LITERATURA
Tarjetas Postales literarias
El autor recorrió el Sur de la Florida y se reunió con amigos y con ellos volvió a vivir los instantes sublimes de la Bohemia de su juventud.
A veces es delicioso sumergirse en las cosas. Abandonar la rutina y largarse a otras playas. Muchas veces me voy a Puerto Rico o a New York, a Miami o Tampa y me paso los días en tabernas y centros comerciales, alguna que otra librería y encuentros ocasionales con amigos, pero esta vez planifiqué un viaje diferente. Quise conocer a esos Estados Unidos en crisis, que apenas vislumbré en Brooklyn, New Jersey y Manhattan en mi viaje de septiembre pasado, yendo a otros sitios y hablando con viejos amigos. He aquí que parto el 12 de mayo rumbo a Miami, donde me espera, como siempre, mi compueblano José Tiberio Castellanos, en cuyo apartamento de Allapatta me hospedo para disfrutar con él y con Alfredo Landrón Palomino, ese chiclet interminable que nunca nos cansamos de masticar, el de conversar sobre las gentes de nuestra aldea rielera. Mario Amable Portalatín es un contertulio infaltable. Sin embargo, además de los rincones agradables y maravillosos de Miami como Bay Sea o Miami Beach, que no sólo es playa sino también centro de diversión donde se pueden saborear ricos vinos y lugares como Epicure donde ser gourmet es glorioso, o a escuchar los poemas de Luis Labera Trufero, un cubano-vegano (combinación no insólita desde nuestro Federico García Godoy), que burila versos como aquel insólito Manuel Llanes: tal fueran partos de elefantas, a uno por año, y que suele leer con un énfasis asmático de fumador empedernido, muy especial, que nos deleita. También había programado un tour a Key West a la casa de Hemingway, que se había convertido casi en la razón de mi viaje, aparte de los contactos familiares. Key West, ciertamente, es un destino. No sólo por ser “el extremo sur de América”, donde de un lado está El Caribe y del otro el Golfo, a noventa millas de Cuba, sino porque todo está hecho para el turismo. Es, en sí, una tarjeta postal de las de antaño. Tiberio no quiere acompañarme a la visita y se va al punto Sur, al kilómetro cero para mirar hacia La Habana y recordar su juventud exiliada. De modo que Mister Ernest me lleva de la mano por la casona por todas las habitaciones, imaginando aquel gigantesco dandy tomando excelentes tragos y fumando grandes cigarros, pensando en La Habana, en París, o en África, o ¡quién sabe! Camino por su casa y siento su altiva presencia mientras retrato desde el baño al inodoro, la cama señorial que es posible que fuera la suya, y al fin, el rasgo humano fundamental, su amor por los gatos, el cat cementery y los felinos dormilones, dueños del garden, propietarios de cada rincón, que no hacen caso de los turistas que asaltan su intimidad. Veo sus libros, sé que sus manos recias de escritor contundente, enemigo de metáforas hueras y de barroquismos románticos, está impresa en todas partes. Y a pesar de sus años deportivos, de su vida en parte consagrada al periodismo y la aventura, se siente, se huele un alma de artista en todas partes y sobre todo en el jardín. La Cubana hermosa que en otro lugar ejerce de camarera eficaz, queda también impresa en la copa de vino que mirando la mar azul, amenazada de la negra mancha de Luisiana, palpita entre los senos de las muchachas en bikini que se bañan bajo el solazo tropical. El viaje a Boca Ratón con las hermanas Miledys y Dilcy Hurtado, es otra postal viajera junto a uno de esos lagos típicos de Florida, que no se olvidan. Más tarde, me suelto y me voy solo al Downtown a cazar ofertas, pero es hora de seguir y el próximo viaje fue a Danville, Virginia adonde mis amigos Rafael, María Inés y Marianne Hurtado, tras 36 horas y 1,200 millas en bus. Danville (la villa del río Dan), fue la capital del tabaco mundial hace dos siglos. Hoy es una reliquia que semeja en la zona tabacalera un retazo del west americano. Viejos caserones abandonados que solo en sus templos airosos y sus antiguas casonas de madera recuerdan el esplendor magnífico de antaño. Al otro día Rafo me invita a visitar a Monticello la casa de Thomas Jefferson. Hurtado, médico en ejercicio, neurólogo con bien ganada fama estatal, sobre todo en una clínica del sueño con mucha clientela, me invita a pasear por los campos verdes de Virginia. Así llegamos a Monticello. Conservado escrupulosamente a pesar de los cambios de dueños que finalmente lo donaron al Estado y hoy lo podemos disfrutar tal como era, ya que los dueños eran admiradores del gran patriota. Aunque no permiten fotos adentro, afuera la experiencia es única. Se puede retratar el jardín, la casa, la plantación, la cocina, la bodega y hasta la antigua letrina patriarcal en el basement de la casa solariega. Otra tarjeta postal inolvidable que bien justificaba el viaje. Finalmente, había que ir a Brandon, Tampa, donde mi sobrina Vilma Alicia y su esposo José Deschamps, sus hijos Jose y Mánuel. Allí concluye mi viaje con una visital acuario de Tampa y un recorrido por la bahía en busca de delfines juguetones, y encuentros con amigos. Viejos bohemios de Amidverza que viven en Kissimmee y Orlando, Benigno Taveras Castro, el Benuá y su esposa Anita, que cito en mi novela “Juego de Dominó” y Rafael Mejía Amparo, Fello y Esperanza, él, antiguo locutor en Pimentel y en Puerto Plata, y luego en Tampa con Wellington Aude Mejía que se revela cantautor de relativo éxito en la comunidad, cuyos discos suenan en la radio. Después las librerías, casi totalmente en inglés. Los discos de Elena Burke que al fin conseguí en la calle 8 de la Vieja Habana. Y todo lo gourmet que quieran en restaurants o en las casas, porque en USA se vive para comer. Se trabaja, sí, pero la obesidad llena las plazas y las calles, ciertamente, los gringos viven para disfrutar la mesa hasta hartarse. No fui una excepción. Recibí invitaciones y probé platos deliciosos y ricos vinos, curiosamente, casi todos italianos. Y al final, sé que la crisis existe por las gentes sin trabajo, por la desesperación de algunos, pero en un país tan grande, con tanta tierra, tanto mar, tantas gentes, tantos ríos, de tan variada y rica composición social, con sus negros que ahora practican aquel poema de Langston Hughes, que tanto recordé al verlos llenar las calles y los bares de Miami Beach, cansado de recorrer supermercados y tiendas, de hacer comparaciones, de adquirir tonterías, llega la hora de partir como en La Canción Desesperada de Neruda, la de volver a la rutina. Y pensando en el presidente Barak y en la primera dama Michelle Obama y en la gente hermosa de color que he visto, aunque alguna demasiado gorda, me detuve a ver qué había pasado realmente con los negros gringos y el “Efecto Obama” y ciertamente, algo ha cambiado. Los negros que observé no te miraban con rencor ni lucían adustos, ni estaban tirados a la bartola como basuras en las distintas estaciones y lugares por donde pasé a veces cuatro horas y más, como en Richmond, por ejemplo, y en otras paradas de la Greyhound. Noté que se sentían dueños también de su tierra, iguales entre sus iguales. Ni altivos ni avergonzados. Libres. Americanos. Y entonces me di cuenta que los escritores sabemos decir las cosas décadas anteriores, como las dijo aquel extraño poeta nacido en Joplin, Missouri, que quiso ser de Harlem sobre todas las cosas y que alguna vez pasó por nuestras tierras caribeñas derramando sus versos, porque Langston Hughes sabía lo que cantaba cuando nos dijo, premonitoriamente, en “Yo también canto a América”: “Yo soy el hermano más oscuro.Me envían a comer a la cocinaCuando la visita viene,Pero yo me ríoY como bien,Y crezco fuerte.Mañana,Voy a estar en la mesaCuando la visita vengaY nadie se atreveráA decirme,"Vete a comer en la cocina"Entonces.Por otra parte,Verán lo hermoso que soyY se avergonzarán.Yo también soy América.

