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Religión/Senderos domingo, 28 de octubre de 2018
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DOS MINUTOS

La oración eficaz

  • La oración eficaz
Luis García Dubus
Santo Domingo

Según el evangelio de San Marcos 10, 46-52

Empezó a salir el sol. Eran las seis de la mañana y todos, muy cansados y tristes, se sentían aliviados de que Ramón Antonio finalmente se hubiera dormido después de una noche de sufrimientos.

Seis meses antes se le había diagnosticado un cáncer en una pierna, y para salvarlo el doctor recomendó: “Debemos amputar la pierna desde la cadera”.

“Imposible” fue la respuesta de Ramón Antonio; “No seré medio hombre, además yo soy fuerte y me curaré poco a poco. Ustedes tienen que estar equivocados” Luego de ir a otros médicos, quienes diagnosticaron lo mismo que el primero, siguió rechazando la idea de que él tenía cáncer y que para curarlo era necesario la amputación.

Tenía 28 años, dos hijos pequeños, familia estable. Se entendía su reacción.

Ramón Antonio, como muchos de nosotros, pensaba que no era posible que algo así le estuviera pasando a él. Nunca aceptó la necesidad que tenía y en consecuencia, no podía pedir ni aceptar ayuda.

En el evangelio de hoy, hay otro caso de un enfermo. Se trata de Bartímeo, limosnero ciego que vivía en la ciudad de Jericó. Este aceptó su necesidad, y no sólo estaba dispuesto a aceptar ayuda, sino que, anhelándola, la pidió a grandes voces. Tan pronto escuchó que el Señor estaba cerca gritó: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.

Todos querían hacerlo callar, pero él gritaba aún más fuerte, de manera que logró que Jesús se detuviera y le preguntara: “¿Qué quieres que haga por ti? Bartimeo le contestó: “Yo quiero ver”.

Y Jesús le curó diciéndole: “Puedes irte, tu fe te ha salvado”. Y al instante vió. ¿Cuál es la diferencia entre estos hombres? Bartimeo: Aceptó su problema. Pidió ayuda, a quien se la podía dar, y la recibió.

Resolvió su problema, quedó curado de su ceguera.

Ramón Antonio: No aceptó su problema.

No pidió ayuda, porque creía no necesitarla y, aunque se la ofrecieron, la rechazó. No resolvió su problema.

Sufrió y murió.
Todos tenemos necesidades, problemas, insatisfacciones.

Y muchas veces no las aceptamos porque creemos que nos verán como débiles, deficientes o tal vez cobardes.

Si descubrimos nuestras necesidades y las aceptamos, podemos pedir ayuda. ¿Por qué no? La buena noticia de hoy es que si imitamos a Bartímeo, y acudimos al Señor presentándole humildemente nuestra necesidad, su pregunta a nosotros va a ser la misma que la que hizo a aquel ciego:

“¿Qué quieres que haga por ti?”
Descubra y acepte sus necesidades y tenga una respuesta bien definida, corta y precisa a la pregunta del Señor, y el Señor actuará como mejor te convenga.

La pregunta de hoy: ¿existe la oraci”n que infaliblemente obtiene lo que pide?
Dice Santo Tomás de Aquino que éstas son las cuatro condiciones de la oración infalible:

1. Pedir algo específico para sí mismo.

2. Cosas convenientes para el alma.

3. Con humildad, confianza, y gran necesidad.

4. Con perseverancia.

Más sobre la oración infalible puede encontrarse en Mateo 7, 7- 8; Juan 14, 13-14; Juan 15, 7; Juan 15-16; Juan 16, 23-24.

Si los ciegos no ven, no es porque la luz del sol no brille.

El Señor puede responder su oración, sólo hágala bien hecha.

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