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Religión/Senderos sábado, 16 de noviembre de 2019

Dos Minutos

El ejemplo de la viuda pobre

  • El ejemplo de la viuda pobre

    A Dios se llega por el camino del abandono y la gratitud. ISTOCK

Luis García Dubus
Santo Domingo

El movimiento rítmico de la mecedora iba adormeciendo a mi segundo niño hasta que se quedaba profundamente dormido.

Todos los hijos nacen diferentes. Este no era como el primero, que era grande y fuerte, y se dormía solo en su cuna. A este, más pequeño y más inquieto, había que “dormirlo”.

Siempre pensé que lo que lo dormía en mis brazos era ese movimiento adormecedor de la mecedora. Ahora sé que no era eso, sino, principalmente, lo seguro y lo amado y protegido que se sentía en los brazos de su papá.

Teresita de Lisieux no tuvo hijos puesto que ella entró desde jovencita en un convento. Ella no supo lo que era tener un hijo o hija, pero supo algo más importante: supo lo que era ser una hija de Dios.

Es por eso que escribió el secreto de su felicidad: “Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a la hoguera del amor divino: ese camino es el abandono de un niño que se duerme sin miedo en brazos de su padre”.

“El que sea pequeñito que venga a mí, dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón”.

Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que a los pequeños se los compadece y perdona. Y el Padre los estrechará contra su pecho, según palabras del profeta Isaías.

Esta encantadora joven santa, nombrada Doctora de la Iglesia, contrariamente a lo que me inculcaron a mí de que yo tenía que ganarme el cielo a base de cumplir mil y una leyes con mi esfuerzo sacrificado y hasta heroico, descubrió lo que ella llamó “su nuevo camino”.

“He descubierto un nuevo camino”, escribió, “bien corto, bien derecho, un camino totalmente nuevo: el camino del abandono y gratitud”.

Más adelante afirmó: “Jesús no tiene necesidad de nuestras obras, sino solo de nuestro amor”.

“¡Qué pocos corazones encuentra que se entreguen a Él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!”.

La pobre viuda que aparece en el evangelio cuando echó sus últimos centavitos como limosna se entregó sin reservas y se abandonó enteramente en los brazos de Dios.

Jesús la elogió diciendo: “Ella ha echado más que nadie, porque los demás han echado de lo que les sobra, mientras ella dio lo que le falta, todo lo que tenía para vivir”.


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