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Religión/Senderos sábado, 13 de julio de 2019

Dos Minutos

La alegría del silencio

  • La alegría del silencio

    La auténtica paz lleva a la verdadera alegría. ISTOCK

Luis García Dubus
Santo Domingo, RD

¿Recuerda usted la última vez que estuvo alegre, verdaderamente alegre,  profundamente alegre? Es posible que en los próximos dos minutos descubra usted una clave para conseguir esa alegría genuina que tanto deseamos todos, al igual que Tamara y que Alberto.

Tamara es una ejecutiva, podría decirse que es  de éxito meritorio. Pero su presencia produce tensión, nerviosismo, intranquilidad, porque eso es lo que ella tiene en su interior. Pobre mujer. Ella desea alegría, como la deseamos todos...

Alberto, vive en constante protesta con Dios. Él no puede aceptar haber perdido un ser muy querido. Está encerrado en ese fatídico “¿por qué a mí?”, que tanto dolor genera. Dice que no comprende a Dios. Y se ha resignado a quedarse lamiéndose sus propias heridas, a tenerse pena a sí mismo.

El Señor nos ofrece una clave para conseguir la alegría auténtica, esa alegría profunda que anhelamos todos con verdadera necesidad psicológica y espiritual.

La clave está en el evangelio de este domingo. Se la da Él a 72 discípulos a quienes envía de dos en dos, con instrucciones muy precisa, les indica cuál debe ser la primera frase que digan cuando entren en una casa: “Paz para esta casa”.

No son portadores de exigencias, tensión y amenazas. Son portadores de paz. El resultado es que, cuando volvieron, estaban “llenos de alegría”. Y parece que su alegría era tal, que contagiaron a su Maestro, puesto que dice en el versículo siguiente, que el Señor “se estremeció de alegría” al oírlos contarle cómo les había ido.  Parece indudable que quien da paz recibe alegría.

La pregunta de hoy
Para yo dar paz tengo que tenerla. ¿Cómo se consigue la paz?

La verdadera paz es interior, quien la recibe, deja de ser esclavo de sucesos externos; y los problemas no lo abaten, más bien lo fortalecen.

El autor de esta paz es Dios (Isaías 45,7) y “no es como la que da el mundo” (Juan 14,27); luego, ni usted ni yo podemos “conseguirla”, pero sí podemos recibirla.


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