EVANGELIO

El miedo, la angustia y la paz

  • Quizás no haya sentido usted nunca miedo, pero sí desaliento, ansiedad, cansancio, tal vez confusión... ISTOCK

Luis García Dubus
Santo Domingo

La noticia que recibió Agustín aquel lunes a eso de las once de la mañana fue alarmante, desoladora, angustiante. Estaba completamente invadido por el desaliento. Cerró su escritorio y salió. Tenía que buscar ayuda en alguna parte. Se le ocurrió entrar a una iglesia.

No le fue fácil. La primera donde fue estaba cerrada. Sin embargo, encontró una puerta lateral entreabierta, entró, y se sentó en el primer banco de aquel templo vacío. Estaba totalmente solo, frente al sagrario, sitio donde él sabía que estaba Jesús en persona.

Hablaba sin parar y sin mucho orden. Hasta que hizo silencio, y le pareció escuchar que, de aquel sagrario, salía un mensaje para él. Una frase breve, pero clara: “Déjame eso a mí”. Aquella frase cambió su estado de ánimo en cuestión de segundos. Casi repentinamente recobró la paz, y confió. No estaba solo. El Señor estaba presente allí, y estaba enterado ya. El Señor en persona había dicho que Él se encargaría de él y de su problema. He oído recientemente una historia mucho más impresionante que esta anécdota que acabo de relatar. Se trata de un hombre que tiene cáncer. Y en medio del miedo inicial que le produjo esta realidad, y del confuso griterío de gente tratando de ocultarle la verdad, ha oído la voz de Dios diciéndole: “Yo estoy contigo”.

¿Por qué es tan deseable, la paz que da el señor? ¿qué tiene de especial?

Esta pregunta se la hice a Víctor, con su sabiduría cibaeña, me respondió: “La paz que da el Señor es indescriptible. Es un bienestar que no sólo “supera todo razonar” (Fil. 4,7) sino que es superior igualmente a cualquier otro bien, incluyendo la salud”. Y añadió: “Esa paz es mejor que todo remedio habido y por haber, porque sana todo”. ¿Sana todo? Sí, sana todo, porque quita el miedo. El que recibe esa paz, ya no tiene miedo a nada, ni siquiera a la muerte.

Santa Teresita de Lisieux, humilde muchacha nombrada Doctora de la Iglesia, veía a Dios como “el Dios de la Paz”, y frecuentemente menciona la Paz como el “tesoro por excelencia”. Con razón dijo el Señor que la Paz que Él da “no es como la que da el mundo” (Juan 14, 27), sino un don muy distinto y superior. “El Señor está cerca, no se angustien por nada; en lo que sea, presenten sus peticiones, así la paz de Dios, que supera todo razonar, custodiará su mente y sus pensamientos por medio del Mesías Jesús”. (Fil. 4,4-7).