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Religión/Senderos domingo, 28 de septiembre de 2014

REFLEXIÓN

Llamado a vivir la piedad

Teresa Valenti Batlle M.C.J.

La liturgia eucarística de hoy es una llamada a la misericordia. Escuchar con el corazón su Palabra nos transforma, nos conduce a sintonizar con los sentimientos de Jesús, con su entrega a toda la humanidad.

El profeta Ezequiel les recordaba a los deportados en Babilonia que cada uno es responsable de sus acciones.

Cada uno es libre de elegir el camino a seguir. Este don de la libertad que Dios nos hace es un regalo que hay que usar desde una humanidad fraterna y fiel al Dios dador de todo bien. A pesar de nuestra fragilidad humana, Dios nos concede siempre una nueva oportunidad.

Para Él nadie está perdido, basta reconocer nuestras fugas y faltas de amor para sentirnos envueltos en su perdón; sus entrañas compasivas nos abrazan siempre.

El Evangelio nos muestra que el amor de Dios es universal, para todos sin excepción.

El que está seguro de cumplir con las “reglas establecidas” y por sus juicios condenatorios creen que están en lo justo y recto, discriminando a otros, ignoran la misericordia de un Dios paternal y maternal. “El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud… Su misericordia es eterna” (Sal 24). Asimilar este concepto de Dios se hace fácil al constatar lo débiles que somos para el bien y qué grandes son sus entrañas compasivas.

La Palabra de Pablo me fascina. S. Pablo escribe desde la cárcel, a la espera de una sentencia que puede acabar con su vida. En sufrimientos grandes es cuando Pablo demuestra su lucidez y su energía proveniente de Cristo. La comunidad de Filipos estaba pasando por una situación de discordia, egoísmo y vanagloria. Frente a esta situación el Apóstol apela al testimonio de Cristo: su encarnación, su entrega fiel hasta la muerte, su Resurrección. Así lanza un reto a la comunidad. Un llamamiento a la unidad, al servicio mutuo, a la concordia.

En definitiva Pablo les exhorta de forma vehemente a superar el orgullo e interés propio, y elegir el camino de los sentimientos y acciones de Cristo. A existir para los demás viviendo del don que Dios nos ha regalado desde la libertad.

Palabras y hechos: Todos somos invitados al juicio crítico sobre obras, actitudes o comportamientos propios.

¿Me quedo solo en las palabras o ratifico las palabras con las obras?


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