ESCRITORES DOMINICANOS
Virgilio Díaz Grullón
La foto desde la que me observa, ensimismado y melancólico, lo muestra más delgado de cuando lo conocí, a mediados de los ochenta del pasado siglo. Sus gafas y su cuidada barba, no obstante, no han variado mucho y han resistido con buena fortuna el paso inevitable del tiempo. Si don Virgilio contemplara mi foto ahora, tal vez no me reconocería. Lamento que ya no pueda estrechar su mano y oír su voz espesa y ronca, pues me hubiera gustado mostrarle los humildes libros que he publicado en su tierra. Estoy convencido de que se sorprendería al verlos, y de que los leería con la atención que siempre me dispensó en los diversos momentos en que nos encontramos y hablamos bajo el amable amparo de las librerías de Santo Domingo. Recuerdo con singular claridad una vez en la que me confesó que le había sido muy difícil escribir una novela, prefiriendo el cuento para la plasmación de su rico mundo narrativo. En aquella época yo ignoraba aún que tal preferencia había sido expresada unos lustros antes por Borges, para quien constituía un dispendio incomprensible contar en luengos textos lo que cabe perfectamente en unas pocas cuartillas. A pesar de esta dificultad, Díaz Grullón habia dado a la estampa en 1977 una novela breve, de título sonoro y hermoso, Los algarrobos también sueñan. Sus cuentos, que prolongan el egregio legado literario de Juan Bosch, son mayormente de carácter urbano y exploran con ahínco el inconsciente, el mundo interior de los personajes, la realidad intangible que sobrevive tras las apariencias. Hombre afable, de exquisita educación y elaborada visión existencial, Díaz Grullón compaginó su vocación literaria con la abogacía y con diversos cargos públicos y privados en el sector de la banca nacional. Me es un tanto difícil imaginármelo metido entre números y papeles de pura burocracia, pero la vida de un escritor dominicano suele ser, con muy contadas excepciones, un ejercicio constante de la paradoja. Leí su “Antinostalgia de una era” bajo los efectos de la fascinación intelectual. Este libro me sigue pareciendo uno de los testimonios más lúcidos contra la tiranía y el autoritarismo latinoamericanos. La foto desde la que me observa, ensimismado y melancólico, lo muestra más delgado de cuando lo conocí, a mediados de los ochenta del pasado siglo. Sus gafas y su cuidada barba, no obstante, no han variado mucho y han resistido con buena fortuna el paso inevitable del tiempo. Si don Virgilio contemplara mi foto ahora, tal vez no me reconocería. Lamento que ya no pueda estrechar su mano y oír su voz espesa y ronca, pues me hubiera gustado mostrarle los humildes libros que he publicado en su tierra. Estoy convencido de que se sorprendería al verlos, y de que los leería con la atención que siempre me dispensó en los diversos momentos en que nos encontramos y hablamos bajo el amable amparo de las librerías de Santo Domingo. Recuerdo con singular claridad una vez en la que me confesó que le había sido muy difícil escribir una novela, prefiriendo el cuento para la plasmación de su rico mundo narrativo. En aquella época yo ignoraba aún que tal preferencia había sido expresada unos lustros antes por Borges, para quien constituía un dispendio incomprensible contar en luengos textos lo que cabe perfectamente en unas pocas cuartillas. A pesar de esta dificultad, Díaz Grullón habia dado a la estampa en 1977 una novela breve, de título sonoro y hermoso, Los algarrobos también sueñan. Sus cuentos, que prolongan el egregio legado literario de Juan Bosch, son mayormente de carácter urbano y exploran con ahínco el inconsciente, el mundo interior de los personajes, la realidad intangible que sobrevive tras las apariencias. Hombre afable, de exquisita educación y elaborada visión existencial, Díaz Grullón compaginó su vocación literaria con la abogacía y con diversos cargos públicos y privados en el sector de la banca nacional. Me es un tanto difícil imaginármelo metido entre números y papeles de pura burocracia, pero la vida de un escritor dominicano suele ser, con muy contadas excepciones, un ejercicio constante de la paradoja. Leí su “Antinostalgia de una era” bajo los efectos de la fascinación intelectual. Este libro me sigue pareciendo uno de los testimonios más lúcidos contra la tiranía y el autoritarismo latinoamericanos.

