CRÓNICAS
Los Simpsons
Para Pedrito y Sebastián La familia Simpsons es un fenómeno de estos tiempos. Podría decirse que una parte de la cultura universal actual, incluida la dominicana, guarda una relación con estos personajes. Los Simpsons son antipatriotas. Escasamente solidarios. Socialmente despreciables. En el esquema de la vida norteamericana, y en todo lo que ésta infl uye, la tropilla liderada por Homero se presenta como un antivalor. Ciertamente los Simpsons, como representación imaginaria, están plagados de elementos negativos. Sin embargo, en más de 400 entregas la serie mantiene su encanto... incluso en el gusto conservador del público norteamericano. ¿Qué tiene esta familia que, aun sus valores detestables, encanta a las masas? Podría decirse que el humor de referencia realista, o la gracia de los dibujos, o la ácida erspicacia de Homero. Pero aparte la gracia estética, hay en esta serie un elemento que la hace adorable: los Simpsons son una familia. Por más ácidos que sean, hacia el interior del grupo se mantienen juntos, al fi nal de cuentas unidos. Se sientan juntos frente al televisor. Comen juntos. Padre y madre –sexualmente muy activos– se desenvuelven en relación con al menos uno de los miembros del grupo, cuando no del grupo entero. Incluso el padre de Homero comparte con ellos. Por encima de todo les importa mantenerse unidos. Y quizás esto es lo único que en determinado momento se toman realmente en serio. En un mundo en desintegración, la unidad de los Simpsons despierta simpatía. Ellos son la familia que muchos y muchas no tienen. De hecho, en el reino de los dibujos animados niños y niñas parecen pertenecer a familias fantasmas. ¿Dónde están los padres de Ash? ¿Dónde el resto del cuerpo de los padres de la Vaca y el Pollito? ¿Dónde viven los padres de Lazlo? ¿Dónde los padres de Naruto o Gaara? Nadie sabe. Pero los padres de Lisa, Bart y Maggie sí sabemos donde están: son Homero y Marge, presentes a cada instante, unidos a través del orgullo del apellido, aunque no sean el prototipo del ciudadano manso y aunque sean tan imperfectos como nosotros los seres humanos.

