SUSURROS
Baile en la calle
El sonidito tintineante de los cascabeles anuncia la invasión de color pintado de alegría al ritmo del tambor. Incomparable combinación de fuete con sabor a pueblo invade las calles. De la mano del “macarao” cuelga la vejiga que amenaza con el golpe de gracia provocando la estampida de curiosos. Observo desde el balcón los cientos de rostros confundidos en la lluvia de disfraces y bailes cadenciosos. Las emociones se esconden tras las caretas poseídas por los pitos y las voces que gritan ¡calife, calife! El sentimiento de libertad sale del aliento de los negritos tiznados que abren camino a su paso. Una enorme sombrilla burlona abriga al roba la gallina pintorreado de carmín. Las tumbadoras desatan el desfile salpicado en lentejuelas de sonrisas retratadas en los espejos de los diablos. El alma se expresa sobre las pieles mixtas de una raza única, caliente. Llego el carnaval con olor a fiesta, se convierte la calle en el espectacular escenario donde la fantasía y las candencias se vuelven merengue o regueton. Cualquier pretexto es oportuno para dejar la carne seca de nuestros días normales aforrándonos a un nuevo cuerpo que va y viene con el tongoneo del negro que llevamos tras la oreja. Sal y pimienta mojan los pies de la morena que adornada por sus “rolos” levanta una cerveza. “Ahí viene Pi Pi” y las comparsas danzando, llegan con el “baile en la calle” sin importar si es de noche o de día. El niño abre sus ojos curiosos, escondido tras las piernas de su padre. Esta cautivado por los movimientos del “macarao”. Anhela caiga un cascabel para llevarlo como premio. “Se me muere Rebeca” espera entusiasmada a “Nicolás Den Den” con su música por dentro. Las carrozas parecen gigantes de serpentinas que guardan en sus espaldas las ocurrencias de un pueblo que vive y canta sus penas en el carnaval de los dolores, de los amores. Los vendedores encuentran mil formas de ofertar sus esperanzas para ganarse la cena. Banderines, salchichas y pitos son ofrecidos por los ambulantes o por las familias que convierten sus galerías en tiendas de temporada o vitrinas de carnaval. La reina del pueblo agita sus manos saludando la gente orgullosa de su banda, la que porta con elegancia y orgullo. El corazón late fuerte, en sintonía con el jolgorio que inunda las cuevas al llegar “Los Toros de Montecristi”. La tarde se consume, la magia se escapa. De pronto desaparece la fiesta de color. La noche viene cargada de los residuos del ron en las esquinas. El recuento de la algarabía termina. Solo quedan las fotografías y la espera de un próximo año para celebrar. Para comunicarse con la autora handry.santana@gmail.com

