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Sacudidas
Las violentas sacudidas que sufre en estos momentos el Japón, deben movernos a la reflexión. ¿Estamos llevando una vida de futilidad en nuestros esfuerzos, afanes e intereses? El pueblo japonés es uno de grandes valores espirituales y sólidas virtudes. Esto le ayuda en estos momentos de enorme tragedia e incertidumbre, a aceptar lo irremediable y a levantarse y proseguir en el difícil camino de la vida. La tesitura de esa fibra moral lleva siglos tejiéndose en una indestructible urdimbre. El pueblo nipón se levantará de nuevo y se reconstruirá desde los escombros de las furias del mar y de la tierra. La infraestructura se restablecerá y el trabajo hará renacer a un Japón más fuerte y más sensible a los verdaderos valores de la existencia. Durante décadas las naciones occidentales nos han vendido un paraíso falso. La idea de que el progreso significa abundantes posesiones materiales, equipamiento, mobiliario y modernos medios de transporte y comunicación. Sin duda, esos objetos tienen su utilidad e importancia. El Japón basó su economía en servir y suplir esas necesidades que el mundo occidental demanda como símbolo de bonanza y bienestar. La China y otros países del Oriente han seguido el ejemplo y han vertido su laborioso esfuerzo en producir objetos que satisfagan la insaciable sed de consumo de la sociedad actual. En nuestros países, las clases dominantes y la clase política han estimulado ese interés, que suele ser despiadado. El sistema bancario casi secuestra, mediante préstamos, a la población para alimentar el fuego de la devoradora maquinaria del consumo. Nosotros, cautos, empeñamos el sudor de veinte años para comprar un pequeño apartamento. Cuando terminábamos de pagar los exorbitantes intereses, la suma triplica o quintuplica el valor del inmueble. Ni hablar de los automóviles y su devaluación. ¿Para qué tanto afán? En el momento menos pensado ocurre un terremoto, arrasa un huracán otra alguna otra tragedia que echa por el suelo el gran esfuerzo humano. La clave pues, está en el equilibrio. En ver las cosas en su justa medida. No podemos hacer nada frente a lo imprevisible. Pero sí debemos alimentar y aumentar la integridad de nuestros valores morales y espirituales. Al final, como en el caso de Japón, son los que cuentan. Los religiosos pueden contribuir a construir esa fibra moral. Muchos políticos y gobernantes, víctimas de su codicioso afán de enriquecimiento, son incapaces de ver y comprender el gran bien que podrían hacer a sus pueblos, proveyendo educación, guía y sanos ejemplos de moralidad, dignidad y decoro. Estas son solo algunas reflexiones que parten del pesaroso desastre del Japón. Desastre que se puede repetir en cualquier momento y en cualquier parte. Al final, cuando ocurren estas tragedias nos quedamos desnudos y sin hogar. De nada valen los relojes de Gucci, los trajes de Cristian Dior, los perfumes, las villas solariegas, los yates y automóviles de gran lujo. No hay carreteras por las cuales circular ni electricidad que alimente la tecnología. La vanidad y la arrogancia se restriegan en el piso con toda la inmundicia. Al final ¿qué nos queda? La solidaridad y el amor. Solo eso.

