REFLEXIÓN

“Este es mi hijo amado...”

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Teresa Valentí BatlleSanto Domingo

Con la fiesta del Bautismo de Jesús, cerramos los días de Navidad. Vemos a un Jesús que se pone en la fila, como todos, dispuesto al cambio, recibe el agua del Jordán y con este signo se une a las personas como inicio de una vida de “bautizado”: una vida de entrega, de relación con el Padre, de solidaridad y servicio a la humanidad. La benevolencia sin límites de Dios deja oír su voz: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”... Este es el que le agrada. Para los que hemos visitado Tierra Santa y nos hemos sumergido en el Jordán, nos resulta familiar la escena; cuantas veces la evoco, me parece escuchar esas mismas palabras, aplicadas a todos los que allí renovamos el bautismo. Todos somos hijos amados de Dios. Su amor nos ha precedido, por eso, podemos amar nosotros. Sumergirnos en las aguas que purifican es un regalo para los cristianos. No borramos ningún pecado cuando nos bautizamos, porque no hemos sido concebidos por el pecado sino por el amor. Lo que hacemos al recibir el bautismo, es reafirmar que somos hijos de Dios, que Él se ha complacido en nosotros y que nuestra misión es la misma que la de Jesús. Jesús antes de comenzar su vida pública, y sabiendo que iba a necesitar toda la Fuerza del Espíritu, quiere realizar el signo de ser bautizado por Juan, se abaja para poder crecer y recibir junto con otros, el bautismo, expresando el deseo de cambiar su vida. El cielo se abrió y Jesús, al igual que nosotros al bautizarnos, recibió el Espíritu, fue reconocido como Hijo querido. Les invito a visualizar la escena, aunque les hayan bautizado de pequeños, siéntanse niños grandes y muy queridos por Dios, escuchen las palabras que el Dios de amor pronuncia sobre cada uno de nosotros, es un regalo de Él sentirse queridos. Contemplen la escena y luego sintonicen, “sientan la química” con el poema del Siervo que nos ofrece Isaías:” La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará.., Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”. (Isaías 42,1-4,6-7) Esta es nuestra tarea: ¿Somos conscientes de lo que supone ser bautizados? Nuestra misión no es reprender, convertir, marginar, etc., sino llevar un mensaje de paz, una tarea de silencio agradecido que se va infiltrando en nosotros a través de la contemplación, poniendo el corazón a la escucha y, en él, descubrir que somos hijos(as) amadas, predilectos, en quien Dios se complace. En las aguas que engendran nueva vida, penetra humildemente el siervo amado. El agua a su contacto removida en espíritu y vida se ha trocado: el agua se hizo fuente en su costado y un día correrá por una herida. Cuando el siervo del agua se levanta la tierra vibra, el cielo se estremece, todo es nuevo, el futuro se adelanta. El Padre sonríe y se enternece, el Hijo comienza su misión de siervo, se abaja. El Espíritu le acompaña.

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