré callada solo esta vez, esperando la respuesta atorada en tu garganta. No eres el mismo, se terminaron los argumentos. Dejo el rastro de los momentos perdidos, accediendo sin pausa donde guardas las ambivalencias y la rabia de cruzarte en mis caminos. Este cielo sin color escucha las notas de tus silencios. Abro la ventana de los dolores, entra la tibia brisa y se escapa el frío. Las hojas cuelgan del árbol del deseo seducidas por las voces que cantan los secretos. Cierro la ventana de las sonrisas, las cuerdas de tu guitarra fueron las cuerdas de mi voz. Los ojos húmedos de soñar se esconden. Alucino. Murió la lluvia que moja el sentimiento reseco. Un beso de sol devastó sus gotas, dejando el olor a tierra mojada como herencia del recuerdo. Soy fuerte, guerrera única de mis batallas. Te han visto en el río contando las gotas para asesinar el dolor. La nube negra se aparta, revela la cara del traidor. No estoy para consolarte. Recitas un racimo de joyas y versos, comida de cerdos. Aquí estamos frente a frente, somos tú y mi nuevo yo. Las siluetas desaparecieron. No soy mansa, no me doblego ante las falsas promesas escritas de arena. Me niego a creerte, son mis pies relato de libertad. Me exilio en otro cuerpo. La ceniza se esparció llevándose los residuos de lo que una vez ardió. Quédate con mi cuerpo, por ahora no me sirve. Esta carne ya no es tuya. Mañana me vas a perder. “Desde ahora seré mariposa sin rumbo, susurrando mis sueños. Conquistaré otros cielos. Descansaré mi corazón en los brazos que me aguardan” Continúa la lluvia en mis jardines internos. No veo tu corona, solo el ropaje de un mendigo. Descubrí un nuevo horizonte de rosas, gloria y triunfos, donde no están tus pisadas. Cabildeo con las realidades y sus ojeras. Vi las virtudes en un mar de imperfecciones, estaba ciega. Arrebataste mi voluntad salpicando con lágrimas perpetuas la rabia; pero en un segundo me obsequiaste el cielo con sus estrellas. Por ese instante feliz te perdoné la vida. En ausencia de mí te regalo la nostalgia. Distorsionados los verbos amanece una vez más. En la puerta unas maletas se disfrazan del adiós. Mi espalda te responde con indiferencia: “¡Buen viaje! No volveremos a vernos marinero de los naufragios y el ocaso”.

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