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Religión/Senderos sábado, 03 de marzo de 2018
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DOS MINUTOS

Confi anza y respeto

  • Confi anza y respeto
Luis García Dubus
Santo Domingo

“La verdad es que mamá era fuerte, es decir, muy rígida. Y papá ni se diga. En casa había que andar derecho. Muchas veces me parecía que eran demasiado estrictos, demasiados exigentes...”

“Sin embargo, señores, ahora que soy mayor, comprendo que gracias a esa educación tan recta que me dieron, es que he podido llegar donde he llegado en la vida...”

¿Que quién dijo esas palabras? No recuerdo con exactitud todos sus nombres, pero puedo asegurarles que las he oído cientos de veces.

  Y las sigo oyendo frecuentemente entre las personas que participan en los cursos que dicto. Parece ser un común denominador entre la gente de éxito, el hecho de haber tenido que superar obstáculos durante su niñez y/o adolescencia.

 Sin embargo, hace poco me enteré de un caso inverso. Un joven a quien le ofrecieron un cargo de cierta importancia, no se atrevió a aceptarlo porque -según dijo -“no estaba acostumbrado a tanta responsabilidad ni a tanta presión, porque en su casa se lo habían dado todo”.

Era un muchacho con gran potencial, convertido en un pobre hombre. Triste caso.

Los padres de las personas de éxito, por el contrario, son personas que se respetan y se hacen respetar. En esas casas se respira un ambiente de responsabilidad, dentro del cual cada uno conoce sus derechos, y también sus deberes.

El Señor nos presenta en el evangelio de hoy (Juan 2,13-15) como un padre que se respeta y se hace respetar.

Agarró unas cuantas sogas, tejió un látigo, y le entró a fuetazos a los que usaban el templo para vender vacas y cambiar monedas, diciéndoles:

“Mi casa es casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.” (Mateo 21,13)

 En otras palabras, “a mí hay que respetarme, y esta casa se respeta porque es mi casa.”

Usted y yo, amigo de dos minutos, debemos copiar al Señor y darnos el derecho a decir lo mismo:

“A mí hay que respetarme, y esta casa se respeta porque es mi casa”

Diría usted que, naturalmente, quien diga esto tendrá que observar una conducta en su vida que lo haga merecedor de ser respetado. Tiene usted razón. Y le voy a añadir algo: lo primero que tiene que hacer es respetarse a sí mismo.

Pero quiero insistir en esto: un buen padre pone orden en su casa.

Estoy viendo con demasiada frecuencia a padres que no disciplinan a sus hijos. Cuando son niños dicen: “no quiero que pase los trabajos que pasé yo, el pobre...”

Creo que les cogen pena. Grave error. Luego, de adolescentes, les cogerán miedo...

LA PREGUNTA DE HOY
¿Acaso complacencia no es amor?

Complacer en todo no es amor verdadero, sino deficiencia emocional de los padres. Es desentenderse, es no atreverse a hacer frente a su obligación.

La Biblia nos dice “si tienes hijos, edúcalos... no seas flojo con ellos”. (Eclo 7,23)

Y en Hebreos 12,7, leemos.

“El Señor educa a los que ama”.

De modo, amigo, que si tiene usted hijos, respétese y hágase respetar. Es cierto que nuestra Patria precisa de hombres de ciencia, pero, mucho más, necesita hombres de conciencia.

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