El mundo visto desde los likes

La definición simple de percepción se dicta como la interpretación que damos a aquello que percibimos: organizamos e interpretamos las sensaciones sensoriales para comprender el entorno. En pocas palabras, es lo que podemos entender de aquello que observamos, sentimos, captamos de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Esto es una forma simple y llana de cómo se ve el mundo de las redes sociales y herramientas digitales de streaming que existe hoy día, aquella que se intuye por quién tiene más seguidores o “me gusta”, endosando de inmediato la superioridad, el mando y liderazgo que se mide por una percepción de que la suma de los factores es el resultado concreto.

Si utilizáramos el método científico aplicado a la rigurosidad que lleva este proceso, pudiéramos de inmediato y sin quizás desmontar muchas teorías e hipótesis que han logrado, de una manera magistral, poder implementar las agencias que se dedican a ofrecer este tipo de productos que llamaremos influenciadores.

No vayan a malinterpretar mi pensamiento, porque nos gusta sacar de contexto lo que explica un texto, una especie de interpretación que es inversamente proporcional a lo que implica el texto en sí. Pareciera complicado lo que dice, pero si usted pasó por un aula o ha leído un poco más allá de los chismes de Instagram o ha escuchado el canal de YouTube de fulano, es posible que haya entendido perfectamente.

Pero no se crean que esto solo ocurre en la parte digital; está ocurriendo también en el mundo de la publicidad tradicional, el entretenimiento y en cualquier área donde los influenciadores pudieran penetrar, con el fin de promover su imagen asociada a un producto o marca y lograr llegar a la mayor cantidad de público o cliente posible.

Hoy día, el valor de un talento, la oportunidad de poder lograr el respaldo comercial de una marca, producto o entidad comercial pública o privada, se basa en el número infinito que tus redes sociales o canal de YouTube le pueda rentar a ese o esos oferentes de publicidad.

Algunos dirán que desde siempre los números son parte importante a la hora de un patrocinador desembolsar patrimonio en un proyecto; es cierto, y también existía lo que era la plusvalía de lo que ese talento podía retribuir al cliente, que era en muchas ocasiones incuantificable.

Y me parece bien que, en cierto modo, el mundo cambió y se democratizó el poder de la gente en ser visto igual ante los ojos de los que se patrocinan, dando mayores oportunidades a esos que en el pasado hubiera sido impensable poder llegar a ciertas marcas por no ser del famoso target que en su momento se exigía y que hoy el poder de la tecnología, específicamente las redes sociales, ha logrado adosar.

Lo que me parece contradictorio es que, a pesar de la apertura, se siga aludiendo a los números de seguidores, likes o, en caso de suscriptores, para poder ponerte en la cima de la pirámide para que una agencia te pueda tomar en cuenta en la distribución del presupuesto publicitario que brindan las empresas, confiadas en que se elegirá lo que convenga y favorezca a sus intereses.

Sabemos cómo funciona el mercado; hemos estado, visto, escuchado y opinado en muchos foros sobre el tema. El asunto va más allá del punto de vista que esas empresas de colocación ven el mundo a través de sus ojos, donde existe una realidad que se llama engagement (compromiso) de los que hacen uso de las redes sociales, y por el modo en que te miden, donde los números solos no dicen nada.

Es un hecho que ha quedado demostrado en la comunicación de hoy y en el marketing digital que la cantidad de seguidores, “me gusta” y suscriptores no determina el éxito de una campaña, marca o proyecto. Lo determina la credibilidad de quien vende la publicidad, el engagement que tenga con su público base y la lealtad de sus seguidores; sin importar el número, lo que importa es lo que genere esa publicación en el mundo de las métricas inflables o no.

Apostemos a la diversificación de los denominados influenciadores o creadores digitales, recordando que muchas veces menos, es más, y que el tamaño de la audiencia no significa calidad. Pero esto lo dejamos al libre albedrío de los que tienen la voluntad de disponer de lo que no es de ellos, pero que, a sabiendas de ello, prefieren convertirse en simples dioses del Olimpo. ¡He dicho!

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