REFLEXIÓN

Crucemos la frontera

Leer el evangelio del día de hoy, “¡Muchacho a ti te lo digo: Levántate!”, no me hace sentir otra cosa que no sea esperanza. En este texto de San Lucas se nos muestra la gran misericordia de Jesús para con nosotros, sus hermanos. Y es que una vez más vemos la gran compasión de Él ante el dolor de una madre y, sobre todo, yo me imagino la ternura con la que le entregó a su hijo vivo. Y es eso mismo lo que Jesús nos ofrece, nos regala, cuando nos invita a escuchar su Palabra, cuando asistimos a la Eucaristía o cuando nos lleva a un cursillo de cristiandad, como me pasó a mí. Y reflexionando sobre este pasaje del evangelio, pienso que ciertamente, dentro de la muerte en la que podemos caer por el pecado, el encuentro con Cristo siempre supone un encuentro de Vida, pues a través de los sacramentos nos lleva a esa vida nueva que incansablemente nos ofrece. Un cursillo, un retiro, es una invitación más de Cristo a levantarnos, a ponernos de pie, a estar atentos a ese mensaje de esperanza con el que quiere llenar nuestras vidas. La lectura de este evangelio me hace pensar que es una especie de “otra oportunidad” para salir de la muerte, de esa muerte en la que podemos caer por el pecado, por la desidia, el temor o por el simple hecho de acomodarnos en una postura, sin sentido, que creemos no podemos cambiar. Sin embargo, cruzando esa frontera del miedo, del egoísmo, no sólo recibimos el amor y la misericordia de Dios, como la recibió la viuda de Naím, sino que nos convierte entonces en seres capaces de amar y ser felices. Y así comenzar nuestra vida eterna, que empieza cuando amamos y termina cuando dejamos de amar. Este evangelio es un alerta, un grito de ánimo, de que no estamos solos, de que con darle un sí al Señor, Él nos cambiará el corazón, y un corazón transformado es capaz de llenar de colores no sólo nuestra vida, sino la de todos los que nos rodean.

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