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HISTORIA

Reflexiones sobre Caonabo

NO HAY QUE ESPERAR LA MUERTE, PORQUE ELLA SIEMPRE LLEGA INESPERADA, TARDE O TEMPRANO

  • Reflexiones sobre Caonabo
José Miguel Soto Jiménez

Santo Domingo.- Huyendo por la selva, como “alma que lleva el diablo”. Esquivando los diablos de la jungla. Sedientos, cansados y hambrientos, llegaron a La Isabela después de agotar “setenta leguas” sin parar.

“Caonabo” amarrado, sin articular palabras, en las ancas del caballo del “caballero de la virgen” rumiando remordimientos y masticando maldiciones.

Capturado después, “Uxmatex” cubrió la trayectoria del “Yaque” a la “Isabela” profiriendo insultos indescifrables en lengua aborigen por toda la extensa trayectoria.

Regresaron sucios, mugrientos y con una peste a sudor viejo insoportable. Bajaron las extremidades de la cordillera central, cruzaron un pedazo grande de tierra caliente y abrazadora, para entonces comenzar a subir de nuevo por las gargantas verdes de la Septentrional, tomando ya en sus cimas el camino que se llamó en el Norte de los “Hidalgos”, desde donde pudieron olfatear con regocijo, el aliento fascinante del mar.

La entrada
Cuando entraron “desguabinados” a la villa en construcción de los cristianos, el bullicio estruendoroso de la gleba castellana, que los recibió como héroes, encolerizó aun más a los cautivos, acuchillando su rencor de fiera con una algarabía de “feria”.

“Caonabo” sintió una vergu¨enza inmensa que le colmó las entrañas y desde ese mismo momento comenzó a morir a plazos, como si la muerte tuviera dos o tres estaciones de martirio.

Un guerrero como él, debería morirse en la “guasábara”, en la batalla, matarse o que lo maten entre los gritos del combate y maldiciones.

Ah, pero esa vieja costumbre de “no morirse en la víspera” lo tranquilizaba por momentos, hasta que la impotencia le volvía a envenenar las entrañas con el agrio de los remordimientos.

Ojeda se lo entregó engrillado al mismo Almirante, que salió a recibirlo, como si depositara a sus pies un “jabalí”.

El almirante lo colmó de alabanzas, honores y celebraciones, y el hombre “chiquito” se sintió de “grande” de repente, como esos individuos de baja estatura que quieren compensar su escaso tamaño con hazañas gigantes.

¿Quién pudiera beber el “hien”, veneno de la yuca antes de que lo mate poco a poco la rabia y la tristeza? ¿Por qué no le dio a Ojeda con matarlo? “Torcerle el pescuezo” y acabar con este sufrimiento de la humillación, que no tiene “componte” “ni aparejo”.

¿Quién pudiera convertirse al fin en “operito”, muerto? Y dejar de ser “goeiz”, persona viva. Morirse tan solo para hacerle la maldad al extranjero.

Morírsele como se muere uno, más bien muerto que el “carajo”. Morírseles en las manos a los extraños, como un pájaro herido.

La muerte debe ser como el ensueño del “cojoba”, pero más honda. Quedarse sin “areítos” para toda una eternidad absurda y clandestina.

Entrar de un empujón al “mayaní”, la nada. Zambullirse en el agua, fondo abajo. Ahogarse en uno mismo, como si naufragara en el “bagua”, el mar profundo. Quedarse para siempre sin el “caribú”, cielo infinito.

“Quizás la muerte sea una grata ignorancia” y volvamos después como otra cosa, a ser de nuevo con otro nombre y circunstancia.

Hequetí, yamocá y canocum.

Uno, dos y tres. Así se muere la gente. Como se acaba una canción festiva, “guarachá” , en lengua “taina”, cerrar los ojos y dejarse ir como quien no quiere las cosas.

La experiencia
Pero que va, el “cacique” sabe por sus años, que la muerte es una cosa más sencilla.

Basta tan solo dar un paso al vacío, caerse en hoyo, atragantarse con una espina de pescado, recibir un golpe seco en el sitio preciso, desangrarse.

Exhalar un suspiro y largarse para siempre para ningún sitio.

No hay que esperar la muerte, ella siempre llega inesperada, tarde o temprano. “Porque venimos como el agua y nos vamos como el viento” .

Mal acostumbrado por su fuerte voluntad, no es un sujeto hecho para la paciencia, y la palabra resignación no existe en su vocabulario.

Él siempre hacia lo que creía correcto. Le daba “macaná” y mataba a sus prisioneros. A las mujeres la preservaba para el encaste. A los caciques viejos y enfermos les hacía igual, cuando ya no podían valerse por sí solos, como si los curara de la decadencia, la indignidad y la vergu¨enza.

Su matemática era elemental, sin logaritmos, contar lo necesario, restar hasta que se acabe y dividir lo razonable.

¿Quién vendrá ahora con el regalo de la muerte? Ese verdadero “turey” de Vizcaya que desea como una hembra nueva. ¿Quién le pondrá fin a la amargura de estar en cautiverio? ¿Quién le hará el favor de liberarlo de una vida indecorosa sin libertad? Él, quien nació libre como el “Pitirre” y no sabe ni podrá vivir como un “naboría”.

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